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El suicidio no puede seguir siendo un problema de nadie

Entre 2021 y 2026, más de 2400 jóvenes de entre 13 y 25 años fueron evaluados con instrumentos validados en ocho municipios del país -Malargüe, Hasenkamp, Lincoln, Ayacucho, General La Madrid,...

Entre 2021 y 2026, más de 2400 jóvenes de entre 13 y 25 años fueron evaluados con instrumentos validados en ocho municipios del país -Malargüe, Hasenkamp, Lincoln, Ayacucho, General La Madrid, Lobería, Monte y Viamonte-. Los relevamientos, realizados en el marco de un programa de Fundación Ineco, mostraron que la proporción de jóvenes con riesgo suicida alto varió entre el 13,6% y el 29,6% según la localidad. Entre los factores asociados, dos aparecieron con particular fuerza: la desesperanza y la soledad. Estos hallazgos resultan especialmente relevantes a la luz de los datos oficiales conocidos recientemente, que muestran un incremento sostenido de los suicidios en la Argentina y una particular afectación de adolescentes y adultos jóvenes.

El país llega a esta conversación en su peor momento registrado. En 2025 la tasa de suicidios alcanzó 11,8 cada 100.000 habitantes, la más alta de la que tengamos registro, por encima de los picos de 2001. Entre 2017 y 2025 los casos pasaron de 3.304 a 5.209. Hoy es la primera causa de muerte entre los 15 y los 34 años, un lugar que durante décadas ocuparon los accidentes de tránsito. Mientras los homicidios dolosos descendieron, esta forma de muerte los cuadruplica. Algo se desplazó y no terminamos de nombrarlo.

El suicidio es un fenómeno complejo y multicausal. No existe una causa única ni una explicación lineal. La evidencia identifica distintos factores de riesgo: trastornos mentales no tratados, intentos previos, dolor crónico, consumo problemático e historia familiar. A ellos pueden sumarse el aislamiento social, las pérdidas afectivas y las experiencias traumáticas, junto con factores del entorno como el estigma, las barreras de acceso al sistema de salud o la pérdida del trabajo. Comprender esa complejidad es central para la prevención porque muchos de estos factores pueden ser detectados y abordados oportunamente.

La desesperanza y la soledad parecen variables difíciles de gestionar desde una política pública y, sin embargo, son dimensiones sobre las que el entorno puede intervenir. Un adolescente que tiene un adulto disponible, una actividad que lo espera y un lugar donde sus preguntas no incomodan está en otra posición. Nada de eso requiere alta tecnología. Exige decisión y continuidad.

Sobre las redes sociales, la investigación es menos categórica de lo que sugiere el debate público. Los mismos entornos que pueden amplificar el acoso, la exposición o la comparación social también constituyen espacios de pertenencia y apoyo para un joven que no encuentra con quién hablar. En los estudios disponibles, todos los jóvenes analizados las usaban a diario. No son un afuera del que podamos rescatarlos. Son parte del entorno en el que hoy se construyen los vínculos y donde también deben desarrollarse estrategias de prevención.

La Organización Mundial de la Salud sostiene desde hace más de una década que existen intervenciones eficaces y de bajo costo: restringir el acceso a medios letales, promover un tratamiento periodístico responsable, fortalecer habilidades socioemocionales en la adolescencia y garantizar la detección, el tratamiento y el seguimiento oportunos. En el ámbito clínico, herramientas como el plan de seguridad -una intervención breve y colaborativa que se construye junto con la persona- contribuyen a disminuir el riesgo de nuevos intentos. En escuelas y centros de salud, capacitar a quienes ya están en contacto cotidiano con adolescentes y jóvenes permite ampliar la capacidad de detección temprana y respuesta.

Nada de esto funciona con campañas aisladas de una semana. La prevención del suicidio requiere una estrategia federal sostenida, articulación entre salud, educación y comunidad, profesionales capacitados y presupuesto asignado. Se pueden discutir prioridades fiscales, es legítimo. Lo que no podemos es seguir actuando como si cada nueva cifra fuera inesperada.

Los relevamientos realizados en distintas localidades también mostraron que la dificultad no termina cuando se identifica el riesgo. En buena medida, el desafío comienza después, cuando ese resultado debe traducirse en una respuesta concreta. Allí donde esto ocurrió, empezaron a aparecer docentes capacitados para reconocer señales de alarma, familias con mayor información y equipos de salud preparados para preguntar, evaluar y actuar frente al riesgo. Puede parecer poco. En prevención, es enorme. Y, sobre todo, es posible.

Torralva, Presidente de Fundación Ineco

Cetkovich, Director Médico de Ineco Central

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-suicidio-no-puede-seguir-siendo-un-problema-de-nadie-nid10092026/

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