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Iconografía kitsch, armas automáticas y planificación de atentados reconfiguran el mundo narco en la Argentina

Hace poco más de 15 años se contaba en la Policía de Seguridad Aeroportuaria la anécdota sobre un operativo antidrogas en la que el grupo de asalto quedó frente a soldaditos narcos que con fus...

Hace poco más de 15 años se contaba en la Policía de Seguridad Aeroportuaria la anécdota sobre un operativo antidrogas en la que el grupo de asalto quedó frente a soldaditos narcos que con fusiles M4 en mano custodiaban un galpón de acopio de cocaína. La reacción de esos vigilantes fue inmediata, arrojaron al piso esas armas que le hubiesen dado un buen volumen de fuego defensivo y se entregaron. Por entonces un traficante prefería enfrentar a la Justicia -condenas bajas, no mayores a los seis años, beneficios de salidas anticipadas y pabellones en los que las bandas mantenían su poder- antes que jugarse en un tiroteo con uniformados. Todo parece haber cambiado. Una de las señales de la metamorfosis del riesgo narco surgió en el río Paraná, en la zona misionera de Puerto Iguazú, donde tropas especiales de la Prefectura fueron sorprendidas con disparos de carabinas y fusiles desde la costa cuando interceptaron una embarcación de contrabandistas.

Una integrante de la Agrupación Albatros fue herida en ese tiroteo, una refriega que acerca la realidad argentina a los sucesos que casi en forma cotidiana se registran en países de nuestra región. Aquí solo una vez en 2023, en Santiago del Estero, un narco se había resistido a un operativo de la Gendarmería con un fusil M4.

Impactante tiroteo de contrabandistas contra miembros de Prefectura en el río Paraná durante el secuestro de mercadería

Y no se trató de un hecho circunstancial, sino la evidencia que permite asomarse a un mundo narco que empieza a dejar atrás las características históricas de las bandas locales -capacidad para negociar y corromper, ajustes de cuentas que no salen de la propia zona de influencia y gestión de la vida carcelaria- para adoptar costumbres importadas, muy alejadas de la historia narco local -entrar en una carrera por el volumen de fuego y disparar contra uniformados, acercarse al terrorismo por la preparación de atentados de alto impacto y dejar la vida en asentamientos para exponerse a niveles elevados de lujo para mostrarse como la continuidad de mafiosos reales o ficticios.

Los ejemplos en ese sentido llegan desde el exterior. A Sebastián Marset se lo conocía como el fantasma de la Hidrovía, aunque ninguna causa esta abierta en la Argentina a nombre del capo narco que recientemente fue extraditado a los Estados Unidos luego de años de generar convulsiones políticas en Bolivia, Paraguay y Uruguay. Afirman que estuvo detrás del asesinato del fiscal paraguayo Marcelo Pecci en la zona de islas cercana a la ciudad colombiana de Cartagena. Ese homicidio ocurrió el 10 de mayo de 2022, tres días antes de que uno de sus hombres recibiese en Ciudad del Este, una de las puntas de la Triple Frontera, a la tripulación iraní -compuesta por integrantes de una unidad especial de la tenebrosa Guardia Republicana- del avión venezolano que poco después quedase retenido en Ezeiza. A Marset le gustaba que sus hombres tuviesen “fierros”. Cada vez que se hacía un operativo en su búsqueda, el fantasma dejaba tras de sí decenas de fusiles de asalto.

“Es el Pablo Escobar de la era moderna”, se consignó en un informe de la DEA para referirse a Marset. Lo que no es poco, tampoco mucho. Pero fue el propio narco el que tuvo la necesidad de mostrarse como un par del Patrón del Mal. En el allanamiento de su casa apareció una obra kitsch en la que el retrato de Marset figura al lado del hombre de Medellín, de Chapo Guzmán, del colombiano Roberto Suárez Gómez y de Tony Montana... Realidad y ficción en un pastiche que imitan otros narcos.

El nombre de Nahuel Llanos no tiene tantas referencias como el de Marset. Pero en la zona oeste del conurbano se lo consideraba un hombre pesado. Su negocio demandaba dureza. Para la Justicia, se ocupaba de secuestrar a narcotraficantes en La Matanza. Cayó a mediados del mes pasado. En su casa fueron encontradas dos obras de arte kitsch de grandes dimensiones, dos metros y medio por uno y medio. En las pinturas se veían las imágenes de criminales de la vida real, como el capo narco Pablo Escobar Gaviria, o personajes de ficción, como Tommy Shelby, de la serie Peaky Blinders, y Tony Montana, el personaje interpretado por Al Pacino en la película Scarface. Entre ellos, sobresalía la figura de Diomedes Raymundo Moreno, un peruano que ahora está por ser juzgado por un secuestro extorsivo. Los investigadores sospechan que Moreno es el jefe de Llanos. Esas imágenes representan la expansión de una nueva cultura narco, con jefes que buscan adoración. Los casos se repiten en toda la región. Podría decirse que se metieron aquí desde el exterior.

Casi el mismo día en que fue arrestado Llanos en el conurbano se registró un operativo antidrogas en Paraguay para la captura del brasileño Thiago Alessandro Oliveira, nombre poco conocido, pero que se suma a la tendencia narco de generar su propia iconografía para la construcción de un mensaje propio, codificado para extraños. En la casa de ese narco también se encontró una pintura con la representación de una partida de póker, con Tío Rico, Vito Corleone y la imagen de Joaquín Phoenix como Joker. En la misma semana, un operativo en la ciudad uruguaya de Salto en la guarida de un narco dejó en manos de las autoridades no solo una ametralladora, sino también otra pintura con retratos de mafiosos reales y surgidos de la imaginación de un libretista y que aparecen ahora convertidos en símbolos de un altar narco que corre entre países.

La simbiosis cultural entre el hampa local y regional emergen más allá de la iconografía. Y en ese aspecto, se vuelve más peligrosa esa fusión cultural. Se consignó que a Marset se lo considera autor intelectual del asesinato del fiscal anticrimen Pecci, que lo tenía en la mira. Disparó primero el narco, tal vez con el apoyo logístico por ahora no comprobado de los iraníes que tuvieron en Buenos Aires su último vuelo antes de salir de las sombras. Matar a funcionarios no es común en la Argentina. Solo aparece en los últimos años el caso del fiscal Alberto Nisman. Sin embargo, en el primer trimestre de este año ya emergieron las planificaciones de dos secuencias de atentados, frustradas en la etapa final de la ejecución, según advirtieron, respectivamente, funcionarios de Santa Fe y Entre Ríos.

En esa última provincia se desbarató un plan narco para matar al ministro de Seguridad y Justicia, el comisario general retirado Néstor Roncaglia; al juez federal de Paraná, Leandro Ríos, y al fiscal federal José Ignacio Candiotti. En Santa Fe, el blanco de otra organización de narcomenudeo era el gobernador santafesino Maximiliano Pullaro. Fueron encontrados fusiles de asalto y otras armas, además de municiones que podrían haber atravesado el blindaje de la camioneta blindada en la que se mueve el mandatario provincial, que fue secretario y ministro de Seguridad y que es uno de los rostros visibles de lucha contra las bandas criminales en Rosario.

Esos grupos tenían hasta hace poco a la vieja y policial FMK3 como su arma de mayor volumen de fuego. A mediados del año pasado fueron hallados fusiles M4 en manos del clan Alvarado. Si un sector alcanza esas armas tácticas, sus rivales buscarán conseguir también fuego automático. Una carrera armamentista de baja intensidad es inevitable en esos casos. Pasó en Río de Janeiro. Esa advertencia fue escuchada durante muchos años en las reiteradas visitas del ahora exsecretario de Seguridad carioca, José Beltrame. Su alerta sobre el riesgo de los fusiles en manos narcos ya no parece como antes una posibilidad lejana, sino un reflejo más cercano de la realidad local. Más de 130 muertos en el operativo realizado el año pasado en favelas exponen el peligro de consolidar aquí la tendencia narco a tener armamento más potente. En Río de Janeiro la tasa de homicidios es de 22 cada cien mil habitantes. En Buenos Aires, 4,2; en el conurbano, 5,7, y en La Matanza, 8. Todas cifras alejadas a las provocadas por armas automáticas en la más conocida ciudad brasileña. No todos los disparos son allí de narcos, pero en la carrera armamentista se sumó el delito común. Y eso hizo explotar los índices de violencia. Aquí hay otras señales de alarma en ese sentido.

En los últimos días del mes pasado, tres delincuentes entraron en la casa del cantante de cumbia Mario Emanuel De los Santos, conocido popularmente como Ponte Perro. Al fugarse de ese robo en Ituzaingó, los ladrones fueron interceptados por la policía bonaerense. Uno bajó del auto con una pistola Glock convertida en subfusil y con cargador de 50 proyectiles, algo totalmente inesperado para un asaltante común. Fue abatido, pero la aparición de ese cargador avanzado dejó la alarma prendida. Es un cargador de venta condicional y junto al kit que transforma a una pistola 9mm en un subfusil se volvió un arma común entre los gatilleros de Los Monos.

Un mes antes, un grupo de 20 delincuentes armados con cuchillos, presuntos integrantes de una banda criminal vinculada al narcomenudeo, había irrumpido en un edificio judicial de San Martín y copó la mesa de entradas del Juzgado de Garantías N°5. Allí amenazaron de muerte al juez Nicolás Schiavo. Un cambio en la cultura narco parece cada vez más visible.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/seguridad/iconografia-kitsch-armas-automaticas-y-planificacion-de-atentados-reconfiguran-el-mundo-narco-en-la-nid18042026/

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