Incidente de Palomares: cuando Estados Unidos arrojó accidentalmente cuatro bombas nucleares sobre un pueblo de España
Palomares es una localidad pequeña de Almería, en el sureste de España. En los años 60, sus habitantes vivían la agricultura y la pesca. La vida transcurría con una calma sencilla, entre los ...
Palomares es una localidad pequeña de Almería, en el sureste de España. En los años 60, sus habitantes vivían la agricultura y la pesca. La vida transcurría con una calma sencilla, entre los campos, el mar y las rutinas de todos los días. Había, sin embargo, una escena que se repetía cada mañana y que los vecinos ya miraban con una mezcla de costumbre e inquietud: alrededor de las 10.30, dos grandes aviones militares estadounidenses cruzaban el cielo, siempre demasiado cerca uno del otro. Los veían pasar tan pegados que algunos llegaron a decir, casi como una premonición, que algún día iban a chocar.
Ese día fue el 17 de enero de 1966. De pronto, un estruendo partió la mañana. Los vecinos vieron cómo los dos aviones se desintegraban sobre el pueblo. Todo ocurrió en cuestión de segundos. Había restos que caían envueltos en fuego, mientras que los pilotos descendían más despacio, sujetos a paracaídas. Abajo nadie terminaba de entender qué estaba sucediendo. Entre esos fragmentos que caían sobre Palomares había algo que nadie imaginaba y que convertiría aquel accidente en una amenaza mucho más grande: cuatro bombas termonucleares.
Operación Chrome DomeEn ese tiempo, el mundo vivía bajo la tensión permanente de la Guerra Fría. Las dos grandes potencias de la época, Estados Unidos y la Unión Soviética, se vigilaban de cerca y convivían con el temor de que su enemigo atacase primero, por sorpresa, y no dejase tiempo para responder.
En Washington había un temor concreto. La memoria de Pearl Harbor seguía presente y el mando militar estadounidense imaginaba un escenario extremo: que la Unión Soviética atacara al mismo tiempo varias bases terrestres y destruyera, en cuestión de minutos, buena parte de su capacidad de reacción. Para evitarlo, diseñó un programa inquietante: mantener bombarderos armados con bombas nucleares en el aire durante las 24 horas.
El programa se bautizó Operación Chrome Dome y tenía dos rutas principales. Una bordeaba Canadá, Groenlandia y Alaska antes de regresar al punto de partida. La otra cruzaba el Atlántico, sobrevolaba el Mediterráneo y se acercaba al flanco sur de la Unión Soviética antes de emprender el regreso.
De esta forma, si Moscú lanzaba un ataque sorpresa, Estados Unidos tendría siempre aviones disponibles para responder de inmediato. Los Boeing B-52 que sobrevolaban Palomares formaban parte de este programa.
En ese momento, España vivía bajo la dictadura de Francisco Franco. En 1953, el régimen había firmado acuerdos de cooperación con Estados Unidos que permitieron la presencia militar norteamericana en territorio español. A cambio, Franco recibía ayuda económica y respaldo internacional en un momento clave para su supervivencia política. Sin embargo, para la mayoría de los españoles, todo esto pasaba desapercibido porque la censura del régimen dejaba que se supiera muy poco.
Para llevar adelante el programa había un procedimiento esencial: el reabastecimiento de las aeronaves. Los B-52 no tenían autonomía suficiente para completar las rutas y regresar a sus bases en Estados Unidos sin cargar combustible en el camino. Pero aterrizar los aviones cargados con bombas nucleares en territorio extranjero suponía un riesgo enorme. Por eso, optaron por realizar la transferencia de combustible en el aire, sin que el bombardero tocara la tierra.
Era una maniobra delicada. Un avión cisterna debía acercarse al B-52 y transferirle combustible a través de un brazo de repostaje mientras ambos volaban a gran altura y velocidad. Gracias a los acuerdos entre el régimen de Franco y Estados Unidos, España funcionaba como un punto clave de ese recorrido. En el viaje de ida, el avión cisterna despegaba de Zaragoza; en el regreso, lo hacía desde la base de Morón de la Frontera, en Sevilla. El reabastecimiento de vuelta solía realizarse junto a la costa de Almería, sobre Palomares. Por eso los vecinos del pueblo estaban acostumbrados a ver, todas las mañanas, a los dos aviones volando demasiado cerca.
El accidenteSin embargo, el 17 de enero de 1966 ocurrió lo peor. La maniobra de reabastecimiento se realizaba a unos 33.000 pies de altura y, como tantas otras veces, el B-52 se aproximó al avión cisterna KC-135 para recibir combustible. Pero algo no salió como estaba previsto. Larry Messinger, piloto del bombardero, notó que la aproximación iba algo más rápido de lo normal. Como desde el cisterna no le advirtieron ninguna anomalía, la operación continuó.
En cuestión de segundos, el B-52 chocó contra el cisterna y provocó una explosión en el aire. El KC-135 quedó destruido. Y el B-52 se partió sobre el cielo de Almería. Los restos comenzaron a caer sobre Palomares y sus alrededores. Junto a pedazos de las aeronaves, cayeron las cuatro bombas de hidrógeno.
Para los vecinos, la explosión terminó con la calma del pueblo y para los gobiernos de Estados Unidos y España, fue el inicio de un problema con consecuencias militares, diplomáticas y ambientales difíciles de ocultar.
Las cuatro bombas nuclearesEn los primeros minutos hubo desconcierto. Los vecinos salieron de sus casas y corrieron hacia los lugares donde habían caído los paracaídas para ayudar a los tripulantes. A simple vista, parecía un accidente aéreo. Había restos de los aviones, humo y fuego. Sin embargo, el peligro más grave no se veía.
El B-52 llevaba cuatro bombas de hidrógeno. Ninguna detonó como arma nuclear, y esa fue la diferencia entre una tragedia y una catástrofe. Pero el accidente activó de inmediato todas las alarmas. El presidente norteamericano Lyndon B. Johnson fue informado y una hora y media después se puso en marcha el protocolo “Broken Arrow” (flecha rota), el nombre en clave que Estados Unidos utilizaba para los accidentes relacionados con armas nucleares.
De las cuatro bombas, tres impactaron en tierra, en los alrededores de Palomares. La cuarta desapareció en el mar. Desde 1945, el mundo no veía caer bombas nucleares sobre una población. Y aunque en este caso no hubo explosión atómica, el riesgo era enorme: cada una de esas bombas tenía una potencia explosiva 70 veces superior a la de Hiroshima.
Las tres bombas que cayeron en tierra las encontraron rápido, aunque advirtieron que dos de ellas sufrieron la explosión de sus cargas convencionales. Es decir, no hubo hongo nuclear ni una ciudad arrasada, pero el plutonio se esparció sobre el suelo, los cultivos. En los cráteres donde estalló el explosivo convencional, los equipos detectaron contaminación radioactiva.
Enseguida militares estadounidenses y autoridades españolas comenzaron a acordonar zonas, recoger restos y buscar las bombas. Para los vecinos, la información llegaba de manera confusa. Muchos no sabían qué había caído realmente sobre sus tierras. Otros empezaron a sospecharlo cuando vieron la llegada de técnicos, soldados, equipos de medición y órdenes cada vez más estrictas.
A Estados Unidos le preocupaba que la tecnología secreta de sus bombas quedara expuesta o cayera en manos soviéticas. Por eso, mientras en tierra se medía la contaminación y se retiraban restos, en el mar comenzaba otra búsqueda urgente: encontrar la cuarta bomba antes de que alguien más lo hiciera.
Palomares, que hasta esa mañana había sido una localidad casi anónima, se convirtió de golpe en el centro de una crisis nuclear.
“Paco, el de la bomba”En medio caos inicial hubo un dato que confundió a todos. Los pescadores de la zona habían visto caer varios paracaídas al mar. Como solo había cuatro tripulantes sobrevivientes y ya se habían recuperado los cuerpos, en Palomares algunos pensaron que todavía podía faltar un hombre. Incluso, prepararon ataúdes para más víctimas que las que realmente hubo, sin saber que uno de esos paracaídas no sostenía a un piloto, sino a la cuarta bomba de hidrógeno.
Mientras en tierra comenzaban las mediciones y la limpieza, en el Mediterráneo se abrió otra búsqueda. La Armada de Estados Unidos desplegó barcos, buzos, helicópteros y equipos submarinos para encontrar la bomba. La operación fue enorme y urgente: no se trataba de recuperar una pieza más del avión, sino un arma termonuclear que había caído en el mar.
Entre todos los testimonios apareció uno que fue decisivo: Francisco Simó Orts, un pescador de la zona, dijo haber visto caer un paracaídas en el agua. Mediante la triangulación de referencias en tierra, una técnica habitual de los pescadores experimentados, Simó indicó la ubicación exacta donde estaría el paracaídas que vio caer. Pero se lo subestimó y su versión no recibió la atención que merecía. Frente al despliegue de tecnología, mapas y cálculos militares, la palabra de un pescador parecía demasiado simple.
Mientras tanto, pasaban los días, semanas y meses y la bomba seguía sin aparecer. Finalmente, la búsqueda se orientó hacia la zona indicada por Simó. Allí, a cientos de metros de profundidad, los equipos submarinos encontraron señales en el fondo marino. La bomba estaba envuelta en su paracaídas y había quedado en una posición peligrosa, cerca de una pendiente submarina. Si se deslizaba hacia aguas más profundas, recuperarla podía volverse casi imposible.
El rescate fue muy complicado. En un primer intento, cuando el artefacto estaba cerca de la superficie, el cable se rompió y la bomba volvió a hundirse. La tensión escaló: después de semanas de rastreo, el arma perdida volvía a desaparecer bajo el agua. Entonces cambiaron de plan: con mucho cuidado, los equipos arrastraron la bomba a una zona menos profunda y, finalmente, el 7 de abril de 1966 lograron subirla a bordo del USS Petrel. La bomba estaba intacta y no se detectaron fugas radiactivas en el agua.
La imagen de la bomba rescatada del fondo del Mediterráneo, fue una de las fotos más recordadas del incidente de Palomares. Por otra parte, Francisco Simó, el pescador que indicó su ubicación exacta, pasó a ser conocido “Paco el de la bomba”, y aunque reclamó una compensación por el hallazgo, no recibió ninguna.
El baño que quiso borrar el miedoMientras la cuarta bomba seguía perdida en el mar, el accidente ya había dejado algo más difícil de recuperar: la confianza. Dos de las bombas habían dispersado plutonio sobre los campos de Palomares y nadie sabía con certeza qué consecuencias podía tener. Para los vecinos, las preguntas eran muchas y las respuestas, pocas. No estaba claro qué había caído realmente sobre sus tierras ni hasta dónde llegaba el riesgo.
El régimen de Franco y el gobierno de Estados Unidos necesitaban mostrar que la situación estaba bajo control. Había que calmar a la población, cuidar la imagen de España (que buscaba impulsar el turismo) y evitar que el accidente se convirtiera en una crisis política mayor. Entonces apareció una idea simple y fotogénica: si el miedo estaba en el mar, había que meterse al mar.
Manuel Fraga, ministro de Información y Turismo del franquismo, se bañó junto al embajador estadounidense Angier Biddle Duke. La escena fue difundida como una prueba de tranquilidad. El mensaje era fácil de entender: si un ministro y un embajador nadaban allí, no había nada que temer.
La imagen era una puesta en escena. Dos funcionarios en traje de baño intentaban convencer al mundo de que una emergencia nuclear podía resolverse con una zambullida. Pero el gesto, por más eficaz que fuera para las cámaras, no alcanzaba para borrar lo ocurrido. El mar podía verse limpio, pero en tierra había zonas contaminadas.
La limpiezaCuando se confirmó que dos de las bombas habían dispersado plutonio, Estados Unidos y el régimen de Franco tuvieron que ponerse de acuerdo sobre cómo limpiar la zona. No fue una discusión sencilla. España quería descontaminar un área amplia, porque el viento había llevado partículas radiactivas más allá de los puntos de impacto. Estados Unidos, en cambio, buscaba limitar la limpieza a las zonas más afectadas: cuanto más suelo hubiera que retirar, más costoso sería trasladarlo fuera del país.
Mientras esas decisiones se tomaban, los vecinos siguieron viviendo en el lugar casi sin información. Durante una semana entera estuvieron expuestos sin protección, antes de que llegaran los equipos médicos y comenzaran los controles. Para muchos, la gravedad de lo ocurrido se entendió tarde, cuando el pueblo ya estaba lleno de soldados, técnicos, aparatos de medición y órdenes difíciles de interpretar.
Al final, la solución fue parcial. Se recogió tierra, vegetación y restos contaminados, y durante semanas los soldados trabajaron con métodos rudimentarios: pico, pala, barriles y camiones. Miles de barriles con material radiactivo fueron enviados en barco a Estados Unidos. Sin embargo, en los años 80, a raíz de nuevas obras y excavaciones en la zona, aparecieron restos del accidente y barriles con tierra contaminada que debía haber sido retirada, lo que alimentó la sospecha de que no todo el material afectado había salido de Palomares.
Además, durante años los habitantes de Palomares fueron sometidos a controles médicos, pero muchas veces no recibieron explicaciones claras ni los resultados completos. Tampoco hubo siempre prohibiciones directas en las zonas afectadas: a veces solo recomendaciones, lo que dejaba a los agricultores en una situación ambigua y difícil.
Décadas después, Palomares siguió esperando una solución definitiva. En 2015, España y Estados Unidos firmaron una declaración para avanzar en la limpieza total, pero sin una fecha concreta. La promesa quedó abierta, como el problema que todavía permanece bajo la tierra.
En 2017, Ecologistas en Acción llevó el caso ante la Audiencia Nacional. La organización reclamaba que se limpiaran de una vez las tierras contaminadas y que se desclasificara el plan oficial sobre Palomares, un documento clave para conocer el alcance real del problema. En 2020, el Gobierno español aprobó la desclasificación del Plan de Rehabilitación de Palomares, pero el documento no fue difundido como una publicación abierta sino que se incorporó a un procedimiento judicial con carácter confidencial.
Según National Geographic, se estima que alrededor del 15% del plutonio liberado (unos tres kilos, en forma de óxidos y nitratos) "quedó pulverizado y esparcido, por lo que fue totalmente irrecuperable. Actualmente, Palomares aún sigue siendo la localidad más radiactiva de España".