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Cuarenta rosas amarillas para Borges en la tumba de Ginebra a 40 años de su muerte

GINEBRA-. Cuarenta rosas amarillas para Jorge Luis Borges, “una por cada año de eternidad”: con una emotiva ofrenda simbólica se rindió homenaje este domingo al escritor argentino en el ceme...

GINEBRA-. Cuarenta rosas amarillas para Jorge Luis Borges, “una por cada año de eternidad”: con una emotiva ofrenda simbólica se rindió homenaje este domingo al escritor argentino en el cementerio de Plainpalais, en Ginebra, a cuarenta años exactos de su muerte.

El color elegido no fue casual: las rosas amarillas ocupan un lugar privilegiado en el imaginario borgeano y remiten a uno de los símbolos más persistentes de su obra. En su universo literario, la rosa amarilla representa el misterio del lenguaje y la revelación poética. Está en el título de su cuento “Una rosa amarilla” (de El hacedor, 1960) y en la frase “Te ofrezco la memoria de una rosa amarilla vista al crepúsculo, años antes de tu nacimiento”, de “Two English Poems” (El otro, el mismo, de 1964). Pero, además, Borges dijo varias veces que el amarillo era el color de su ceguera, ya que, al perder la vista, fue el único que lo acompañó hasta el final.

Organizado por la asociación Los conjurados, fundada por el argentino Marcos Liyo, que impulsó las jornadas de homenaje a Borges y ofrece tours borgeanos por la ciudad, el acto se realizó para unos pocos privilegiados que pudieron ingresar gracias a un permiso especial: el cementerio cerró sus puertas este fin de semana debido al fuerte operativo de seguridad por la masiva concentración contra el G7 que dejó la ciudad suiza vacía y repleta de policías en una escena inusual para Ginebra.

Con la presencia del escritor Alberto Manguel, que viajó desde Portugal; la especialista argentina residente en Francia Annick Louis; Raúl Tola, Director de la Cátedra Vargas Llosa; Roberto Alifano, secretario de Borges; y el escritor y coleccionista Alejandro Vaccaro, entre otros pocos invitados, el acto fue breve y sencillo, al estilo de Borges.

Al lado de la tumba número 735, donde descansan sus restos desde el 18 de junio de 1986, Liyo anunció que se leerían poemas “de Borges y para Borges”. Alifano, con su inseparable bastón heredado de su gran amigo, abrió el juego con un haiku dedicado al poeta; Annick Louis recitó en francés el borgeano “Ewigkeit”; Raúl Tola leyó “Cuarenta silencios”, de Alejandro Roemmers, una reversión de su poema “Veinte silencios”; en tanto, Vaccaro y Manguel compartieron los versos de “El remordimiento”, uno en castellano y el otro en francés.

A continuación, los asistentes fueron invitados a arrojar una rosa amarilla sobre la tumba más visitada del cementerio de Plainpalai o de los Reyes, en la que se veían algunos lápices y lapiceras a modo de ofrendas. Había solo dos coronas florales: una de la Embajada argentina en Suiza y otra de la ciudad de Ginebra, donde vivió entre 1914 y 1918 y donde murió el 14 de junio de 1986.

Una tumba, un enigma literario

Como ocurre con tantos aspectos de la obra de Borges, su tumba es también una obra con símbolos a descifrar. La lápida fue diseñada por María Kodama siguiendo referencias literarias, históricas y mitológicas que reflejan algunas de las grandes pasiones del escritor. Se colocó en octubre de 1987, un año y meses después de su muerte. Es de piedra tallada y tiene dos caras: en el frente hay una imagen con siete guerreros en relieve que sostienen sus escudos y espadas en alto, en plena batalla. Las armas están rotas o caídas, símbolo de una derrota. Debajo puede leerse una frase en inglés antiguo: “And ne forhtedon na”, que puede traducirse como “Y que no temieran”.

La expresión, que remite a la épica anglosajona que Borges estudió durante décadas, pertenece a “La batalla de Maldon”, un poema épico anglosajón del siglo X que narra la resistencia de un grupo de guerreros frente a la invasión vikinga. La escena representa a guerreros que avanzan “sin temer” hacia una muerte segura: el coraje ante el destino inevitable.

El reverso de la lápida ofrece otro enigma. Allí figura una nave vikinga, símbolo del viaje hacia la eternidad, acompañada por una inscripción en nórdico antiguo tomada de la “Saga de los volsungos”. La frase fue citada por Borges en su célebre cuento “Ulrica” y alude a la espada Gram, uno de los objetos legendarios de la tradición escandinava. Abajo hay una frase que parece una dedicatoria de Kodama: “De Ulrica a Javier Otárola”, protagonistas de su cuento de amor “Ulrica”.

Como señaló Liyo durante la caminata borgeana por Ginebra realizada este sábado, investigadores como Martín Hadis han señalado que estos símbolos condensan varias de las obsesiones intelectuales del escritor: el coraje, las lenguas antiguas, la memoria de los héroes, los laberintos del tiempo y la idea de una literatura universal capaz de unir Buenos Aires con Islandia y las sagas nórdicas con los compadritos porteños. En la base de la lápida se inscribieron los años de su nacimiento y fallecimiento: 1899-1986, acompañados por una pequeña cruz de estilo celta.

Un autor universal y un lector fervoroso

Después del acto en el cementerio, la comitiva se trasladó a la maison Rousseau, sobre la Grand Rue, en la zona antigua, donde este sábado Borges había interactuado con los asistentes durante la primera jornada de homenaje. La tarde comenzó con un concierto del grupo “Y su orquesta Quartette”, en el que sonaron tangos y milongas que Borges concibió junto a Astor Piazzolla y Edmundo Rivero.

Luego, la ensayista Annick Louis dictó en francés la conferencia “Borges universal”, donde repasó con imágenes el impactó del autor en el mundo, sus apariciones en los medios de comunicación argentinos e internacionales, su relación con la política y algunas de las polémicas alrededor de sus declaraciones públicas, especialmente en su país.

El cierre estuvo a cargo de Manguel, con la charla “Borges, un destino literario”, también en francés con algunas intervenciones en castellano, moderada por el escritor colombiano Camilo Bogoya. Manguel abordó la dimensión del “Borges Lector”, recordando aquella máxima borgeana de que uno es por lo que lee y no por lo que escribe.

Cuarenta años después de su muerte, el laberinto de Borges sigue abriendo senderos universales. Este domingo, entre poemas pronunciados en dos idiomas y cuarenta rosas amarillas depositadas sobre la piedra, el homenaje en Ginebra confirmó que algunos grandes escritores ingresan en la eternidad que imaginaron en sus relatos y poemas.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/cuarenta-rosas-amarillas-para-borges-en-la-tumba-de-ginebra-a-40-anos-de-su-muerte-nid14062026/

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