La importancia de un “frontman” imperfecto
Esta semana, más precisamente el martes 11 de agosto, Gustavo Cerati hubiera cumplido 67 años. Y por esas casualidades de la vida (o no), el lunes 10 fui al ...
Esta semana, más precisamente el martes 11 de agosto, Gustavo Cerati hubiera cumplido 67 años. Y por esas casualidades de la vida (o no), el lunes 10 fui al show de Soda Stereo en el Movistar Arena con su formación actualizadamente original.
Antes de seguir, nobleza obliga hacer un par de aclaraciones (si es que a alguien le importa leer una opinión más de las mil doscientas que hay por segundo): no soy una persona melancólica. Mañana es mejor, siempre. Y no soy una fanática empedernida de Soda.
Entonces, la pregunta es: “¿Para qué fuiste a ese recital?”. Primero, era lunes, quién tiene grandes planes un lunes. Segundo, siempre que esté la posibilidad de ver música en vivo, estoy. Tercero, vengo teniendo días en los que la vida pesa un poco más que de costumbre y como todos, ando en la búsqueda constante de cualquier excusa para festejar un poco. Y cuarto y más importante: fui gratis.
Volviendo, el recital está buenísimo. Tiene una puesta de luces y visuales bárbaras, músicos y sonido increíbles. Gente muy profesional por todas partes. Y él está bien.
Canta afinado, no se equivoca ninguna letra ni acorde. Está prolijo, de traje y sin una gota de sudor. Está bien. Perfecto.
Y ese es el tema. He visto otros recitales donde también hay un holograma reemplazando a una persona que ya no está en este plano. Pero en esos recitales, más allá del truco, siempre hay uno o varios integrantes de la banda que toman el rol del frontman/woman.
Y ahí te das cuenta de la importancia de tal.
Porque aparece ese personaje que salta, transpira, se agita, pide palmas, llora, se equivoca y se ríe, mira al público a los ojos porque los hace parte, los chicanea y les tira besos, baila de manera exorcizante, como el cuerpo se lo exige, y hace muecas irrepetibles e inexorables.
Ese alguien capaz de cambiar la letra y hacer una versión más sucia, más rota y tanto mejor que la grabada, que luego se ve obligado a subir esa versión a plataformas o discos porque la gente quiere seguir escuchando la canción pasada por el alma. Y que no hace uno ni dos, sino tres temas más, porque la gente no lo deja ir. Y él tampoco quiere hacerlo.
Ojo, con esto no quiere decir que la pasé mal. Es un recital que, como experiencia audiovisual, es espectacular. Tenés visuales constantes, luces saliendo de todos lados, lentes 3D, músicos que siguen tocando igual o mejor que cuando eran jóvenes, y una gente que los sigue y se divierte.
Y la maquinaria de la IA seguirá creciendo, y es un poco terco y sinsentido querer frenarla y/o negarla. No podemos; tampoco es mi intención.
Pero, y acá sí puede que peque de melanco: la tecnología puede lograr cosas imposibles, sí. Pero por mejor hecho que esté el holograma y aunque la voz sea exactamente igual a la de quienes desean invocar, hay algo imposible de reemplazar: la experiencia de ver en vivo a un corazón que respira sangre.
(Por suerte).