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Alejandro Molina, la increíble vida del caddie trotamundos que le ganó a Tiger Woods y le dio brillo al Gato Romero

ANTALYA, Turquía.- Va y viene eléctrico por la zona de práctica, lanza chistes aquí y allá, no importa la nacionalidad de los jugadores, que le festejan las chanzas y ríen con su sana desfach...

ANTALYA, Turquía.- Va y viene eléctrico por la zona de práctica, lanza chistes aquí y allá, no importa la nacionalidad de los jugadores, que le festejan las chanzas y ríen con su sana desfachatez. “Es capaz de hacer bromas en nueve idiomas distintos, es increíble”, asegura Andrés Gallegos sobre su caddie, Alejandro “Corto” Molina, que lleva cargando la bolsa de palos por Europa y el resto de los continentes desde hace 31 años. Es un trotamundos sobrino de Florentino Molina, figura del golf argentino en la década del 70 (ganó cinco veces el Abierto de la República), y hermano de Mauricio, destacado golfista local que murió hace tres años, cuando se desempeñaba en el circuito Senior de Europa.

Alejandro, el protagonista de esta historia, descubrió un universo nuevo desde las carencias económicas más profundas. Riocuartense, empezó juntando pelotitas a los 11 años en el Boulogne Golf Club, pero el destino le iba a deparar una vida llena de oportunidades: dólares, euros, trato cercano con celebridades del golf y... hasta la felicitación de un príncipe. A sus 55 años, es tan celebrado por su gracia como respetado por el cabal conocimiento que tiene sobre canchas, jugadores y torneos. Un “bicho” sabedor de casi todos los secretos del golf, luego de tantos viajes, desde la precariedad de sus primeros trayectos en tren y barco por Europa -sin internet y con costosas llamadas desde teléfonos fijos- hasta las facilidades de transporte y comunicación de estos días.

“En el 95 yo era caddie de mi hermano, y un sponsor que tenía él nos ofreció a mí y a Rubén Yorio pasajes para ir a trabajar a Europa. Fuimos con 50 dólares cada uno, ¡nada! y el único que ya estaba allá era Jorge Gamarra. Él nos hizo el contacto con dos italianos y empecé con Emanuele Canonica”, cuenta a LA NACION “Corto” Molina, durante la disputa del Turkish Airlines Open. Una charla en donde le brotarán anécdotas como catarata, con la sola interrupción de los mensajes de Whatsapp con pedidos del mismísimo Luis Figo, el gran exfutbolista portugués del que es amigo.

Cierto día, el Gato Eduardo Romero -jugador con el que luego festejaría cinco títulos en la gira de veteranos- le avisó que Costantino Rocca acababa de echar a su caddie con el que había perdido el playoff ante John Daly en el Open Británico 1995. Finalmente, el “Corto” arregló para cargarle la bolsa a este emblemático italiano con el que vivió una experiencia inigualable en la definición de la Copa Ryder de 1997, en el Club de Golf de Valderrama en Sotogrande (Cádiz).

-¿Cómo fue aquel match de la última jornada entre Rocca y Tiger Woods?

-Estábamos en la práctica del domingo y vino Severiano Ballesteros, que era el capitán del equipo europeo. Encara a Costantino, que estaba fumando, y le avisa: “Oye Costantino, prepárate que vas a jugar contra Tiger”. “¿Cosa stai dicendo?“, le responde sorprendido Rocca, y Seve enseguida lo alienta: “Sí, tu eres el elegido y le ganarás”. Entonces, Costantino me dice: “Molina, dame un cigarrillo”, y ya tenía uno prendido... Estaba nervioso, pero después jugó un golf impresionante: la dejó dada en el 1, el 2, el 4 y después en el 9: 4 golpes bajo el par de ida. En el hoyo 16, la pelota le salió espantada a la derecha y nos quedó un tiro medio complicado, pero yo vi otro; la idea era apuntar a la tribuna y, si quedaba ahí, tratar de hacer lie mejorado sin penalidad. “Hazle caso a Molina que no es mala la idea”, le aconsejó Seve a Costantino, que la dejó justo al bordecito del green. Aprovechamos y bueno, Tiger ahí hizo bogey y terminamos ganando ese match 4 y 2. Inolvidable, fue lo más lindo que me pasó.

-¿Y después?

-Cuando estaba en el locker se me aparece un peladito, rubiecito de unos 35, 40 años. Yo no sabía quién era. “Te felicito, ¡well done, Alex!”, me dijo. Después se puso a hablar con Costantino, que me aclaró que era el Príncipe Andrés de Inglaterra... Fue muy loco, porque me saludó y sabía mi nombre y todo. Me han pasado muchas cosas así en la vida por el golf.

-¿Cómo había estado Tiger en aquel match?

-Si bien ya había ganado el Masters del 97 era jovencito y lo vi nervioso. Pero después lo crucé varias veces más. En el US Open 2009, en Beth Page Black, estábamos con el Gato Romero -clasificado porque había ganado el US Senior Open 2008-, y lo vemos a Tiger que estaba comiendo un sanguche en el vestuario. Eduardo le pregunta: “¿Por qué no vas a comer a otro lado?”. Y Tiger le responde: “Pagaría para comer en un McDonald’s, pero no puedo ir”. El tema es que lo volvían loco hasta los jugadores y sus mujeres, que le pedían de todo en la sala reservada para ellos.

-¿Y vos?

-Y... también le llegué a pedir. Cuando Paul Lawrie ganó el Open Británico de 1999, yo andaba con cuatro banderas de uno de los Masters que él había ganado y le pedí que me las firmara. Eran las 6 de la mañana y me autografió las cuatro sin problemas. Y me puso las firmas en el medio, no a un costado. Pero hace unas semanas las vendí a 4000 dólares cada una, jeje, necesitaba la plata. Una de ellas se la vendí a un amigo norteamericano de Emiliano Grillo; las mandé a autenticar para que corroboraran la firma. Pero con la cuarta bandera hice una obra de beneficencia para los chicos de mi barrio, en Boulogne. Siempre que estoy en el país, ayudo para comprar cosas.

-Debés tener varias anécdotas de lockers...

-Sí, cuando Ballesteros empezó en el Champions Tour de veteranos cumplidos los 50 años, entramos con el Gato al locker y lo vemos llorando. Yo no entendía nada. “¿Qué te pasa?”, le pregunta Romero, y él le contesta: “Oye tío, que no le puedo pegar la pelota”. Lo decía un tipo que había ganado todo y que ahora no podía bajar de los 80 golpes por vuelta. Eso es a lo que te lleva a veces el golf, ¿no?, en vez de divertirte, te llenás de presión. Seve era una muy buena persona con los argentinos y siempre comía asado con nosotros, le encantaba juntarse con el grupo.

-Pero muchos jugadores deben ser distintos dentro del campo...

-Y sí. Pero el Gato nunca me retó, jamás alguna mala manera. Aunque tenés de todo... Costantino me recagaba a pedos, me decía de todo en italiano, pero terminábamos el 18 y a la noche íbamos a comer juntos y tomar una cerveza o un vinito. El petiso Fabrizio Zanotti (paraguayo) también era bravo, como en su momento Ricardo González. Cuando empecé con él, recuerdo que no jugábamos los Pro-AM, pero los lunes practicábamos 18 hoyos y el martes, 36. A mí no me importaba, yo quería trabajar y estar desde las 6 de la mañana hasta las 6 de la tarde en la cancha. Así fue como llegamos a ganar con Ricardo cinco torneos y a figurar entre los 60 mejores del ranking mundial. Después estuve con el español Miguel ángel Jiménez, que te hacía trabajar mucho, te pedía mucha información. Yo no soy de dar tanta información, porque si no, al jugador lo volvés loco. Pero cada jugador tiene su sistema...

-¿Te tenés que adaptar sí o sí a las características de cada uno?

-Es que no te queda otra. Yo los miro y sé dónde pueden fallar y dónde no. Estoy atento a todo porque conozco todos los campos. También quedo alerta en cómo viene su día, si está bien o hay que animarlo en todo momento. Es que yo a los torneos vengo a ganar, y si no a buscar un top 10, pero siempre en positivo. Permanentemente actúo como un psicólogo, así como también animo a algunos chicos con futuro, como a una nena de 11 años que se llama Camila Pardo y es de Bel Ville, Córdoba, a la que le consigo elementos para jugar y está superentusiasmada. ¡Se queda practicando hasta la noche! También ayudo a la escuelita de chicos de Boulogne.

-¿Cuándo te das cuenta de que tenés que dejar de trabajar con un jugador?

-Cuando el trato que empieza a tener con vos es malo, en sus contestaciones. En la mala educación. Esta tarea de caddie es como una pareja, porque estás más con el golfista que con tu mujer; te vas de gira por tres, cuatro, cinco o seis semanas y de a poquito notás que la cosa con tu jugador no funciona. Influye más la forma de tratarte que los eventuales malos resultados. El promedio de la duración caddie-jugador es de unos tres años y medio o cuatro, no más. Un viejo caddie escocés que le llevó los palos a Roberto De Vicenzo me advirtió: “Nunca te enamores de tu jugador, porque cuando te echa es el tipo más hijo de p...”. Lo podés querer, pero enamorarte es jodido. Ahora me la estoy jugando con Andrés porque me pasó algo: cuándo él consiguió la tarjeta del DP World en la Escuela Clasificatoria de España, miré el cielo en el 18 para agradecerle a mi madre y de repente se me apareció la imagen del Gato Romero. Fue como si me dijera: “Seguí con éste que te va a ir bien”. Increíble.

-¿Qué otros vínculos con jugadores tuviste que hayan ofrecido alguna particularidad?

-Tengo una con Henrik Stenson, cuando él era jovencito, allá por 1998. Yo le estaba llevando los palos al italiano Alberto Binaghi en Irlanda y no pasamos el corte. El sábado lo veo a Stenson con la bolsa en la práctica y le digo “¡Ey!, ¿necesitas caddie?”. “Y sí”, me respondió. “Dame lo que vos quieras”, le contesté. Finalizamos terceros, después de vueltas de 63 y 64, y me dio un cheque de 2000 dólares, que en ese momento era mucha plata. Un tipo generoso, el sueco.

.@ChelseaFC, we hear you might be on the lookout for a creative playmaker ⚽ pic.twitter.com/XD8A7w0v7S

— DP World Tour (@DPWorldTour) May 30, 2019

-¿El porcentaje para el caddie del 10 por ciento se cumple siempre?

-Sí, ha cambiado para mejor: ahora muchos jugadores te dan entre el 8% y el 10%, ya no es más el 5%, que desapareció en el Tour. Y es un arreglo de palabra, no se firma un contrato.

-¿Y qué pensás de lo que sucedió con Matt Kuchar, que en su momento generó tanto revuelo porque no le dio lo que correspondía al caddie David Giral Ortiz después de ganar un torneo en México en 2018? El jugador recibió un premio de 1.296.000 dólares y solo le dio a su caddie 5000, hasta que finalmente arreglaron en 50.000...

-Ahí pasó que Kuchar contrató a un caddie local de Mayakoba. Le doy la razón en cuanto a qué debía pagarle un bono menor porque no era un caddie propio, pero... ¡dale una buena propina! Se quedó muy corto. Escuché que cuando Kuchar volvió al año siguiente a México, la gente lo chiflaba, le hacía de todo.

-Resulta una incógnita lo de Phil Mickelson. El público lo amó durante su carrera en el PGA Tour, pero el ambiente del golf parece no tener un buen concepto de él...

-Estuve en un WGC de China, y me acuerdo que en esa época, él estaba haciendo esa dieta del café con la que bajó muchos kilos. Yo le llevaba los palos al italiano Andrea Pavan y le pregunté a Mickelson: “¿Y, qué tal el café?”. “Oh, very nice, man”, me respondió. Ahí pensé “¡éste está loco!”, porque no comía. Solo café, café, café. Quedó medio “trambólico”, como dicen los paraguayos. Mickelson es como muchos gringos, que se enfocan en lo suyo y no se preocupan por los demás. Todo lo contrario a Ricky Fowler, para mí el mejor jugador de todos en cuanto a la relación con la gente. El único tipo que después de entregar la tarjeta se queda una hora firmándoles a los chicos. Un genio, por eso lo quieren todos. Yo he visto al español Sergio García y a muchos jugadores que por ahí van caminando, y decís: “¿A dónde vas, flaco? ¡Firmále al nene!, ¿qué te pasa?”.

-En los últimos años recibiste duros golpes con las muertes sucesivas del Gato Romero y de Mauricio Molina. ¿Qué es lo que más recordás llevándole los palos a tu hermano?

-Me quedó el recuerdo de cuando le cargué la bolsa a Mauricio en el British Open Senior que se jugó en Gales, en 2017. Antes de aquel torneo, me dijo: “Gordo, estoy con 160 dólares en el banco, debo jugar bien esta semana porque no tengo una moneda”. Al lunes siguiente pasó a tener 110.000 dólares en su cuenta después de que quedamos terceros... Igual fue una lástima, porque habíamos finalizado a dos golpes del puntero y con chances de ir a un playoff a ocho hoyos del final del torneo. La tormenta que había se detuvo y salió un sol perfecto, así que los líderes no sufrieron el clima. Mi hermano había jugado el mejor golf de su vida...

-El oficio de los caddies y el rol que cumplían en los clubes se diluyó mucho en nuestro país en todos estos años. Nada que ver con tu primera época. ¿A qué lo atribuís?

-Acá influyeron mucho los abogados, hubo mucho lavado de cabeza a los caddies, que les hicieron comer muchos juicios a los clubes. Pienso en mi caso: ¿Por qué yo le haría un juicio al Boulogne Golf Club? A mí el club me enseñó educación, a vestirme, aprendí muchas cosas. Era mi casa. Es mi casa. En su época, mi tío Florentino llegó a organizar torneos de caddies con chicos que venían de distintas provincias, y hasta yo he jugado en San Martín. Era lo más lindo que había, pese a que fui un desastre representando a Boulogne como caddie de tercera. ¡Hice 105! En ese momento me gustaba mucho el fútbol: arranqué en las divisiones inferiores de River, pasé por Chicago y terminé jugando como delantero en la Primera D en Yupanqui, en donde me hicieron un reportaje en Crónica. Después, el golf me llevó a aventura tras aventura y llegué a ganar con siete jugadores distintos. Mientras me den las piernas...

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/deportes/golf/alejandro-molina-la-increible-vida-del-caddie-trotamundos-que-le-gano-a-tiger-woods-y-le-dio-brillo-nid30042026/

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