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Buenos Aires, destino improbable de una diáspora judía

“Ningún otro país nos aceptaba”. Victoria Z. dijo esto en Buenos Aires, en 1991, sentada frente a una cámara. Era católica romana, nacida en Piešťany, Eslovaquia. Había sido enviada al c...

“Ningún otro país nos aceptaba”. Victoria Z. dijo esto en Buenos Aires, en 1991, sentada frente a una cámara. Era católica romana, nacida en Piešťany, Eslovaquia. Había sido enviada al campo de concentración de Ravensbrück por esconder a su prometido judío. Después de la guerra, tras el encarcelamiento de él por las autoridades comunistas, luego de dos años de espera en Viena, solicitaron irse. Estados Unidos dijo que no. Otros países dijeron que no. Así que llegaron a Buenos Aires en 1952.

El Archivo de Video Fortunoff, de la Universidad de Yale -una de las colecciones más importantes del mundo de testimonios de sobrevivientes del Holocausto-, comenzó a recopilar testimonios en 1979. Sus equipos viajaban. En conjunto con la Fundación Memoria del Holocausto de Buenos Aires, registraron treinta y tres testimonios en esta ciudad entre 1990 y 2001: hombres y mujeres que habían terminado aquí después de la guerra, por razones que nunca eligieron del todo. Las cintas han permanecido en New Haven desde entonces. La ciudad que forjó esas voces -los barrios, las instituciones comunitarias, el mundo que creció alrededor de la AMIA y la Asociación Mutual y los diarios en ídish de la calle Corrientes- sigue siendo en gran medida ajena a las grabaciones realizadas dentro de ella.

Y, sin embargo, estos testimonios son parte del patrimonio de Buenos Aires. Fueron filmados aquí, por personas que construyeron sus vidas aquí, que criaron a sus hijos aquí, que están enterradas aquí. Al atardecer, las persianas de los locales de telas en Once bajaban una tras otra, y la calle se llenaba de una mezcla de español, ídish y alemán, como si las lenguas de Europa no hubieran desaparecido, sino quedado suspendidas en el aire de la ciudad. Hoy, en el octogésimo primer aniversario del fin de la guerra en Europa, merecen ser escuchados aquí.

Ana M. creció en Amberes y Bruselas, hija de un comerciante de diamantes que hablaba diez idiomas. Tenía ocho años cuando empezó la guerra, edad suficiente para recordar las sirenas y el tren bombardeado que su familia tomó hacia Francia. Su madre le tiñó el cabello de rubio y le colgó una cruz de madera al cuello para que pudiera comprar en el mercado negro sin que la detuvieran. Un día Ana vio a alemanes revisando papeles en un control y salió corriendo. Un oficial le gritó, pero ella siguió corriendo. Sintió el dolor en la pierna recién cuando llegó a su casa. La bala la había atravesado sin tocar el hueso. Su padre salió una mañana cerca del final de la guerra a comprar leche y un diario y no volvió. Vecinos católicos les dijeron que la Gestapo se lo había llevado. Ana y su madre caminaron por las calles durante semanas por las noches, temiendo que él pudiera revelar dónde estaban. Nunca lo volvieron a ver.

Bela M. tenía diez años cuando su familia intentó escapar de la liquidación del gueto en Sharkowshchyna, en lo que hoy es Bielorrusia. Corrieron bajo una lluvia de balas. En el caos se separó de sus padres. Su padre la encontró; se reunieron en otro gueto, construyeron un escondite, los descubrieron otra vez. Los alemanes arrojaron dos bombas al sótano. Su madre y su hermana del medio murieron. Bela salió y trató de escapar por los campos. Hubo más disparos, que mataron a su padre y a su hermana. Bela recibió un disparo en el rostro -la bala entró por una mejilla y salió por la otra. Se quedó inmóvil entre los cuerpos. Cuando los soldados se fueron, quedó sola. Sobrevivió en un bosque con un grupo partisano, hacía guardia dos horas cada noche. Tropas soviéticas los liberaron en 1944.

La guerra de Victoria comenzó con su hermano. Él era el intendente de Piešťany y, cuando llegaban las órdenes de reunir a las mujeres judías jóvenes y después a los hombres jóvenes, él filtraba la noticia en cada ocasión. Nadie se presentaba en la estación de tren. Finalmente alguien lo denunció y perdió su cargo. En octubre de 1944, Victoria ya había escondido a su prometido y a su familia durante dos meses. Los alemanes llegaron a las tres de la mañana. Fue llevada a través de una cadena de campos -Ilava, Brno, Pankratz, Ravensbrück- hasta que terminó en una fábrica de municiones en Leipzig durante siete meses, produciendo municiones que ella deliberadamente hacía defectuosas. Escapó con dos mujeres de Praga, se escondió en un gallinero mientras los soldados buscaban afuera, caminó hasta que encontró a un soldado ruso en un granero al amanecer. Había pasado tres días sin comer ni beber cuando un ferroviario que reconoció su ciudad natal le consiguió asistencia de la Cruz Roja y un lugar en un tren a Praga.

Entre la liberación y la llegada hubo otro calvario. Bela fue liberada en 1944. Lo que siguió duró siete años. Pasó un año en la casa de su tía en Druya, cerca de Lituania, atenta aún a la amenaza de los alemanes. Luego, un kibutz en Polonia, después la huida de la violencia antisemita de la posguerra, luego campos de desplazados, luego dos años en Dublín con un tío abuelo que había visto solo una vez. Su futuro esposo, Abraham, ya había llegado a Argentina a través de Paraguay, de manera ilegal. Bela obtuvo documentos y viajó en barco desde Londres directamente a Buenos Aires. Llegó legalmente el 20 de junio de 1951.

Ana y su madre fueron liberadas en Bélgica en 1945. Llegaron aquí en 1948, tras viajar por una Europa de posguerra que no tenía dónde ubicarlas, llegar a Río de Janeiro y luego, a través de Paraguay, a Buenos Aires, para reunirse con un tío que ya estaba instalado en la ciudad.

Por su parte, Victoria y Alejandro sobrevivieron a Ravensbrück y Auschwitz y regresaron a Piešťany, solo para descubrir que el orden de la posguerra tenía sus propios planes con ellos. Alejandro fue arrestado en marzo de 1948, pasó trece meses preso, falsificó un formulario para obtener un día de libertad anticipada y usó ese día para huir a Viena. Después, Victoria y sus hijos fueron sacados de contrabando por correos pagados. Estuvieron dos años en Viena solicitando irse. Ningún país los aceptaba. La Argentina dijo que sí en 1952, siete años después de que terminara la guerra.

Para las tres, Victoria, Ana y Bela, el 8 de mayo de 1945 no fue un final. Fue, a lo sumo, el comienzo de otra cosa: la apatridia, las negativas de visa, la violencia de la posguerra, los años en campos y antesalas consulares. Estas tres mujeres vivieron guerras diferentes dentro de la misma guerra. Lo que comparten es el punto de llegada: Buenos Aires.

Entre 1933 y el final de la guerra, unos 44.000 refugiados judíos de Europa se establecieron en la Argentina —que aceptó más que la mayoría de los países del hemisferio. Decenas de miles más llegaron después. La Argentina tiene hoy la comunidad judía más grande de América Latina, construida en gran parte por personas que pasaron años buscando un lugar que los recibiera. Es, en su complejidad, un capítulo de la historia del país que aún no ha sido plenamente contado, porque las rutas por las que la gente llegó rara vez fueron lineales.

Pero en los detalles hay algo más que biografía. Los testimonios revelan un sistema que nadie diseñó y que todos utilizaron: el corredor sudamericano. Brasil-Paraguay-Argentina; Uruguay-Argentina. El gobierno argentino había establecido políticas migratorias restrictivas ya en 1938, lo que dificultaba enormemente la entrada legal de judíos. Para ingresar hacía falta tener papeles cristianos, o un pasaporte para Chile que luego se ignoraba, o un primo que conociera a alguien en Asunción. Un hombre afirmó ser ingeniero agrónomo para obtener una visa paraguaya. No sabía nada de agricultura. Le dieron la visa de inmediato.

La Argentina no era un sueño: era lo que quedaba. Esto tiene un nombre, aunque rara vez se use: no el exilio, sino el residuo. El lugar al que se llega cuando todos los demás lugares han dicho que no. Aquí ocurrió algo. Ana aprendió español en un año. Trabajó desde empleada de oficina hasta guía de turismo -llevando grupos argentinos a ciudades de Estados Unidos- y luego de intérprete en el Sheraton y en los hoteles de la zona del Congreso, navegando el mundo en ídish, francés, alemán, inglés y español. Su hijo, años después, trabajaba en la calle Florida. Los viernes a la noche compartía la cena de Shabat con amigos lo bastante jóvenes como para ser sus hijos, que le hablaban en los cinco idiomas. Cuando dio su testimonio en 2001, vivía sola en un departamento que su madre le había comprado. “Soy más argentina que otra cosa”, dijo. Luego hizo una pausa. “Pero prefiero vivir en Bélgica”.

Esto es lo que el octogésimo primer aniversario del 8 de mayo no suele contarnos. Decenas de miles de personas llegaron a la Argentina por puertas laterales, con papeles improvisados, cruzando fronteras terrestres en la oscuridad, después de años de espera en campos y antesalas consulares, porque ya no quedaban alternativas. Vinieron, se quedaron, criaron hijos que se hicieron argentinos. Hoy quedan alrededor de 200 sobrevivientes, los últimos testigos tanto de la destrucción como de la reconstrucción.

Treinta y tres de sus testimonios fueron registrados en esta ciudad entre 1990 y 2001. Las cintas se conservan en New Haven. En este aniversario, regresan, al menos en estas páginas, a la ciudad que se convirtió en su hogar.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/buenos-aires-destino-improbable-de-una-diaspora-judia-nid02052026/

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