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Confianza o no confianza, esa es la cuestión

El secreto y todo el arte de la política económica de los estados nacionales modernos se reduce a fomentar la confianza de los inversores y de los consumidores. Esta afirmación seguramente les p...

El secreto y todo el arte de la política económica de los estados nacionales modernos se reduce a fomentar la confianza de los inversores y de los consumidores. Esta afirmación seguramente les parecerá una enorme simplificación a los economistas, pero en la Argentina tiene una relevancia central.

Por definición, la confianza es un sentimiento subjetivo que las personas tienen acerca de un familiar, un amigo, un político, que no se conquista con acciones calculadas racionalmente sino persistiendo en conductas íntegras y virtuosas a lo largo de muchos años. Llevada esa definición al nivel de una sociedad, la confianza es un sentimiento igualmente subjetivo que se deposita en una institución, en un gobierno o en una nación.

Afirma Francis Fukuyama en Trust (1995): “Una de las lecciones más importantes que podemos aprender examinando la vida económica es que una única característica cultural aglutinante condiciona el bienestar de una nación, así como su capacidad para competir: el nivel de confianza inherente a la sociedad”. Es prioritario, por tanto, rescatar el valor de la confianza para el desarrollo pleno de una sociedad.

En la Argentina en particular, el nivel de confianza es decisivo en años electorales y su pérdida produce fuertes distorsiones en la economía y la derrota de los oficialismos. Afirmé que la confianza es un sentimiento subjetivo y que es esencial en la economía. ¿Cómo se introduce lo subjetivo en una ciencia social, donde parece que no tendría lugar? La respuesta es aportada por la escuela austríaca de economía.

Para los clásicos y el marxismo, el valor de un bien era objetivo y, en abreviatura, se determinaba por el costo de producirlo. En cambio, los austríacos dieron un giro copernicano al dar prioridad a la forma en que los individuos toman sus decisiones. Según ellos, el valor de un bien no es objetivo ni susceptible de ninguna clase de medida y es determinado por las fuerzas del mercado, en el que juegan las valoraciones y preferencias subjetivas de los consumidores. La economía depende de los comportamientos humanos y, en consecuencia, no es una ciencia exacta.

El mismo criterio de subjetividad se aplica al dinero, en el cual la oferta monetaria depende de la acción del gobierno al emitir, mientras que la demanda depende de las preferencias subjetivas de los individuos y no puede ser gestionada en ninguna circunstancia por el gobierno: la demanda de dinero está directamente relacionada con la confianza de la sociedad en el rumbo de la economía. El juego de oferta y demanda de dinero tiene una directa influencia en los niveles de inflación.

Por esta razón, el presidente Milei afirma con acierto, siguiendo la clásica definición de Milton Friedman, que la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario, que se genera por un exceso de oferta de dinero porque se incrementó la oferta -emisión monetaria- o porque cayó la demanda -la gente huye del peso- o porque pasan las dos cosas a la vez.

Un ejemplo de la validez de esta afirmación se observa en la evolución de la inflación en 2025. El IPC descendía consistentemente hasta mayo, pero a partir de ese mes comenzó a incrementarse desde el 1,5% mensual hasta llegar a 2,8% en diciembre. ¿Qué sucedió? Que comenzó a caer la demanda de dinero, es decir, un factor subjetivo. Por tanto, corresponde analizar por qué cayó la demanda de dinero a partir de mayo 2025 hasta llegar a cero en octubre. La respuesta: por una crisis de confianza.

A las leyes sancionadas a instancias de la oposición, que ponían en riesgo el equilibrio fiscal, se sumaron dos factores: la escasez de reservas y las expectativas de un triunfo electoral del pero-kirchnerismo en octubre. En un sistema bimonetario como el argentino, la incertidumbre sobre el nivel de reservas y el resultado de las elecciones provocó una profunda pérdida de confianza que hizo caer la demanda de pesos, incrementó la inflación y tuvo su correlato directo en una fortísima dolarización.

La dolarización fue posible porque el 14 de abril de 2025, el BCRA levantó el cepo cambiario para las personas físicas. Hasta mayo de este año las compras de dólares de las personas ascendieron a USD 38.675 millones, con un pico en septiembre 2025 de USD 5.130 millones. El promedio mensual superó los USD 2.000 millones. Esta tendencia se mantiene en la actualidad, pese a que no estamos en un año electoral, y evidencia que acumular reservas es una tarea titánica en la Argentina si la población cree que el dólar está barato y no confía en que su valor se mantendrá sin alteraciones bruscas.

Mientras no haya una confianza sostenida en el peso, una parte importante de los dólares que ingresen al país, se continuarán perdiendo por el ahorro en dólares de los particulares. Un factor permanente al que se suma la dolarización en años electorales. Es aceptado que la situación económica es el elemento más determinante de una elección presidencial. Problemas como la inseguridad o la corrupción son relegados si la economía crece y existen expectativas favorables. Por eso, la principal apuesta del Gobierno para ganar las elecciones del 2027 pasa por revertir la situación económica.

Sin embargo, la economía podría no jugar a favor del Gobierno en 2027, medida por un consumo, que apenas superaría el actual estancamiento, con escasa recuperación de la actividad industrial niveles de empleo que no crecerían sustancialmente y salarios reales por debajo de la inflación. En este escenario posible, para el gobierno mantener la confianza a pesar de estas variables es la clave del éxito o el fracaso.

¿Qué podría afectarla? Básicamente los mismos factores que incidieron en 2025. Por un lado, la posibilidad de que el pero-kirchnerismo vuelva al poder. Y por otro, la insuficiencia de reservas. En ambos casos, los argentinos y los inversores financieros, locales y extranjeros, se refugiarán una vez más en el dólar, complicando la gobernabilidad y las chances electorales de Milei.

La conclusión natural para enfrentar un 2027 sin turbulencias se desprende de lo anterior: es imperativo acumular un cuantioso nivel de reservas, para calmar a los inversores financieros. Sobre este punto, el ministro Caputo presentó el plan financiero del Gobierno para lo que resta de este año y 2027. Sin entrar a analizar la factibilidad de que se cumpla, porque son muchos los ítems que incluye, el plan no otorga prioridad a la acumulación de reservas, que se seguirán utilizando en parte para afrontar obligaciones. El ministro privilegia asegurar el pago de los vencimientos por sobre la acumulación de reservas. Y reitera que no está previsto acudir al mercado voluntario de deuda con los actuales niveles de riesgo país, que evitaría utilizarlas. Sin embargo, viendo experiencias anteriores, en un año electoral un bajo nivel de reservas entraña serios riesgos para mantener la confianza y todo expediente, incluyendo salir al mercado voluntario de deuda, es recomendable; por otro lado, las encuestas electorales deberían predecir un claro triunfo del oficialismo en primera vuelta para tranquilizar a los argentinos.

Si estos dos indicadores no fueran sólidos, cualquier otro logro fuera del ámbito de la economía se rendiría ante el dios de la desconfianza porque, entre nosotros, poderoso caballero es don dólar.

Un dilema hamletiano enfrenta el país en cada año electoral y somete a los argentinos a una cuestión existencial que parece ajena a una tragedia clásica, pero no lo es. De igual modo que el príncipe de la duda cuestionaba el sentido de la existencia, los argentinos enfrentaremos una vez más el próximo año nuestra particular versión del dilema: confianza o no confianza, esa es la cuestión.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/confianza-o-no-confianza-esa-es-la-cuestion-nid10082026/

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