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Don Jorge, ¿qué nos dice de las joyerías de Recoleta?

La legislación sobre acarreo de vehículos en estado de infracción en la ciudad de Buenos Aires ha logrado que desde la reforma de fines de 2022 hayan disminuido en 88 por ciento los conflictos e...

La legislación sobre acarreo de vehículos en estado de infracción en la ciudad de Buenos Aires ha logrado que desde la reforma de fines de 2022 hayan disminuido en 88 por ciento los conflictos entre propietarios de tales semovientes y quienes representan, de un modo u otro, a la autoridad pública del distrito.

Hasta hace cuatro años la ciudad delegaba en dos empresas privadas un trabajo a menudo vilipendiado por el vecindario. Una reforma esencial ha sido eliminar la facultad del transportador de apoderarse de vehículos privados, aunque los propietarios irrumpieran en el momento de ponerse en marcha el camión grúa hacia alguno de los centros habilitados de depósito: fuera en un espacio aledaño a la Facultad de Derecho de la UBA, situada en la avenida Figueroa Alcorta; fuera en otras dos playas que se hallan bajo la avenida 9 de Julio: una, a la altura de Sarmiento y, otra, próxima a la avenida San Juan.

Ernesto Arriaga, especialista en Transporte y Tránsito, y la voz tradicional y amigable en radio y televisión desde hace más de medio siglo sobre cuestiones viales, recuerda momentos críticos. Solían generarse por la facultad antes irreductible de la autoridad de acarrear vehículos a pesar del reclamo airado de madres acompañadas por hijos menores, o de propietarios de mascotas encerrados en automóviles, que procuraban infructuosamente paralizar el desplazamiento coercitivo de uno de sus bienes, avisados por vecinos o advertidos de forma fortuita.

A raíz de ese tipo ingrato de experiencias la más reciente reglamentación de la ciudad estableció que el propietario puede exigir la devolución del vehículo contra la sola presentación del documento de identidad y la célula verde. Incluso, cuando aquel ya se encuentre casi a las puertas de uno de los lugares previstos para su depósito.

En esos casos, deberá pagarse la multa por la infracción, pero no el gasto del acarreo. Desde la última reforma este es realizado por personal de la ciudad con la compañía de un agente de tránsito y no con un agente de la Policía Federal, como sucedía antes.

Las multas se agravan en la provincia de Buenos Aires según el precio de los combustibles. En la ciudad, los aumentos se producen una o dos veces al año en consonancia con un combo de parámetros referidos al mantenimiento de las grúas.

Si los vehículos estacionados en lugares prohibidos, como entradas a garages o paradas de transporte público, se hallan con el freno de mano puesto, o dotados de caja de cambio automática, el acarreo deberá realizarse sobre carriers.

Esto se resolvió en la nueva reglamentación a fin de evitar daños que se producían cuando eran arrastrados sobre ruedas trabadas. Desde aquella reforma, la rotura de vehículos durante el traslado a las playas designadas por la ciudad se ha reducido al 0,6 por ciento de los acarreos en los últimos tres años.

Sobraban, pues, hasta no hace mucho tiempo los motivos para que estas situaciones configuraran una fuente incesante de entredichos, a veces acalorados y de larga duración, y hasta judicializados. Lo que no ha variado en la ciudad, en cambio, han sido los excesos cometidos por quienes en narcisismo desaforado se llevan el mundo por delante, aun en violación de las normas en vigor.

Todavía se recuerda el record de la vedette que en sólo un año cometió 78 infracciones, pagó, o alguien pagó por ella, y siguió la vida como si nada.

Tampoco ha desaparecido la temeridad de quienes se apoderan de la calle en ejercicio de poderes incomprensibles. La imagen que el lector tiene a la vista corresponde al instante en que un camión grúa de la ciudad ha alzado a medias un automóvil particular mal estacionado y se dispone a llevárselo. Eran exactamente las 20.25 de este último miércoles; el propietario terminó por recuperarlo, naturalmente, en otra parte, a las 22. Desconocemos su identidad.

La autoridad de aplicación hizo en tal instancia lo que correspondía: sobre la avenida Callao, en principio, está prohibido estacionar. ¿Fin, como diría Adorni?

No. En la cuadra de Callao al 1700, del lado de los pares, pululan de un tiempo a esta parte, desde el 1702 a la otra punta, llamativas joyerías. Se ha ido, ay, dos meses atrás, la vieja casa Wright, de refinada, pero discreta elegancia con la que reflejó como ninguna otra las afinidades de la antigua burguesía argentina con las tradicionales líneas británicas en decoración, ajuar de mesas -vajillas, cubiertos, copas- y mobiliario.

Cuando las nuevas generaciones se adentran más y más en el siglo XXI lo hacen con otros criterios y estilos, con menos hijos, con más perros. Hasta los abuelos deben explicar a los padres de esos hijos que confíen en la veracidad de que donde hoy funciona un bistró afrancesado, en la esquina de Callao y Juncal, estuvo, desde comienzos de los sesenta, Callao Hogar. Fue por largo tiempo el bazar de prestigio y pionero en exteriorizar en las vidrieras las listas de casamientos próximos. Podía mostrar tres o cuatro nóminas de enlaces en tiempo simultáneo.

La gente entraba en Callao Hogar y lo primero que hacía era preguntar por otra lista, clave para los bolsillos y la magnitud de los compromisos sociales adquiridos. Qué regalos habían hecho saber los novios que preferían, mientras se evaluaba, como al pasar, con qué perspicacia habían dejado además constancia de sus gustos dentro de una variedad de precios más o menos razonables.

En tres largas cuadras hacia Libertador, en Callao al 1700 (en números pares), el ajetreo social y comercial pertenece hoy a otro mundo. Allí, las vidrieras rebosan de artículos de joyería “cero kilómetro” y, también, de ciertas antigüedades y alhajas vaya a saberse de cuántas manos.

Estas suelen suscitar entre los viandantes la curiosidad por saber a quiénes habrán pertenecido; qué manos, que cuellos habrán ataviado y atraído la mirada de qué galanes o el suspiro femenino sobre lo que resultaba inalcanzable. Y qué ocurrió en las vidas, o en la fatal posteridad de quienes las lucieron en los cuerpos, para que acabaran exhibiéndose al fin en el ostentoso y frío anonimato de los escaparates de tanto lujo.

El lugar en que al anochecer del miércoles un camión grúa de Buenos Aires acarreaba un BMW, en el horario en que el tráfico disminuye considerablemente por Callao, es el mismo en que todos los días hábiles, entre lunes y viernes, hay dos, tres, cuatro automóviles estacionados, todos igualmente en infracción, entre el intenso fárrago cotidiano frente a aquellas joyerías.

La diferencia que media entre un fenómeno y los otros es el costo afrontado por uno, como el ignoto propietario del BMW de la foto, por violentar la ley, y la impunidad invariable de la que otros han disfrutado sin explicación coherente por una acción de idéntica entraña. ¿Qué justifica esa palmaria disparidad de trato de la ciudad que impele a conjeturar si no se trata apenas de un síntoma de lo que ha de suceder en tantas otras partes al cabo de casi 500 años de su primera fundación?

¿Qué quiere decir esto? ¿Que quienes van a dejar joyas o a comprarlas en los locales empingorotados de Callao al 1700 tienen el mismo derecho que solo correspondería por las normas en vigor a los discapacitados, o a médicos en ejercicio, o a diplomáticos, a condición, además, de que los datos por ese carácter se hallen debidamente visibles en los vehículos? ¿Que los custodios numerosos de esas joyerías disponen de prerrogativas que se les niegan a los vecinos de esa y otras cuadras aun cuando la actividad comercial diaria haya concluido?

¿No sería del caso que les fueran abonadas a estos cancerberos, untuosos en general en sus trajes negros o de azul oscuro riguroso, las expensas por un estacionamiento pago y como Dios manda? ¿O determinar que cumplan con la vigilancia, sin duda indispensable y útil a todos, con otro régimen respecto de esos locales cuya clonación reiterada de un tiempo a esta parte por Callao -y también por Quintana, por Alvear- debería ser indicio de llamativa prosperidad en esta índole de comercios, pero en medio de la malaria que prevalece en ámbitos diversos del consumo popular?

La gente de Recoleta se pregunta a qué se debe toda esta movida, mientras alguno barrunta si entre tanto despliegue no dará por casualidad de bruces con el Rolex de fondo azul o el collar que le arrebataron en el barrio, a la vuelta de una esquina, después de recibir un persuasivo cachiporrazo.

Entretanto, hay tres ejes de relevancia para tener en cuenta.

Primero, Recoleta ha envejecido. Ha envejecido el promedio etario de los vecinos y muchos de sus hijos integran la diáspora que puebla otras partes de la ciudad, Pilar o la vasta zona que cae bajo la denominación algo arbitraria de Nordelta. Con el envejecimiento disminuyen los ingresos y la gente se despoja de lo que es menos vital para sus vidas: de joyas, oro, o de ciertos ornamentos o de un mobiliario prescindible.

Segundo, ¿para qué retener bienes de uso imposible en lugares públicos si todos están advertidos de la inseguridad que ha hecho estragos e irreconocibles a nuestras urbes en relación con el pasado, en lugar de darle a su liquidación provecho eficiente en otros órdenes de la vida?

Tercero, el turismo internacional con disponibilidades para el gasto suntuario tiende a pasar por Recoleta, más que por otras partes de Buenos Aires, y a hacer sus compras por aquí.

La falta de igualdad en la aplicación de la ley rebela al ciudadano de a pie. En esa situación quedó, efectivamente al pie de la letra, el desgraciado que fue a buscar el miércoles su automóvil y se encontró con que no estaba. Tal vez lo sumió más en la perplejidad el hecho de haberlo dejado en un lugar que suponía habilitado por ver a diario, exactamente en el mismo espacio donde había estacionado el propio, autos sin identificación alguna en particular, pero que permanecen allí horas y horas a lo largo de la semana.

Don Jorge, como jefe del Gobierno de la ciudad, ¿no cree usted que debería intervenir para resolver estos pequeños-grandes asuntos que desalientan, sumados aquí y allá, la fe ciudadana en las instituciones de la Constitución y contribuyen a definir el estado de ánimo de la población?

La chapa del vehículo secuestrado es AD 268 XO por lo que se observa de la foto. Parece corresponder a un BMW X2 y no quisiéramos creer que esa condición fuera un estímulo morboso para que la autoridad se “lo llevara puesto”, como se dice ahora, y prescindiera de hacerlo con un auto más modesto que hubiera estado en igual infracción.

Usted, don Jorge, ¿tampoco lo cree, no es cierto?

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/don-jorge-que-nos-dice-de-las-joyerias-de-recoleta-nid16052026/

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