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Bitácora de una Ceuta desconocida

En el malecón del puerto nos esperaba Hércules, separando con sus brazos las legendarias columnas que, en la antigüedad, señalaban el fin del mundo. Non plus ultra, recordé yo. Tan solo ver es...

En el malecón del puerto nos esperaba Hércules, separando con sus brazos las legendarias columnas que, en la antigüedad, señalaban el fin del mundo. Non plus ultra, recordé yo. Tan solo ver esta estatua valió el viaje, anotó mi hija Grace en el diario de bitácora. El velero Chiripa, al mando de mi amigo Juan Nicolau, atravesó la escollera y amarramos en el muelle de Ceuta. Algeciras, estrecho de Gibraltar, orcas enojadas y vientos amables quedaron en la popa. En el horizonte se recortaba (escondido entre las nubes) el duro peñón que señala la costa sur de la España continental; a nuestras espaldas asomaba el fuerte militar enclavado en la cima del monte Hacho, destino final de nuestro viaje. Llegábamos a África buscando a mi bisabuelo Manuel, que murió en esa fortaleza de piedra donde ondea la bandera española desde 1580. Les debo a Rocío y a África del Ayuntamiento (he perdido sus apellidos) la recuperación del acta de defunción (18:30 horas del 8 de mayo de 1905, sin testar y en gracia del Señor, según dio fe el presbítero Jacinto Santias) que nos permitió seguir sus huellas hasta una poblada tumba común en el cementerio de Santa Catalina.

Acostada en los brazos del mar, escribió el poeta y militar ceutí Luis López Anglada para describir a Ceuta; un pueblo marinero que albergó exploradores, comerciantes y pescadores que perseguían el atún rojo como si fuera un tesoro. Compartir nuestro diario de viaje sobre la ciudad que ocupó tantas páginas caóticas en los diarios estos días es el objeto de estas líneas; merece que la conozcan en su esplendor y amabilidad.

Acostada en los brazos del mar, escribió el poeta y militar ceutí Luis López Anglada para describir a Ceuta

Ceuta se puede recorrer caminando; como si fuera el barrio de Palermo. Con Grace echamos a andar; la estrategia azarosa que emplea la humanidad cuando quiere conocer el alma verdadera de un confín. Nos recibió un busto del geógrafo Pomponio Mela, que dio el nombre Septem Fratres a esta tierra, por sus siete montes; a su lado estaba Aristóteles, el filósofo metafísico que hace milenios informó a los griegos que todo lo conocido por el hombre terminaba en las Columnas de Hércules. Nos advertían que fuéramos prudentes; cruzábamos un portal hacia el pasado. Así fue; dimos con la Puerta Califal (construida, en forma de herradura, por el emir Abderramán) y seguimos el sinuoso contorno de las Murallas Reales que protegieron a los pobladores de las invasiones desde el mar. El estrecho de Gibraltar a un lado de la muralla, al otro el mar de Alborán (al cual el pirata tunecino Al-Borany cedió su nombre épico: tormenta), donde confluyen el Mediterráneo y el Atlántico Norte. Emergió otro cosmos; no poca razón tenía Aristóteles.

Mientras avanzábamos hacia la cima, la arquitectura nos fue relatando la historia de la ciudad. Vastas fortificaciones, donde aún asoman viejos cañones que conocieron la batalla, daban cuenta de los cuarenta sitios que soportó esta tierra; catedrales, mezquitas, sinagogas y templos hindúes compartían el espacio urbano sin competir y eran su contrapartida; creo que esa fusión intrincada de culturas que mantienen su identidad define a Ceuta. Nos emocionó la Virgen de África, tallada en un solo bloque de madera por un orfebre anónimo, escribió Grace en la bitácora. Lo imaginé a Manuel arrodillado ante esa imagen gótica de la patrona de la ciudad, ofrecida a los ceutíes por Enrique, el Navegante, un siglo antes de que Europa conociera América. Encendimos una vela por él y seguimos la marcha. Dejamos atrás los baños árabes del siglo XII para encontrarnos con la Casa de los Dragones (tan ecléctica como la ciudad) cerca de la Plaza de los Reyes. Los seis grandes dragones de bronce originales que coronaban el techo fueron robados hacia 1925 y reemplazados por cuatro de resina, nos dijo Ahmed, un ceutí musulmán, con el pudor de quien confiesa algo vergonzoso. Cada ciudad tiene sus secretos.

De a poco nos alejamos del centro mientras subíamos la suave cuesta hacia la fortaleza. Hacia el mediodía nos detuvimos frente al enorme portal de madera que mi bisabuelo había atravesado hace más de un siglo para no volver a su España. Inexpugnable; no pude dejar de pensar en la frase que Dante inscribió en la puerta del infierno. La ciudadela militar dominaba la altura; un hexágono irregular con muros que superaban los veinte metros, colmado de torreones y baluartes artilleros. Esa plaza fue ocupada por bereberes, almorávides, romanos, portugueses y españoles a lo largo de siglos, para defenderse de ellos mismos. No en vano el historiador Jerónimo de Mascarenhas describió a la ciudad como Escudo de España y presagió (sic) que sus habitadores serán famosos i asta el ultimo siglo permanecerá su nombre (Historia de la ciudad de Ceuta, Lisboa, 1648). Dos horas nos llevó recorrer el largo perímetro del fuerte bajo el sol áspero de África; luego continuamos la marcha hacia el cementerio de Santa Catalina en busca de Manuel. Alguna vez publicaré su historia.

Hércules soñó a Ceuta bajo el cielo, sola, blanca, feliz, son los versos finales del poeta López Anglada. Puedo dar fe; permanecerá su nombre.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/bitacora-de-una-ceuta-desconocida-nid08082026/

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