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El peronismo, de la conspiración a la platea

No existen hoy evidencias de que el peronismo esté interesado en tumbar a Milei. Es una novedad histórica de la que poco se habla. Habituado a cobijar sectores proclives a desalojar antes de hora...

No existen hoy evidencias de que el peronismo esté interesado en tumbar a Milei. Es una novedad histórica de la que poco se habla. Habituado a cobijar sectores proclives a desalojar antes de hora a los presidentes no peronistas -de allí viene, por ejemplo, el llamado “club del helicóptero”-, el peronismo se exhibe ahora aletargado, acaso inerte, algo reseco.

Podría pensarse que este momento de introspección -eufemismo que ayuda a disimular lo que de verdad padece: falta de liderazgo, de proyecto, de discurso, de candidato presidencial y de prestigio social-, el peronismo ensanchó felizmente sus virtudes republicanas. Está menos desestabilizador de lo que siempre fue. Sin embargo, los más suspicaces explican que no se trata de un súbito apego a la democracia sino más bien de astucia. Todo se debería a una estrategia basada en aquella enseñanza napoleónica que uno puede extraer de un sobrecito de azúcar tomando un café en una vereda palermitana bajo el sol de otoño: “no interrumpas a tu enemigo cuando se está equivocando”.

A lo mejor Napoleón dijo “si el enemigo se equivoca, no lo distraigas” o no dijo nada y sólo se trata de una paráfrasis de su pensamiento. Lo mismo da, con cualquier versión, con cualquier autor, se llega al mismo asunto: Manuel Adorni. Un jarrón chino que el gobierno no sabe cómo lustrar y que el peronismo contempla con gozo en el centro de todo porque sólo le depara desventuras al presidente que, como su jefe de Gabinete, supo ser panelista. Tanto Milei como Adorni sostienen que para desestabilizar la oposición operó al periodismo (sí, los sujetos a los que se señala son insoportablemente indeterminados). Pero en rigor se refieren a un pasado reciente, no a hoy. “Hubo un retraso en nuestro camino de la reconstrucción que se explica en gran parte por un fenómeno que vivimos con crudeza durante la segunda mitad del año pasado, la operación golpista que el kirchnerismo y la izquierda ejecutaron en plena campaña electoral”, dijo Adorni el 29 de abril la única vez que pisó hasta ahora el recinto de la Cámara de Diputados.

La realidad es que el peronismo no está promoviendo violencia callejera y los reclamos para que Milei se vaya antes del 10 de diciembre de 2027 son los mínimos posibles regulando el peronismo a 900 vueltas con el motor en marcha. La última arenga golpista circuló en un video de 16 segundos de un intendente bonaerense de tercera línea, Ricardo Moccedo, de Coronel Suárez (“…tiene que adelantar la entrega del mando y si no hay que hacer una pueblada”), pero pasó más inadvertida que la Fiesta de la Empanada de Vizcacha en Azul.

En abril, dos diputados de Unión por la Patria (Juan Marino y Pablo Todero) tuvieron quince minutos de fama al presentar en la Comisión de Juicio Político sendas ampliaciones de solicitudes ya en trámite. Siempre se consideró algo normal que solitarios diputados opositores hicieran presentaciones en esa comisión contra el presidente de turno. Alberto Fernández terminó con trece pedidos de juicio político, Mauricio Macri con dos, Cristina Kirchner en el segundo mandato, con siete. Como todo el mundo sabe, los juicios políticos presidenciales, vía constitucional para la destitución, jamás prosperan (nunca llegó a aprobarse uno). En la Argentina los presidentes caen de otra manera. Hubo el siglo pasado seis gobiernos constitucionales derrocados por golpes de estado. Con la nueva democracia dos presidentes radicales fueron forzados a renunciar en forma precipitada: Raúl Alfonsín (medio año antes de entregarle el mando a Carlos Menem, quien ya había sido electo) y Fernando de la Rúa, once días después de cumplir medio mandato. En ambos casos, como es conocido, se conjugaron tres cosas: impericia propia, internas oficialistas y desestabilización opositora, fundamentalmente de marca peronista.

Pero volviendo a Napoleón, sostener a Adorni con el empeño de Milei seguramente algún día también será una frase magistral, quien sabe si sustentada en la paradoja del modelo de lealtad al subordinado, en el sacrificio extremo por el amigo magullado o -lo más probable- una fábula sobre el poderoso obstinado y el error engordado.

Adorni, en eso tienen razón los libertarios, no es lo único que sucede en la Argentina. También hay buenas noticias. Como la estabilización macroeconómica, el pronóstico de 3,6 por ciento de crecimiento, el ancla fiscal con superávit primario y financiero, la desaceleración inflacionaria, Vaca muerta, la gran cosecha en marcha o el riesgo país perforando los 500 puntos. Y hay noticias no tan buenas, en especial aquellas relacionadas con el bolsillo de varios millones de argentinos. Bajos salarios, pérdida del poder adquisitivo, endeudamiento récord de propietarios de tarjetas, empleados que no llegan a fin de mes, en el medio del escenario la crisis universitaria y en paralelo los casos de corrupción judicializados.

Debido a las segundas noticias, obviamente que no a las primeras, los índices de valoración del gobierno están para atrás. Este es un gobierno cuyas espaldas fueron famosas. Mientras ajustaba e insultaba a los políticos -y sacaba leyes que parecían imposibles y bajaba la inflación-, conservaba casi imperturbables los niveles de aprobación que traía de las urnas. Nunca nadie había tenido semejante consenso continuado en pleno ajuste. Ajuste hecho de frente y a los gritos. Por eso resulta más notorio que lo que antes pasaba haya dejado de pasar.

No se alcanzó un punto dramático, aseguran los que miden estas cosas, pero en cierto modo cambió el viento. Y los cambios de viento en la Argentina siempre inquietan.

Se cree que la caída de la imagen oficial procede de una combinación de la situación económica con el desdibujamiento del perfil anticasta del mileísmo, corazón de la propuesta libertaria que como se dijo mil veces se incubó en el hastío colectivo con los fracasos de la larga experiencia populista. Adorni precisamente sería un bosquejo del desencanto incipiente. Lo representó mejor ayer el analista Alejandro Catterberg: “nada más casta que subirse a un avión privado e irse a Punta del Este”.

Siempre es el contexto lo que dota de sentido al dato.

“Yo sí quiero grieta. Yo sí quiero a los delincuentes, a los corruptos, a los chorros, a todo lo que no le hace bien a la Argentina, de un lado, y a la gente de bien, del otro”. Tema difícil el de organizar la grieta, asumirla no ya como una consecuencia indeseada de la política sino como la orgullosa medida profiláctica que permite diseccionar el mal satánico casualmente integrado por los que piensan distinto. Pero más o menos así fue el planteo mileísta original.

Esa cita -que suele aparecer en las redes- pertenece al breve discurso que pronunció Manuel Adorni en 2023 cuando recibió el Martín Fierro al “mejor tuitero”. Desde entonces él fue el vocero presidencial, vocero celestial si es por dividir al universo en dos. No estaba previsto que además resultara un desprolijo operador inmobiliario y turístico, mucho menos después de que lo ascendieron a encargado de la administración general del país.

Milei repite día por medio que Adorni es una persona honesta, es decir un ilustre integrante del bando de la gente de bien. El problema es que hay una conjura de periodistas mentirosos y delincuentes, el 95 por ciento del total, resentidos por falta de pauta y asociados con “empresauros” y opositores para desestabilizar. Son quienes le hacen creer todas esas mentiras adornistas a la incauta población.

Además de que hablar del 95 por ciento no parece un argumento eficaz debido a que choca con la experiencia directa de la gente que consume (ostensiblemente satisfecha) una variedad de medios y periodistas no solo políticos sino de deportes y espectáculos, esta artillería huele a usada: los Kirchner decían algo muy parecido. Llamaban esbirros de Magnetto a los periodistas profesionales (a los moralmente sanos, que venían a ser los kirchneristas, los veneraban como periodistas militantes) y repetían que eran esbirros porque los manipulaba el poder real. Grandes empresarios, intereses “mafiosos”, operadores.

Una diferencia, sin embargo, es que los Kirchner les prohibieron a sus ministros y seguidores concurrir a los “medios hegemónicos”, sobre todo Canal 13 y TN, mientras que Milei decidió no dejar entrar a los acreditados de Canal 13 y TN a la Casa Rosada. Otra, que los Kirchner patrocinaron la convocatoria a escupir en Plaza de Mayo fotos de determinados periodistas. Milei prefiere insultarlos personalmente y alentar a la población a odiarlos en conjunto sin discriminarlos.

Es extraño que el presidente no haya calculado el riesgo político de compartir enemigos explícitos con el kirchnerismo, a quien él califica como una organización criminal que se ha dedicado a saquear el país, “lo peor que le pasó a la Argentina en toda su historia”. Quizás hasta ahora no se les había prestado demasiada atención a estas contradicciones porque los actores centrales de la obra eran Milei y la casta. Pero el reparto actoral empezó a ser cuestionado dentro del universo de los votantes propios.

Lo que complica la situación es la interna oficialista, tan poco ordenada como el gobierno mismo. Hasta el quiebre del llamado triángulo de hierro - los hermanos Milei y Santiago Caputo- las cosas eran más o menos claras. Ahora, en cambio, las rajaduras en el edificio ya incluyen a Patricia Bullrich y se incuba en el gabinete un ambiente de divergencias y sospechas cruzadas relacionadas con la ventilación de los detalles del caso Adorni.

Es en ese contexto donde el peronismo se ilusiona con la idea de conjugar su verbo icónico, volver, sin esforzarse. Y sobre todo, sin apurarse ni conspirar.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-peronismo-de-la-conspiracion-a-la-platea-nid13052026/

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