El portador del fin del mundo
Lo mejor, decían los que saben del tema, es escapar un poco de las luces de la ciudad para verlo en su esplendor. Era una noche de febrero de 1985 y yo, que en aquel entonces tenía 14 años, esta...
Lo mejor, decían los que saben del tema, es escapar un poco de las luces de la ciudad para verlo en su esplendor. Era una noche de febrero de 1985 y yo, que en aquel entonces tenía 14 años, estaba algo emocionado mientras, con la familia de un amigo, viajábamos en coche hacia las afueras de La Plata, por la avenida 7 bien al fondo. Llegamos a un lugar descampado y oscuro donde la única luminosidad venía del cielo. Entonces, alguien me lo señaló y lo vi. Un pequeño punto luminoso en la negrura del firmamento. Era un poco más grande que una estrella y tenía la forma de una coma. Un poco me decepcioné. Esperaba muchísimo más del tan mentado cometa Halley.
Quizá, con mi fantasía adolescente, pensé que iba a ver un bólido fulgurante que me encegueciera. Pero eso no pasó. Esta desilusión mía, sin embargo, fue una nimiedad al lado de lo que sucedió en 1910, cuando el paso de este cometa provocó una verdadera ola de terror en la población, que, escuchando pseudoprofetas y charlatanes, se había convencido de que el Halley era el portador del fin del mundo.
Se sabe que este visitante astral regresa cada 75 o 76 años. De modo que su paso el año en que la Argentina celebraba el centenario de la Revolución de Mayo no era ninguna sorpresa. El problema fue que en enero de ese 1910 hubo un astrónomo francés, Camilo Flammarion, que insinuó la posiibilidad, aunque casi improbable, de que la humanidad corriera un grave riesgo cuando la Tierra atravesara la cola del cometa. “Si el oxígeno de la atmósfera llegara a combinarse con el hidrógeno de la cola cometaria la asfixia inmediata sería inevitable”, decía el científico galo en la parte más dramática de un artículo que reproducían los diarios del mundo.
Para colmo de males, en Buenos Aires hubo un tal Domingo Barisane que comenzó a distribuir unos fascículos escritos por él con los peores augurios. Estos libritos llevaban el calamitoso título de La fin del mundo, y allí, entre profecías bíblicas mal interpretadas y sentencias moralizantes, se aseveraba que “la Tierra sería barrida por la cola del cometa”.
Pronto los hombres de ciencia calcularon que la mayor aproximación del Halley a la Tierra se produciría alrededor del 18 de mayo. Flammarión además volvía a la carga sentenciando que era posible que un gas que portaba el cometa se derramara a la Tierra a través del “penacho cometario”. Se trataba del cianógeno, un compuesto altamente tóxico, con un leve perfume a almendras amargas.
Todas estas premoniciones apocalípticas alimentaron los temores de la gente, al punto tal que, entre el comienzo de 1910 y la fecha del paso del cometa, se registraron, solo en la Argentina, unos 427 suicidios.
Como sea, el 18 de mayo llegó. Se esperaba que la fatalidad del choque con la cola del Halley se produjera en un lapso de dos horas. Nadie se mantuvo indiferente durante esa temida jornada. Lidia Parise y Abel González cuentan en su simpático libro La fin del mundo que en Buenos Aires, las plazas y parques se llenaron de personas. Mientras algunas rezaban, otras se entregaban al último acto de amor. En los patios de los conventillos de la Boca se organizaron bailes y en Mataderos, terribles asados.
La gente se subía a las porteñas azoteas para ver en directo al coludo emisor del cataclismo. Y en los lugares más paquetes, como el lujoso hotel Majestic, de avenida de Mayo, la gente bien se prodigaba las postreras botellas de champagne. Por todas partes se escuchaban llantos de desesperación y expresiones tardías de arrepentimiento.
Pero el tiempo pasaba y la certeza del final se diluía. A las 12 de la noche se oyó un estremecedor sonido que atravesó una parte de la ciudad. Era la sirena del diario La Prensa, que anunciaba que el peligro había pasado. El pánico se trocó en euforia.
En 1910, miles temían que él trajera el fin del mundo. 75 años después, yo quería ver en él un objeto deslumbrante. Pero al cometa Halley, que sigue su gira por el espacio infinito, le son indiferentes todas estas fatuidades humanas.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/el-portador-del-fin-del-mundo-nid17082026/