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El campo de batalla invisible: cuando las mujeres narran la guerra, la trinchera es el propio cuerpo

Mientras nuevas formas de ...

Mientras nuevas formas de conflicto reorganizan el mapa global —desde ataques con drones de bajo costo sobre infraestructura tecnológica en el golfo Pérsico hasta guerras híbridas donde el daño ya no se mide sólo en territorio conquistado sino en capacidad de interrupción—, también cambia aquello que entendemos por experiencia bélica. En un presente atravesado por Gaza, Ucrania y la expansión de guerras cada vez más tecnológicas, surge urgente una literatura que no narre únicamente la estrategia o el combate, sino aquello que la violencia deja inscripto sobre los cuerpos, las casas y la vida cotidiana.

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Hay una imagen que se repite en la literatura sobre la guerra escrita por mujeres: el terreno de lo amputado. Relaciones familiares interrumpidas, orfandad, cuerpos femeninos exhaustos, niñas forzadas a servir y entregar su inocencia, maternidades vividas como desgaste físico, embarazos no deseados, violaciones, infancias sin abrigo, pieles golpeadas, cuerpos desmembrados, lenguas extranjeras que imprimen sonido al destierro.

En buena parte de la literatura sobre guerra escrita por mujeres, el cuerpo es el lugar donde las abstracciones aterrizan y las hazañas desaparecen. No hay un relato de bandos, épicas, estrategias de desplazamiento furtivo, descripciones de portaaviones o de bombas Cluster o Daisy Cutter.

Autoras como las premio Nobel Svetlana Alexievich y Han Kang, Agota Kristoff, Elena Ferrante, Yael Van Der Wouden, Christina Lamb, Kristin Hannah o Lyuba Yakirmchuk, por citar algunas, inspiran la pregunta acerca de si la realidad bélica observada por mujeres cambia su punto de vista. No se trata de corresponsales de guerra testimoniando un conflicto: van en la búsqueda de lo que sucede después, cuando se cree que el desastre ha concluido. Tampoco se trata de explorar si las mujeres escriben “más sensiblemente”, una idea peligrosa y estéril, por lo innecesaria. Ni de una tesis biologicista (“las mujeres escriben desde lo íntimo”). Una pregunta posible sería: ¿Qué aspectos de la guerra se vuelven visibles cuando quienes narran no lo hacen desde el frente sino desde las consecuencias? Durante siglos, la guerra fue contada desde la zona de trincheras. Por ello, quizás la diferencia no esté en quién escribe la guerra, sino en el lugar del desastre desde el que se mira.

La suspensión del cuerpo femenino

En La guerra no tiene rostro de mujer (1985), Svletlana Alexievich (Bielorrusia, 1948) cuenta una perspectiva ignorada hasta ese momento, la de las mujeres que combatieron en la Segunda Guerra Mundial. Fueron casi un millón de mujeres las que lucharon en las filas del Ejército Rojo, pero su historia no había sido contada. Alexievich, que acaba de recibir el premio Ortega y Gasset de Periodismo 2026 por su trayectoria profesional, revela que muchas fueron francotiradoras, condujeron tanques o trabajaron en hospitales de campaña. Pero su historia no es una historia de la guerra ni de los combates, es la historia de hombres y mujeres en guerra. Alexievich, premio Nobel de Literatura 2015, expone testimonios de la parte no heroica de la guerra. También, el cuerpo femenino suspendido por la maquinaria bélica, como si la guerra amputara la posibilidad biológica; la mayoría experimentó la interrupción momentánea del período menstrual.

En Léxico Familiar (1963), Natalia Ginzburg (Italia, 1916-1991), la orfandad aparece en las casas vacías: mesas familiares donde falta alguien, conversaciones interrumpidas por arrestos o exilios. La pérdida se vuelve lingüística, con frases familiares repetidas como reliquias del mundo desaparecido. El léxico doméstico funciona como un archivo afectivo contra la devastación histórica. En lenguaje también es la pérdida fundamental de Agota Kristof (Hungría, 1935-Suiza 2011) en La Analfabeta (2004), donde los relatos son once momentos de su vida, marcada por la pobreza después de la guerra, el internado, la muerte de Stalin, la lengua materna y las “enemigas” —el alemán, el ruso—, la llegada a Austria escondida en un tren, la llegada a Lausanne con su bebé. En Claus y Lucas (2019), los niños entrenan el hambre, el frío y el dolor para endurecerse. Como si hubiera una pedagogía en la privación: soportar golpes, reprimir emociones, habituarse a cadáveres.

Residuos

En la mayoría de los casos, lo que se narra no es la estrategia militar, sino sus residuos. Tampoco está el combate, sino aquello que el combate hace sobre la intimidad, el deseo, la memoria y los cuerpos. Pareciera que, cuando las mujeres escriben sobre guerras, rara vez escriben solo sobre la guerra.

Como Elena Ferrante (Nápoles, 1943) y la saga napolitana que sucedió a La amiga estupenda (2011). Allí, el cuerpo femenino aparece exhausto, con niñas que crecen demasiado rápido, mujeres observadas y expuestas socialmente. La pobreza deja marcas materiales, como ropa gastada, piel fatigada, golpes, embarazos, enfermedades, violencia dentro del espacio doméstico. La posguerra se traduce en cuerpos sin resguardo.

Christina Lamb (Londres, 1965) narra cuerpos violados durante las guerras, convertidos en territorios ocupados. Lo hace en su novela Our Bodies, Their Battlefields (2020) —sólo disponible en inglés—, donde cuenta a mujeres marcadas por embarazos forzados, mutilaciones, enfermedades, esterilidad, rechazo comunitario o silencio. La violencia sexual se vuelve archivo permanente de la guerra. Miembro de la junta internacional del Instituto para la Información sobre la Guerra y la Paz (IWPR), fue nombrada Oficial de la Orden del Imperio Británico en 2013 por la reina Isabel II, por sus servicios al periodismo. Su relato Yo soy Malala (2013), sobre la activista paquistaní Malala Yousafzai, que sufrió un intento de asesinato por los talibán a causa de su activismo, fue traducido a 40 idiomas.

Yael van der Wouden (Israel, 1987) en La guardiana escribe una historia donde la casa misma funciona como un cuerpo traumatizado. Galardonada con el Women’s Prize de 2025 y finalista del Premio Booker de 2024, esta opera prima se detiene en habitaciones cerradas, secretos heredados, deseo reprimido, vigilancia obsesiva del espacio doméstico. La posguerra aparece como una intimidad contaminada por aquello que no pudo nombrarse.

En la poesía de Lyuba Yakimchuk (Ucrania, 1985), la pérdida adopta imágenes concretas y devastadoras. Su poema “Apricots of Donbas” alude a escuelas derretidas, fotos desaparecidas, maestras muertas, ciudades convertidas en ruinas verbales.

Para la Nobel de Literatura surcoreana Han Kang (Corea, 1970), por su parte, en Actos humanos (2024) no hay frente de batalla tradicional, pero sí hay algo profundamente bélico. Es el Estado administrando muerte, desaparición y terror sobre cuerpos civiles. La masacre de Gwangju no aparece sólo como acontecimiento histórico, sino como experiencia sensorial y corporal, donde aquello que persiste no es la narración política sino la materialidad del daño.

Más acá, la argentina Ángela Pradelli (Buenos Aires, 1969), vuelve a correr el relato heroico de la guerra hacia el terreno del desamparo. En Dos Soldados (2022) recoge testimonios de un italiano que peleó en la Segunda Guerra y de un excombatiente de la Guerra de Malvinas. Separados por medio siglo y miles de kilómetros, ambos cuentan el miedo en primera persona, el hambre, la sed, la cercanía de la muerte, la posibilidad de matar como algo naturalizado.

La hipótesis no es nueva. Lo llamativo es quizás la actualidad de su persistencia: frente a los relatos clásicos del conflicto —conquista, heroísmo, victoria, derrota— muchas autoras han narrado otra cartografía, la del cuerpo que sobrevive junto a sus pérdidas íntimas.

Mientras, la Historia produce sus propios monumentos y redacta sus archivos en otra parte, muy lejos del territorio minado.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/el-campo-de-batalla-invisible-cuando-las-mujeres-narran-la-guerra-la-trinchera-es-el-propio-cuerpo-nid13052026/

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