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Héctor Abad Faciolince: “Todos los países de la región deberían haber condenado la invasión rusa a Ucrania”

Son las 9 de la mañana en Bogotá y Héctor Abad Faciolince recibe a LA NACION por videollamada en su biblioteca, un espacio luminoso que conduce a un jardín de invierno. El día comenzó tempran...

Son las 9 de la mañana en Bogotá y Héctor Abad Faciolince recibe a LA NACION por videollamada en su biblioteca, un espacio luminoso que conduce a un jardín de invierno. El día comenzó temprano, y ya ha sorteado el tráfico de la ciudad para llevar a su esposa a su oficina. El resto del día lo dedicará a escribir, a nadar y quizá a visitar a sus nietos. Es la rutina de un hombre pacífico, cuya voz es emblema de los derechos humanos: cuando el expresidente colombiano Juan Manuel Santos recibió el Premio Nobel de la Paz, le pidió a Abad Faciolince que lo acompañara a Oslo.

Su vida ha estado marcada por la violencia, primero por el asesinato en 1987 de su padre, Héctor Abad Gómez, figura protagónica de El olvido que seremos, una novela que ya es un clásico reciente en nuestra lengua y que fue llevada al cine por Fernando Trueba. El autor también es sobreviviente de un atentado que sufrió en 2023 en Ucrania, cuando un misil ruso cayó a 10 metros de donde cenaba con un grupo de escritores y activistas por la paz. Su experiencia fue recogida en Ahora y en la hora, memoria en la que recoge el absurdo de la guerra y reflexiona sobre cómo un pequeño acto —cambiar de sitio en la mesa del restaurante para utilizar el oído con el que mejor escucha— salvó su vida de milagro y significó la tragedia de Victoria Amélina, escritora ucraniana y guía de viaje del escritor. El libro fue distinguido con el premio del Instituto Berg a los Derechos Humanos, en Alemania, y fue finalista del premio AENA en España, cuya recompensa de un millón de euros fue destinada a Samanta Schweblin. “Creo que al no ganármelo me libré, no solo de la envidia, sino de un secuestro”, bromea, o no tanto, el escritor.

Abad Faciolince tendrá una agitada agenda en la Feria del Libro de Buenos Aires: hoy sábado a las 20.30 presenta a Ahora y en la hora; y mañana, a las 17.30, acompañará a un grupo de autores ucranianos; el martes conversará sobre el vínculo que une a Jorge Luis Borges con El olvido que seremos. El día en que su padre fue asesinado por grupos paramilitares, llevaba en su saco un soneto de Borges, escrito a mano, cuyo primer verso es el título de su celebrada novela. “Era como si mi padre, que ya no podía hablar, muerto, nos pudiera mandar un mensaje sobre cómo se enfrentaba a la muerte”, dice.

Nunca he considerado la literatura como una especie de terapia ni como un sustituto del psicoanálisis ni de la catarsis

-La guerra en Ucrania, o mejor dicho la invasión rusa, puso de relieve la apatía de algunos autores e intelectuales a la hora de condenar la acción de Vladimir Putin. ¿Lo ha percibido?

-Sí, curiosamente, sobre todo entre mis colegas escritores, a los que además quiero mucho, en los dos extremos de América Latina, en México y en la Argentina. Encontré más resistencia que en ninguna otra parte para adherir a la campaña “Aguanta Ucrania”. Algunos sencillamente no me contestaban los mensajes, a pesar de que siempre habíamos tenido una relación muy fluida, y otros me contestaban que las cosas no eran como nosotros planteábamos, que la culpa no era de Rusia, sino de Zelensky o de la OTAN. En general, el gremio al que pertenezco tiende a ser más de izquierdas que de derechas, y se veía la resistencia contra Putin como un gesto de derechas. Entiendo que esta resistencia tenía que ver con este viejo anti-americanismo, en buena medida justificado, por parte de nuestros países en América Latina. Pero ahora este anti-americanismo con el que ellos se presentaban parece estar alineado con el americanismo más grosero y Donald Trump. Estoy convencido de que la ley, la legislación internacional, la justicia y la defensa de las víctimas está de nuestro lado. Y después de lo que viví, mi confirmación racional ahora también está unida a una confirmación emocional muy intensa.

-La violencia se ha convertido en el tema más recurrente de su obra, hechos que ha padecido en carne propia, tanto el asesinato de su padre como el atentado en Ucrania. ¿La escritura es parte del duelo? ¿Colabora a la comprensión, si eso fuera posible, de hechos tan atroces?

-Nunca he considerado la literatura como una especie de terapia ni como un sustituto del psicoanálisis ni de la catarsis. Ahora y en la hora lo concebí como una obligación, como un deber. También fue así con El olvido que seremos, solo que en el caso del libro sobre mi padre fue un deber postergado durante mucho tiempo, veinte años. En el primer caso, este deber no podía esperar, porque corría el riesgo de no poderlo contar luego debido a mi capacidad de olvido y a mis ganas de olvidar también este episodio trágico. Me costó mucho escribirlo: todo salía mal, no me fluía, nada me funcionaba, ni la sintaxis ni la gramática ni la ortografía; en todo me equivocaba. Fue con rabia, con dolor y con desesperación que empecé a escribir este libro sobre mi experiencia en Ucrania. También me ocurrieron cosas casi místicas.

-Ha escrito muchas veces sobre su mirada del mundo y la vida como alguien no creyente. ¿Cuáles fueron estos hechos místicos?

-Sentía que Victoria Amélina me dictaba partes de este libro, que su fantasma se paseaba por mi casa, que a lo mejor yo sí había muerto en Ucrania, y que estaba muerto sin darme cuenta, y que trataba de escribir esto desde la muerte. Estaba en una situación mental realmente extraña. También había leído un ensayo de Borges que me había afectado y conmovido muchísimo, sobre el místico Emanuel Swedenborg, que sostiene que cuando uno se muere, uno no se da cuenta de que se muere, sino que vuelve a su casa, ve a sus amigos, ve a sus familiares, y poco a poco va notando una extraña luminosidad, y se da cuenta de que tal vez sí está muerto. Es uno quien decide si va para el cielo o para el infierno, dependiendo de las cosas que le gusten o le atraen, de las personas que ve, de las personas con las que conversa, si le gusta lo sórdido, lo sucio, lo inhumano, lo violento, o si lo atrae lo más afectuoso, lo más hermoso, la misma belleza, si se junta con personas buenas o con personas despreciables. En el ataque en Ucrania también murieron dos gemelas de 14 años, y mi hija, que nació en 1986, el mismo año que Victoria, me anunció poco después que iba a ser madre de mellizos. Pensé que quizá habrían de reencarnar en estos bebés. Además, nunca me había casado y, a mis 65 años, lo hice por primera vez: en el anillo de matrimonio que mi madre me había dejado en herencia, que había sido de su padre, figuraba la inscripción “Victoria 1922”; había una coincidencia no solo el nombre, sino también en el año, 22, en que comenzó la invasión rusa. Todo era muy raro.

-Recién mencionaba a Borges. Participará en una mesa en homenaje a 40 años de su muerte. ¿Cómo ha influido, no solo en su literatura, sino también en su vida, la obra de Borges?

-El día que asesinaron a mi padre llevaba en el saco una lista con las personas que iban a matar y también ese soneto de Borges, escrito a mano. Era como si mi padre muerto, que ya no podía hablar, nos pudiera mandar un mensaje de cómo se enfrentaba a la muerte, sobre todo con esos versos finales que dicen: “No soy el insensato que se aferra al mágico sonido de su nombre”. Es la meditación de alguien convencido de que su destino es el de todos los hombres: el de ser olvidado, para luego regresar a la tierra como mineral. Borges consuela porque decía que la experiencia de la vida es extraordinaria, pero el regreso a esta insensibilidad mineral también tiene algo de bonito.

-El soneto estaba inédito por entonces y usted inicia una pesquisa para comprobar si efectivamente lo había escrito Borges o no.

-Los primeros que lo publicaron fueron unos estudiantes argentinos, de Mendoza, en una revista, entre ellos Jaime Correas, a quien pude encontrar. Se generaron muchos debates, muchos artículos, muchos libros y entrevistas a María Kodama, que dijo que era imposible que Borges lo hubiera escrito. La historia es muy larga, también me reuní en París con el poeta Jean-Dominique Rey, a quien Borges entregó los poemas. En un viaje a Málaga tuve el honor de conocer a Kodama, de arrastrar su silla de ruedas, y de contarle esta historia con todos los detalles. Ella me dijo que era una historia muy bonita, pero que ella no creía que ese poema fuera de Borges porque él no habría nunca descuidado un poema entregándoselo a otra persona. Yo creo en cambio que Borges sí descuidaba los poemas, él mismo decía que ser el redactor o el lector de un poema era simplemente un azar. Creo haber demostrado filológicamente que el poema sí es de Borges.

-Otra de las mesas en las que participa en la feria trata sobre la experiencia al límite del escritor , un territorio que ha sufrido en carne propia.

-En lo personal, mi vida ha sido una sucesión de experiencias extremas, como si mi falta de imaginación y de memoria se hubiera compensado con experiencias muy fuertes. El asesinato de mi padre, mi operación a corazón abierto o el atentado donde pierde la vida Victoria Amélina, solo por nombrar algunas. El escritor colombiano que vive en Buenos Aires Luis Miguel Rivas, a quien he editado, tiene un libro de cuentos que se llama Los amigos míos se viven muriendo. Yo, de alguna manera, me vivo muriendo, o la gente a mi alrededor.

-Pero pareciera que usted no lucha contra el olvido En Ahora y en la hora escribe: “Mi más querido aliado, siempre, es el olvido”.

-La memoria y el olvido son, como siempre, esos aliados o esos enemigos paradójicos. Una persona con mucha memoria tiende a ser muy rencorosa, porque es incapaz de olvidar, por ejemplo, las ofensas, los agravios que le han hecho, los amores y los desamores; sobre todo, lo afectan infinitamente y no se recupera.

-Una persona con demasiada memoria sufre, como ocurre en “Funes el memorioso”.

-Sí, una virtud llevada a la exageración es un defecto. Es decir, una persona muy generosa termina siendo manirrota y despilfarradora. Y una persona con mala memoria, como yo, carece de todo rencor. Creo que Borges era una persona con tanta memoria que a veces se sentía atormentado de tantas cosas que comprendía.

Siento que América Latina se convierte siempre en una especie de caricatura del mundo, como si fuéramos los imitadores de la locura de otros países y la lleváramos al extremo

-América Latina parece no haberse librado nunca del mal del caudillismo y de líderes rocambolescos. ¿Ve alguna alternativa para que países ricos en recursos logren ser administrados de modo eficiente en un sistema democrático?

-Siento que América Latina se convierte siempre en una especie de caricatura del mundo, como si fuéramos los imitadores de la locura de otros países y la lleváramos al extremo. Es por eso que aparecen este tipo de personajes un poco abominables, ridículos, histriónicos. Uno de los primeros —Italia es buenísima para esto, y Argentina es muy italiana—, fue Berlusconi. De algún modo, Trump es un imitador de Berlusconi, y Bolsonaro y Milei son los imitadores de Trump. Y un tipo como Fidel Castro es un imitador de Stalin. Y nuestros hombrecillos de izquierda, como Chávez, Maduro o Petro, como los sucesores de Fidel Castro, son imitadores de imitadores, de llevar al extremo lo que otros han insinuado. Tendemos a subrayar y exagerar no las virtudes, sino los defectos. América Latina es como un resumen exagerado o un resumen pobre del resto del mundo, pero no somos tan distintos.

-¿América Latina es tan violenta como se la pinta o como se cree?

-En cuanto a política internacional, América Latina es un continente ejemplar; llevamos más de un siglo sin ninguna guerra importante entre nosotros. Los mismos argentinos y chilenos se pusieron de acuerdo en casi todo y después le pidieron al Papa que resolviera dos o tres puntos. Colombia y Venezuela han estado en desacuerdo en mil cuestiones fronterizas y políticas; Uribe y Chávez no podían ser más distintos y nunca llegaron a la guerra. Panamá no teme que Colombia pueda invadirla para recuperar el canal y el territorio que perdimos hace más de un siglo. Nosotros no tememos que Brasil nos invada. México ha sido invadida por Estados Unidos y despojada, pero México no va a invadir a Guatemala. Mientras Europa se desangraba y tenía una guerra tras otra, América Latina se ha mantenido pacífica y ha respetado las fronteras, siempre. Por eso me parece absurdo que no todos los países latinoamericanos, que siempre hemos defendido el derecho internacional, la no injerencia de un país sobre otro y las fronteras, hayan condenado claramente la invasión rusa a Ucrania.

-Se creó una gran polémica en torno al premio AENA, galardón al que estaba nominado. ¿Por qué tantas críticas? ¿Qué es aquello que no se perdona? ¿La súbita aparición del premio? ¿El vínculo de la empresa con el Estado español?

-Cuando se pone de por medio el dinero, la gente reacciona siempre con mucha pasión, y parece inconcebible que un escritor o un poeta reciba tanto dinero, porque nosotros, de alguna manera, estamos obligados a hacer votos de pobreza, pero estos votos no deben ser perpetuos. Pienso que el misil que mató a Victoria Amélina y cayó a diez metros de mi cabeza, el misil que cae en Irán, en El Líbano o en Israel cuesta 2,5 millones de euros. Gané hace dos meses un premio precioso que otorga el Instituto Berg a los Derechos Humanos y me lo van a dar en Alemania, donde se celebró el juicio del Tribunal de Núremberg. Nadie dijo ni una palabra sobre ese premio, para bien o para mal. ¿Por qué? Porque no tiene dotación económica. Mira, casi todos los gremios están sometidos a una cosa muy humana, pero digamos de los siete pecados capitales, yo creo que el más feo es el de la envidia.

-¿Qué haría si ganara un millón de dólares?

-¿Sabes? No me hubiese gustado ganar ese dinero. Estoy muy tranquilo de no habérmelo ganado porque me he librado de ser envidiado. Vivo en un país terriblemente violento donde hay pobreza y donde se piensa que una persona que recibe un millón de euros es tan inmensamente, tan rica que merece ser secuestrada. Entonces creo que, al no ganármelo, me libré no sólo de la envidia, sino de un secuestro.

NARRADOR SENSIBLE Y COMPROMETIDO

PERFIL: Héctor Abad Faciolince

Nació en Medellín, Colombia, en 1958. Estudió Lenguas y Literaturas Modernas en la Universidad de Turín.

Fue columnista de la revista Semana y ha escrito para El Espectador, El País y la revista Letras Libres.

Además de ensayos, traducciones y críticas literarias, ha publicado, entre otros, los siguientes libros: Asuntos de un hidalgo disoluto, Tratado de culinaria para mujeres tristes, Fragmentos de amor furtivo, Angosta, El olvido que seremos, La Oculta y Salvo mi corazón, todo está bien.

Publicó además el libro de poemas Testamento involuntario.

Acaba de publicar Ahora y en la hora (Alfaguara), sobre la invasión rusa a Ucrania.

Obtuvo en España el Premio Casa de América de Narrativa Innovadora y el premio del Instituto Berg a los Derechos Humanos, en Alemania, por su último libro.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/hector-abad-faciolince-todos-los-paises-de-la-region-deberian-haber-condenado-la-invasion-rusa-a-nid02052026/

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