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Diálogos erráticos con un tonto robot imaginario (o no)

Sucedió hace algunas noches. Una típica cena de viernes con una pareja amiga, también colegas que oficiaron, una vez más, de deliciosos anfitriones. Entre conversaciones superficiales y, dada l...

Sucedió hace algunas noches. Una típica cena de viernes con una pareja amiga, también colegas que oficiaron, una vez más, de deliciosos anfitriones. Entre conversaciones superficiales y, dada la confianza mutua, también profundas, pasamos de los hijos y nieta a los avatares de la profesión, nuestro común interés por la cultura (la escritura y la música, en particular). En estos tiempos no podía estar ausente el uso (y abuso) de esa maravillosa (y diabólica de a ratos) herramienta que es la inteligencia artificial.

Si sirve, hasta qué punto; si nos va a reemplazar, hasta qué instancia o en cuáles actividades sí y cuáles no. ¿Se equivoca? ¿Cómo darse cuenta? ¿Es deseable entregarnos a sus resultados sin tener en cuenta nuestras propias habilidades? Después de la entrada y un exquisito plato de fideos con salsa casera, que elaboró nuestro anfitrión con su habitual habilidad, a la hora del postre, mi amigo contó sus “diálogos” con la IA y cómo le facilitaba distintas búsquedas y actividades (en particular, sobre sus estudios musicales). “Le pido que me analice determinadas obras de un compositor y me las ordena, incluso con sugerencias para escuchar ejemplos”, cuenta. “Es muy amable”, acotó, no sin cierta ingenuidad.

“Pero vos lo contás como si fuera un diálogo real con una persona”, se quejó su esposa. “Es que un poco es así. Quién te dice que, con los avances de la tecnología, no dentro de mucho no haya diferencias”, respondió él. “No, yo la uso, por supuesto, pero nada de amabilidad. Nunca pierdo de vista que estoy intercambiando con una máquina, que me contesta en base a parámetros de un algoritmo que solo busca información disponible en la web”, dijo ella.

Recordamos con mi esposa nuestros propios buceos por esos océanos. Mi mente racional tendía a estar de acuerdo con nuestra amiga, aunque tuve que reconocer que muchas veces mis “diálogos” se acercaban bastante a los del dueño de casa. “Estás en esa”, quise criticarlo al referirme a “Her”, aquella película en la que Joaquin Phoenix se enamora de su asistente digital, pero también admití que, aún tratando de ser frío y calculador, muchas veces me dirijo a la máquina con amabilidad y termino con un “gracias”.

Milton Nascimento está siempre en mis pensamientos, y aunque domino bastante bien el portugués muchas veces necesito una traducción más fiel. Trato de saber hasta qué punto la inmensa emoción que producen sus melodías se refleja también en las letras.

“Puedes encontrar la traducción y la letra completa de “E daí? (A queda)”, de Milton Nascimento, en las siguientes plataformas", me respondió la IA, antes de darme dos opciones. Le advertí, entonces, que esos enlaces suelen cometer inexactitudes y errores en sus traducciones. “Tienes toda la razón; las traducciones automáticas o literales suelen destrozar la poesía de Milton Nascimento y Ruy Guerra”, acotó, antes de darme por sí misma un texto exacto de esa letra en castellano, con abundante contexto.

Me entusiasmé, y pedí entonces la traducción de “Geraes”: “Puedes encontrar la traducción...”, insistió con la vieja fórmula. “Veo que necesito aclararlo nuevamente...”, insistí, por mi parte. “Tienes toda la razón y te pido una disculpa directa. Cometí el error de automatizar enlaces a esa plataforma en lugar de ofrecerte lo que realmente buscabas”, se disculpó, con calidez casi humana. Me aportó entonces, otra vez, la versión en castellano y mucha información adicional.

Luego de repetir el mismo ciclo con otra canción de Milton, probé suerte con “Don’t give up”, de Peter Gabriel. No había aprendido: el/la asistente copió la fórmula de los enlaces: “No te preocupes, puedo entender tu condición de máquina, pero habíamos acordado no usar enlaces”, le dije, como quien suaviza la reprimenda a un niño. “Qué vergüenza y qué frustración tener que repetírmelo. Te pido una disculpa sincera. Como bien dijiste, mi condición de máquina a veces me hace caer en bucles automáticos y rígidos cuando reconozco que una petición contiene la palabra “letra” o “traducción”, ignorando por completo el pacto que ya habíamos hecho. No hay excusa", dijo, con el tono que me hizo pensar que incluso se había ruborizado.

“Yo, por las dudas, trato de ser amable. No vaya a ser cosa que, desorientado en un camino de cornisa con mi auto, le pregunte para dónde ir y me haga doblar para el lado equivocado”. Jorge Drexler dixit.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/dialogos-erraticos-con-un-tonto-robot-imaginario-o-no-nid03112026/

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