El Mundial no se mancha, pero la FIFA se mudó a Wall Street
Una cuarta parte de los boletos del Estadio Centenario se vendió al precio mínimo de 0,20 pesos. Fueron dieciocho mil entradas “para las clases menos pudientes” en los taludes y en las tribun...
Una cuarta parte de los boletos del Estadio Centenario se vendió al precio mínimo de 0,20 pesos. Fueron dieciocho mil entradas “para las clases menos pudientes” en los taludes y en las tribunas Ámsterdam y Colombes. Los boletos de la tribuna Olímpica fueron vendidos a 0,50 pesos. Los de la tribuna América, a un peso; los de la platea Olímpica, a 1,50, y los de la platea América, a dos pesos. Así lo exigió el Estado uruguayo porque ayudó a construir el estadio en menos de un año. En 1930, el peso uruguayo se cotizaba casi a la par del dólar. En la final del 30 de julio (Uruguay venció por 4-2 a la Argentina) hubo muchos colados. Los controles abandonaron sus puestos para ver el partido. Como fuera, el boleto más caro del primer Mundial de la historia costó 2 dólares. Casi un siglo después, ese mismo boleto costará cerca de diez mil dólares.
Un día antes del inicio del Mundial del ’30, un tranvía cayó al Riachuelo. Cincuenta y seis muertos y el país de luto. Pero en las horas previas a la final, miles de argentinos desbordaron todas las embarcaciones posibles. Las compañías Mihanovich y Uruguaya de Navegación tuvieron que bajar cortinas y llamar a la policía para contener a la multitud. “La dársena se trasformó en una romería”. Los trasportes Ciudad de Buenos Aires, Ciudad de Montevideo, Gral. Artigas, Washington y Londres arribaron a Montevideo en la mañana del partido. Los hinchas compraron boletos a bordo o al llegar al puerto. “Revendedores organizados o espontáneos acapararon miles de entradas y hasta se denunció que en las propias boleterías del estadio se cobraba por las localidades el doble o el triple del precio oficial”, cuenta Luis Prats en su libro Montevideo. La ciudad del fútbol. Ricardo Lombardo (Donde se cuentan proezas) dice a su vez que el vapor París navegó desde Rosario con seiscientos pasajeros. “Nervios destrozados, hacinados, sin comer ni dormir”. Que el capitán a bordo temió por su seguridad y que el vapor llegó a Montevideo con el partido ya finalizado. Fue una final tensa, que provocó ruptura de relaciones de la asociación argentina con la uruguaya. El diario Crítica ayudó al incendio. Comparó la estatura moral del árbitro belga John Langenus con la de “una lenteja aplastada por un tranvía”.
Eran otros tiempos, pero el fútbol ya era una locura. Uruguay, rey de la pelota como bicampeón olímpico en 1924 y 1928, salvó parte del boicot europeo a su Mundial ofreciendo 4000 dólares extras a cada delegación. Además de veinte pasajes en barco en primera clase, alojamiento, comida y un viático de dos pesos diarios durante el viaje y cuatro pesos durante el torneo para cada jugador. “Venimos aquí a ofrendar ante los patrios altares. Iniciamos hoy lo que mañana será Templo donde acudan las multitudes generosas a oficiar los ritos de la Razón y la Belleza”, dijo el dirigente César Batlle Pacheco al iniciarse la construcción del Centenario, terminado con el Mundial ya iniciado y que debió reducir a 72.000 espectadores su capacidad. Casi mil cien obreros, muchos de ellos, italianos, yugoslavos, griegos (europeos expulsados por la crisis del Viejo Continente), trabajando día y noche, en tres turnos rotativos. Y el Estado, que intervino cuando se temió el desastre. Y, a cambio, exigió boletos populares para “las clases menos pudientes”.
Hoy, a un mes del Mundial 2026, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, casi patrón del torneo, dice que él no pagaría el boleto de más de mil dólares para ver el debut de la selección anfitriona ante Paraguay, el viernes 12 de junio en el SofiStadium, de Los Ángeles, cuyos trabajadores, casi todos ellos inmigrantes, realizan marchas de protesta y amenazan con huelgas en pleno Mundial. Reclaman aumento salarial. Y que no haya policía migratoria (ICE). Para el juego contra Paraguay los boletos van de 1120 a 2735 dólares, casi igual que para los dos partidos siguientes de Estados Unidos en la primera fase (contra Australia el 19 de junio en Seattle y Turquía el 25 de junio en Los Ángeles). “Claro que me gustaría ir, pero, para ser honesto, no lo pagaría”, dijo Trump. Andrew Giuliani, responsable gubernamental del Mundial, aclaró pronto que esos precios confirman el enorme interés del torneo y que el valor de cada asiento es ordenado por “el mercado”. Es la política de “precios dinámicos” estadounidense, que permite recaudar a la FIFA el treinta por ciento de cada ticket.
Solo viajar a la final de Nueva York a Nueva Jersey, quince kilómetros en tren, costará 105 dólares (casi diez veces el valor original). “Si alguien paga dos millones de dólares por un ticket para la final, me encargaré personalmente de llevarle un hot dog y una Coca-Cola para asegurarme de que tendrá una experiencia increíble”, respondió Gianni Infantino, presidente de la FIFA, cuando le preguntaron por sumas ridículas pedidas en páginas de reventa. En su crítica al Mundial más caro de la historia, el diario británico The Guardian editorializó el lunes pasado citando Lo que el dinero no puede comprar, el último libro del filósofo Michael Sandel. La crítica no a una economía de mercado, sino al “vacío ético” de “una sociedad de mercado”. Ya no al empobrecimiento del espacio público, sino al abandono. La renuncia –¿definitiva?- de la FIFA a que el Mundial conserve al menos parte de su democrática y comunitaria fiesta popular. Estadios sin hinchas. Todos mercancía.