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La infinita paciencia de los pescadores

El vasco tenía rutinas de hierro. No eran las 6 de la mañana cuando mi padre estaba subiendo al muelle para entregarse a su pasión. Todos los días cuando estaba de vacaciones, después de un a?...

El vasco tenía rutinas de hierro. No eran las 6 de la mañana cuando mi padre estaba subiendo al muelle para entregarse a su pasión. Todos los días cuando estaba de vacaciones, después de un año duro de trabajo. Tendría ocho o diez años cuando empecé a acompañarlo, un poco obligado, porque no entendía muy bien cómo no se aburría en las varias horas que pasaba “colando agua” en su mediomundo sin que ninguna presa apareciera cuando levantaba la red.

Empecé a entenderlo cada vez que la red venía cargada. Mucho más cuando me enseñó las artes de pescar con línea. No usábamos caña y solo algunas veces revoleábamos la plomada para llegar más lejos. Su truco era dejar caer la línea recto y bien pegada a los pilotes del muelle, en la punta más profunda, hasta que el plomo tocara fondo. Me enseñó, con una mezcla de picardía y amor, que esas “piedras” negras que asomaban del cemento eran, en realidad, colonias de mejillones. “Es lo que más les gusta a las corvinas”, me confió su secreto.

Ahí también podían pasar varias horas sin que ninguna presa potencial se interesara por nuestra carnada, y a veces hasta regresábamos a casa con el balde vacío. Eso sí, los días que había “pique” eran una fiesta inolvidable. “Ya ves, hijo, en esto hay que tener paciencia”, me aleccionó.

El viernes 24 de mayo hubiera sido su cumpleaños, y casi siempre lo recuerdo con sus anécdotas de pescador. Una actividad que tiene sus secretos, sus reglas no escritas y, sobre todo, además de la paciencia, mucho de experiencia práctica, de observación. “Mi viejo me lo decía siempre: cuando está saliendo el sol, la línea tiene que estar en el agua”, me cuenta mi amigo Daniel, un hombre que practica la pesca de mar desde la playa de Claromecó, o allí donde se pueda. La explicación “científica”, si cabe, se encuentra en internet y dice que la iluminación tenue y la temperatura del agua más templada propician la mayor actividad de caza y comida de los peces, al tiempo que se hace más difícil para ellos detectar líneas gruesas o anzuelos.

La visibilidad es un punto importante. Mi padre (obviamente, para mí estaba entre los expertos) siempre marcaba la oportunidad de las aguas turbias o días nublados para aprovechar la confusión bajo la superficie. Y el agua clara, los días de viento sur, para atrapar al pejerrey.

La pesca de río tiene sus propias particularidades. “Al dorado le gusta quedarse donde hay piedras acumuladas, como tomando un descanso de su lucha contra la corriente. E igual que todos, va donde se junta la comida, por ejemplo, debajo de los juncos donde están las mojarritas”. Mi amigo Hernán suele recorrer el Paraná y sus brazos más de un fin de semana y sabe de lo que habla. Por eso aclara: “También puede ser que, hagas lo que hagas, tengas un día de porquería”.

Conocimientos, mucha experiencia y, sobre todo, mucha paciencia. Puede decirse, sin temor a equivocarnos, que son las reglas de un buen pescador. Alguien que tira su línea donde cree que tendrá buenos resultados, o que ante el fracaso, y siguiendo su olfato, tira en otro sitio.

Ustedes me dirán “volvé a escribir de economía, Luis”, pero mi larga experiencia como paciente (y la de algunos seres queridos) me llevan desde hace un tiempo a pensar en esa imagen para los buenos terapeutas. Imaginen la escena: de mínima, alguien llega al consultorio buscando respuestas para enfrentar una situación particular, un cambio de carrera o de trabajo, la última discusión con su pareja, pero también hay casos donde el planteo es más profundo o radical, cuando a uno lo asaltan un cúmulo de interrogantes sobre cómo seguir con su vida. Ni hablar cuando lo que asoma, aunque no podamos ponerle nombre, es una depresión o un estado de ansiedad.

Reemplacen “tirar la línea” por hacer preguntas, buenas preguntas buscando el nudo del conflicto. Y esperar la respuesta, siempre observando al paciente, sus reacciones, sus respuestas. Muchas veces uno responde “no, no creo que vaya por ahí”. Y a los pocos minutos surge que sí, era por ahí. O bien, había que hacer otra pregunta, a ver si “había pesca” en ese otro rincón del alma. Porque en definitiva, el alma es eso que no se ve, como abajo del agua. Y cuando esa persona, que a lo mejor no podía hablar ni siquiera expresarse al principio, empieza a hacerlo, entonces empieza al menos a vislumbrarse la felicidad.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/la-infinita-paciencia-de-los-pescadores-nid02062026/

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