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Julia Calvo: su terrorífico papel en Misery, su confianza ciega en Cris Morena y el deseo de actuar en España

La entrevista a Julia Calvo transcurre en el bar del lujoso hotel que está justo enfrente del teatro Metropolitan. Faltan apenas tres horas para que se levante el telón de Misery, obra que protag...

La entrevista a Julia Calvo transcurre en el bar del lujoso hotel que está justo enfrente del teatro Metropolitan. Faltan apenas tres horas para que se levante el telón de Misery, obra que protagoniza junto a Juan Gil Navarro bajo la dirección de Manuel González Gil, pero ella parece ajena a la inminencia de la función. Llega relajada, con la naturalidad de quien conoce ese ritual de memoria. Lleva una de sus características remeras de rock, esta vez, de Sumo. Pide un té y comienza la charla. El personaje de Annie Wilkes comienza a asomar, aunque nunca termina de apoderarse de ella.

El encuentro es distendido, ameno. Sin embargo, responde con la intensidad de quien no concibe el oficio sin comprometer el cuerpo. Acompaña sus palabras con gestos actorales, profundiza pausas y deja que el volumen de su voz suba o se regule según la zona de corrección o incorrección de la respuesta.

A sus 65 años, Calvo conserva una confianza interpretativa que no tiene que ver con la certeza, sino con la experiencia de haber atravesado todos los registros de la actuación. De las ficciones de Cris Morena y aquella televisión que fabricaba personajes, al teatro de Piaf y Manzi, o MasterChef, donde sus antagonistas eran condimentos de los que desconocía su existencia. Mucho oficio en sus conceptos, pero cuando habla del futuro, vuelve a mirar hacia adelante con la curiosidad intacta de aquella niña que, en la cocina de su casa, jugaba a ser Janis Joplin con los azulejos como público.

-¿Cómo surgió la propuesta de Misery?

-Yo estaba cocinando, mientras grababa MasterChef, cuando me llamaron para ofrecerme Misery. Me quedé pensando. Lo primero que hice fue contárselo a Walas, que estaba al lado mío en el estudio. Y me respondió inmediatamente: “Es perfecto para vos”. Yo no había visto la película ni había leído el libro. Mi referencia era el afiche de la puesta que se había hecho en Buenos Aires con Rodolfo Bebán y Alicia Bruzzo. Entonces pensé que debía ser algo importante. Y mirá cómo nos escuchan desde el celular, que después empezaron a llegarme imágenes de la película. Le pregunté al director si convenía verla y me dijo que no, que prefería que no modificara mi intuición al leer el texto.

-¿No ver la película te permitió acercarte a Annie Wilkes sin quedar condicionada por la interpretación de Kathy Bates?

-Sí, y creo que es lo que valoran todos. Mi Annie parte de la lectura de la obra y de mis propias impresiones, pero también estuvo muy orientada por Juan (Gil Navarro) y por Manuel (González Gil). A medida que avanzábamos aparecían distintas caras del personaje. Manuel incluso me decía: “No me imaginaba esta cara de Annie, pero probemos”. Y eso era muy estimulante. Yo no quería defenderla ni juzgarla. Lo que encontré fue una mujer con un problema enorme de abandono social, familiar y cultural, más allá de su enfermedad mental.

-¿Qué fue lo que más te interpeló de Annie durante los ensayos?

-La soledad que puede existir detrás de ciertas enfermedades y la necesidad de inventarse un universo para no quedar completamente afuera de la sociedad. También pensé en cómo cambió la relación entre los admiradores y sus ídolos en la actualidad. Cuando yo era chica y admiraba a Robert Redford, lo más cerca que podía estar de él era mirando fotografías. Podía sentir orgullo por su carrera, por su familia, pero había una distancia enorme. Hoy las redes hicieron desaparecer esa distancia.

-En la obra pasás de la comicidad al terror y del llanto a la risa en segundos.

-Es algo que me encanta hacer. No sé exactamente de dónde viene, pero me gusta mucho el cambio de ritmo. Me fascina que una misma escena comience en comedia y termine en llanto, o viceversa. Algunos colegas me preguntan cómo paso de una cosa a otra y justamente eso me provoca una especie de abismo muy placentero. En Misery, además, los personajes se van construyendo con ese intercambio.

-En televisión tenés una trayectoria importante con Cris Morena, capitana del buque insignia de tiras infantojuveniles.

- Si Cris me llama es un sí, y después escucho la propuesta. Muchos años de trabajo juntas, sabiendo la calidad humana y profesional que tiene. Para Margarita me llamó un año antes de comenzar a grabar. Yo estaba empezando la segunda etapa de Piaf y le contesté que no importaba cuándo fuera, que lo hacía. Después volvió a llamarme y me contó que posiblemente grabaríamos en Montevideo y que eso implicaba unos cinco meses viviendo allá. Le dije que sí de cabeza. Confío mucho en ella. Y tiene la humildad de consultarme, incluso me dice: “¿Me cuidás a los chicos?”. Y sé que no lo dice solamente porque tenga experiencia, sino porque sabe que me sale naturalmente estar cerca de ellos.

-Trabajaste con Lali Espósito, China Suárez y Agustín Sierra, entre muchos otros. ¿Eras un faro para ellos?

-No sé. Sospecho que no. Tampoco me gusta dar consejos ni hacerme la maestra siruela. Quizás puedo servir de ejemplo por tantos años de trayectoria, pero me gusta que lo vean solos, no que yo les diga. Y si veo que a alguno le cae una ficha, sí me gusta señalárselo y explicarle por qué. No creo en empujar a alguien para convertirlo en lo que uno imagina que debería ser. Nunca fui de apostar a uno u otro, pero sí me pasó con muchos que fueron encontrando su camino y entendí el porqué de su éxito. Peter Lanzani me genera muchísimo orgullo. Lo conocí cuando todavía se preguntaba por qué no le daban una canción o le sacaban escenas. Lo mismo con Lali. Me siento un poco la tía de ellos.

-¿Qué aprendés de las nuevas generaciones?

-Aprendo muchísimo de sus modos, ideas y proyectos. Del modo de hablar, definitivamente no. Siendo hija de una profesora de Lengua, tengo cosas que no negocio. A veces me dicen que soy retrógrada y yo digo: “Bueno, sí, discúlpenme”. Me divierten los lenguajes nuevos, pero no puedo subirme a todos esos caballos. El “lore”, “farmear aura”, “descansar”. ¿Qué es todo eso? Lo que me gusta de los jóvenes es que me hacen a volver a los colores primarios. Yo vivo en quinta velocidad y ellos me obligan a bajar a segunda. Entonces, vuelvo a mirar las cosas desde otro lugar.

-Entre Piaf y Margarita, apareció MasterChef. ¿Qué te llevó a aceptar un reality de cocina?

-Cuando me llamaron les dije: “pero yo no cocino”. Y me contestaron: “No queremos a Maru Botana, te llamamos para que seas vos”. Hablé con mis representantes y decidimos hacerlo. Yo conocía el programa porque había visto otras ediciones, pero no imaginaba lo que implicaba estar ahí. Terminé descubriendo un mundo que no conocía y aprendí muchísimo. Hoy abro la heladera y, con lo que hay, pienso qué puedo inventar. También descubrí ingredientes que empecé a usar, como la salvia y el comino. Lo que no esperaba era que las remeras que llevaba, de bandas como Queen o Los Beatles, también se convirtieran en parte de la experiencia. La gente preguntaba de dónde eran y yo aprovechaba para pasarles el contacto del emprendimiento que las hacía.

-¿Cómo fue atravesar un formato tan exigente e inédito para tu experiencia?

-Estuve casi cuatro meses y te reconozco que más de una vez pensé en renunciar, pero no por el cansancio. Para mí grabar 10 o 12 horas no es algo extraño porque vengo de la televisión diaria donde se grababa durante 14 horas. Lo difícil era el formato y la presión de tener que resolver algo que no dominaba. En el resultado final siento que no rendí como podría haberlo hecho, pero la experiencia me encantó y me sirvió. Tampoco me volví una eximia cocinera. Mis amigos me piden que les cocine algo diferente y les digo que no.

-MasterChef es una referencia gigante. Pese a trabajar con Elena Roger en Piaf y con Facundo Arana en Padre Coraje, ahora sos “la que cocinaba”.

-Tal cual y me da mucha gracia. El otro día leí “La ex-MasterChef estrenó...”. Y pensé: “¿Cómo ex-MasterChef?”. Pero es así. Hubo un público inmenso que me descubrió detrás de una cocina y por ello empecé a sentir una popularidad diferente. Hay gente que me para por la calle y me cuenta que lloró cuando me fui, que le gustaba lo que cocinaba o que mis platos le hacían acordar a su madre o abuela. Entonces entendí que, aunque haya salido novena, algo de ese paso quedó en la gente.

-Fuiste pilar de esa televisión de los 2000 y ahora trabajás para plataformas. ¿Qué sentís que cambio?

-Casi todo. Deseo muchísimo que vuelva la ficción a la televisión argentina. Antes había una producción enorme, se trabajaba durante meses y los personajes se iban probando incluso sobre la marcha. Cuando hice Padre Coraje, La Leona o Argentina, tierra de amor y venganza, teníamos una idea muy clara del arco del personaje. En las producciones de Cris, además, había una reunión donde te contaban cómo iba a ser la historia durante todo el año. Hoy las plataformas cambiaron esa dinámica. Se filma y después se lanza, pero el público extraña la ficción. Lo escucho permanentemente de actores, técnicos y gente que trabaja en televisión. Eran muchas horas, se ganaba menos dinero, pero había un placer creativo enorme.

-¿Creés que esa ficción puede regresar o es una época que ya pasó?

-Creo que va a volver porque esto es pendular. No es la primera vez que sucede. Hubo épocas en que parecía que todo eran talk shows y programas de panelistas, y después volvió la ficción. Ahora tenemos muchos realities y seguramente vuelva a cambiar. Yo creo que va a regresar por una cuestión natural, por una necesidad y porque da fruto. Y, sobre todo, porque el público la agradece. Eso se ve también en el teatro, donde seguimos teniendo mucha afluencia de gente. “Somos actores, queremos actuar” y “aguante la ficción, carajo”. Hay algo de todo eso que siempre vuelve.

-¿A tus 65 años cómo vivís esta nueva popularidad?

-Me sigo conmoviendo. No termino de asumir la idea de ser una figura o un referente. Es algo que soñé desde chica, pero me cuesta asumirlo. Lo disfruto. En la calle, por suerte, nunca me dijeron algo feo. Y eso contrasta bastante con las redes. A veces alguien me escribe algo horrible y puedo quedarme sin hablar durante dos horas. Cuando cocinaba aparecían comentarios como “andá a hacer lo que sabés hacer” o “no tenés ni idea”. La gente en las redes es muy hiriente y en persona es todo lo contrario.

-Para los actores de otra generación, las redes sociales son el talón de Aquiles.

-Soy un soquete. Hay cosas que no logro manejar. Me gusta poner corazones y responder cuando puedo, pero también me pasa que alguien me dice algo maravilloso y, de repente, aparece un comentario horrible y me quedo mal. A veces me piden videos de cumpleaños y, si no estoy presentable, que es casi todo el tiempo que estoy en mi casa, mando un audio. También aparecen propuestas extrañas y ahí soy bastante cautelosa porque me dan miedo las estafas. Además el teléfono nos escucha. Me pasó con Misery y ahora que se ve que le comenté a algún amigo que en octubre termina mi contrato de alquiler, me llegan ofertas de departamentos. El celular es una intimidad nueva, divertida pero rara.

-Después de más de cuatro décadas de carrera, ¿qué te queda por hacer?

-Para mí el premio es trabajar de mi profesión, que es mi vocación. Antes de que apareciera Manzi, la vida en Orsai yo decía que quería cantar, y finalmente apareció esa obra, que fue una hermosura y además la hice con mi mejor amigo Jorge Suárez. Me encantaría interpretar algo sobre Janis Joplin, como aquella película La rosa, porque de chica yo jugaba en la cocina a que era Janis y todos los azulejos eran el público. Algún homenaje a la Negra Sosa. Quisiera tener la experiencia de trabajar en España. Queda mucho por hacer. Ahora tal vez vuelva a Ellas son tango. Género musical que amo, sobre todo si interpreto a Nelly Omar.

Para agendar

Misery. Funciones: de jueves a sábados, a las 21.30, y domingos, a las 16.30. Teatro Metropolitan, Av. Corrientes 1343

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/teatro/julia-calvo-su-terrorifico-papel-en-misery-su-confianza-ciega-en-cris-morena-y-el-deseo-de-trabajar-nid05092026/

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