Cavallo volvió a la carga: pidió liberar completamente el mercado cambiario para bajar el riesgo país y atraer inversiones
Domingo Cavallo volvió a la carga. En su blog personal, el exministro que diseñó la convertibilidad publicó esta semana una nueva recomendación al gobierno de Javier Milei: eliminar por comple...
Domingo Cavallo volvió a la carga. En su blog personal, el exministro que diseñó la convertibilidad publicó esta semana una nueva recomendación al gobierno de Javier Milei: eliminar por completo los controles de cambio que todavía pesan sobre las empresas, permitir el libre movimiento de capitales y avanzar sin demora hacia una reforma monetaria. Sin esos pasos, advirtió, la inflación tardará varios años en converger a un dígito anual y la economía no podrá reactivarse de manera genuina.
El punto de partida de Cavallo es un diagnóstico compartido con el propio Gobierno: cuando la necesidad de sostener la baja de la inflación impide usar el gasto fiscal o la emisión como herramientas de estímulo, la única vía para crecer es trabajar por el lado de la oferta. Apertura comercial, desregulación, eliminación de impuestos distorsivos. Pero dentro de ese menú, dice Cavallo, hay una medida con potencial superior a todas las demás: la liberación cambiaria total.
El cepo cambiario no desapareció. Sigue vigente para las personas jurídicas y se expresa en restricciones concretas. Los exportadores de bienes y servicios están obligados a vender sus divisas al precio del mercado oficial, administrado por el Banco Central —el Mercado Único y Libre de Cambios (MULC), que Cavallo describe como “no único ni libre”—.
Si luego quieren girar dividendos al exterior, no pueden hacerlo directamente: deben recurrir al mecanismo del contado con liquidación, que implica costos transaccionales superiores al 2% sobre la diferencia entre ese tipo de cambio y el oficial, con restricciones adicionales para acceder al MULC para el pago de importaciones. Quienes traen capitales para inversiones financieras o productivas también están obligados a venderlos al Central. Y el Banco Central, en forma simétrica, debe vender divisas a quienes las necesiten para importar o hacer pagos al exterior.
La propuesta de Cavallo invierte esa lógica por completo. Ningún exportador, financista ni inversor estaría obligado a vender sus divisas al Central. Ningún importador ni deudor dependería del organismo para conseguirlas. El mercado cambiario operaría de forma totalmente libre, como lo hizo entre diciembre de 1989 y noviembre de 2001.
El Banco Central podría comprar o vender para acumular o desacumular reservas, pero por decisión de política monetaria, no por obligación. El tipo de cambio surgiría de la interacción entre oferta y demanda, con el Central pudiendo influir a través de sus compras, ventas u operaciones de mercado abierto.
Los beneficios, según Cavallo, serían inmediatos. Los exportadores recibirían el precio pleno de sus ventas al exterior. El riesgo país caería, abaratando el acceso al financiamiento tanto para el Tesoro como para el sector privado. Las tasas de interés en pesos encontrarían un techo natural por la competencia con el crédito externo. Y las expectativas de devaluación futura se reducirían, porque el tipo de cambio se fijaría en un nivel sin restricciones artificiales que justifiquen anticipar un salto.
La paradoja que señala Cavallo es que el cepo, pensado para retener dólares, termina alejando los que podrían entrar. Cuando las restricciones obligan a las empresas a invertir en pesos los excedentes generados en dólares, el efecto es el opuesto al buscado: no frenan la salida de capitales, sino que desincentivan la entrada.
El momento para dar ese paso, argumenta, es ahora. El actual superávit comercial —impulsado por la liquidación del agro y el crecimiento exportador del petróleo— amortigua el riesgo de un salto brusco del dólar al abrir el mercado. Si se espera a que ese superávit se achique o desaparezca, la transición podría volverse traumática.
La advertencia sobre la inflación agrega urgencia al planteo. Cavallo repasa la experiencia de planes de estabilización en Chile, Israel, Colombia, México, Uruguay y Perú, y concluye que ninguno logró bajar la inflación rápidamente a un dígito sin una reforma monetaria de por medio. El equilibrio fiscal, solo, no alcanza. Milei lo había prometido durante la campaña; la promesa, señala Cavallo, todavía espera.