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Amartya Sen, adalid de la igualdad

Amartya Sen nació en Santiniketan, India en 1933 y estudió en la Universidad de Calcuta y en el Trinity College de Cambridge. Sen reúne en su persona la visión de la pobreza que palpó en su pa...

Amartya Sen nació en Santiniketan, India en 1933 y estudió en la Universidad de Calcuta y en el Trinity College de Cambridge. Sen reúne en su persona la visión de la pobreza que palpó en su país natal y una formación académica ortodoxa en los claustros británicos. Tal combinación le confiere a su pensamiento una riqueza de matices que no es común en autores nacidos en sociedades desarrolladas. Por tanto, no extraña que Sen haya recibido en 1998 el premio Nobel de Economía por sus aportes a la teoría de la elección social y al análisis de las decisiones colectivas que condicionan el bienestar de los pueblos más pobres del mundo.

En su libro La idea de la justicia (2009), considerada una obra maestra a la par de la obra clásica de John Rawls, Teoría de la Justicia (1971), Sen sostiene desde la primera página que su propósito es plantear “el mejoramiento de la justicia y la superación de la injusticia en lugar de ofrecer respuestas a las preguntas sobre la naturaleza de la justicia perfecta”. Su prioridad es identificar la injusticia reparable o, en otras palabras, defender una concepción de la justicia “basada en realizaciones” por sobre la tradición anglosajona “basada en esquemas” teóricos.

Pese a ello, Sen se interna en el gran debate teórico y sostiene que la igualdad es el concepto primordial de una teoría de la justicia. Y completa su afirmación al sostener que la pregunta fundamental es: “¿Igualdad, de qué?”. Para dilucidarla, sostiene que la vida puede considerarse como un conjunto de funcionamientos interrelacionados, que las personas realizan para desarrollarse. Los funcionamientos se traducen en logros desde cosas tan elementales como estar bien alimentado, tener buena salud, evitar posibles enfermedades y una mortalidad prematura, hasta realizaciones más complejas como el ser feliz, el tener dignidad, el participar de la vida de la comunidad, etc.

Sin embargo, al evaluar los logros alcanzados, según Sen existe una diferenciación crucial: la relación de igualdad establecida a partir de la disponibilidad de los mismos recursos puede variar según las diferentes posibilidades de convertir esos recursos en bienestar. Sen cree que, debido a la diversidad de las personas, la igualdad que se alcanzaría por la misma disponibilidad de medios puede modificarse. “Con el mismo haz de bienes elementales, una mujer embarazada o una mujer con hijos que cuidar, tiene muchas menos posibilidades de alcanzar sus objetivos que un hombre que no tiene que cargar con este peso”.

Por tanto, la desigualdad ya no se determina por la disponibilidad de recursos, bienes sociales primarios -en términos de Rawls-, etc. sino por la capacidad inherente a la situación real de hombres y mujeres para conseguir sus objetivos personales. A esta visión, Sen la denomina el enfoque capacidad. “El enfoque de la capacidad se concentra en las vidas humanas y no sólo en los recursos de la gente”, resume Sen. Se centra en la capacidad de los individuos para alcanzar el tipo de vida que valoran.

Parecería entonces que el objetivo de la justicia debería ser la igualación de capacidades. Sin embargo, Sen rechaza que la igualación de capacidades sea la variable focal buscada. Esta sorpresa intelectual se conecta con su afirmación inicial: pretende una concepción de la justicia “basada en realizaciones” por sobre la tradicional concepción “basada en esquemas” teóricos.

Las capacidades son diversas y no se pueden reducir a una sola unidad de medida (como el dinero, la utilidad o el acceso a la educación). No existe una fórmula matemática para decidir si es más importante aumentar la capacidad de acceso a la cultura o la capacidad de vivir una vida larga y saludable dado que los recursos son limitados.

Para salir de la encerrona, Sen defiende su visión pragmática. La teoría de la justicia no debe buscar una sociedad utópicamente perfecta e igualitaria desde el diseño, sino identificar y eliminar las injusticias remediables (como el analfabetismo, la desnutrición, el sometimiento de las mujeres o la exclusión de la atención médica). En consecuencia, postula un umbral mínimo de capacidades básicas indispensables antes que intentar una igualación total y abstracta, y seguramente imposible, aplicable a todas las facetas de la vida.

En la Argentina, se repite esa contradicción entre teoría y realizaciones. Las posiciones teóricas a favor de la justicia social han derivado en políticas populistas que en la práctica generaron más pobreza y desigualdad. Evaluar una gestión de gobierno por sus resultados concretos debería ser la vara para medir su éxito.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/amartya-sen-adalid-de-la-igualdad-nid21092026/

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