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La redefinición del saber

En los años 60 del siglo XX, Fritz Machlup por un lado y Peter Druker por el otro comenzaron a hablar de la “economía del conocimiento”, explicando que las transformaciones que experimentaba ...

En los años 60 del siglo XX, Fritz Machlup por un lado y Peter Druker por el otro comenzaron a hablar de la “economía del conocimiento”, explicando que las transformaciones que experimentaba el mundo estaban haciendo que el saber aplicado generara más valor que el trabajo manual o los recursos físicos. Pues este fenómeno ha ido acelerándose y en 2026 la revolución tecnológica planetaria (que, como dice T. Friedman, no se refiere a lo que ahora pueden hacer las máquinas, sino a lo que ahora pueden hacer las personas) ha acrecentado la relevancia del conocimiento como generador de valor (ese conocimiento, organizado, se conoce como “capital intelectual”).

El conocimiento no es igual que la información, porque la información es un dato exógeno –aunque lo incorporemos para nuestra actividad–, mientras el conocimiento es algo endógeno –en la medida en que hemos usado la información para producir acción por nosotros mismos–. Hoy, en cada producto hay crecientes porciones de valor basadas en la construcción cognitiva aplicada (y decrecientes porciones referidas a la mera manufacturación). Un reciente estudio de Brand Finance da cuenta de que, en las mayores economías del mundo, el capital intangible (eso es: lo que contribuye a la producción pero no es físico) alcanzó un récord de 97,6 billones de dólares. Algo notable: los activos intangibles superan en valor a todos los activos físicos (según este estudio).

Bill Schmarzo (experto estadounidense en big data) toma la idea de que “los datos son el nuevo petróleo”, aunque profundiza que esta idea debe ser corregida porque los datos hoy son aún más relevantes que lo que fue o es el petróleo dado que -a diferencia de un recurso natural- el saber es inagotable, se aprecia con su propio uso y permite una utilización múltiple y rápidas economías de escala. El nuevo conocimiento avanza como principal medio de creación de valor. Y eso lleva a cambiar modelos de organizaciones, políticas públicas, acciones de las personas en sus vidas privadas (como consumidores, ciudadanos o trabajadores) y procesos económicos.

Esto último es crítico para nosotros: la Argentina se encuentra hoy ante una transformación que tiene tres fuentes: el agotamiento de una economía cerrada y estatizada que no permitía ya evolucionar (la fuerza de los hechos), las nuevas políticas gubernamentales para la instauración de una economía de mercado con creciente apertura (el plan político) y el impacto de la revolución tecnológica planetaria (el escenario externo). Y todo ello, de modo integrado y sistémico, afecta nuestros diversos roles como actores en la comunidad.

El mundo había pasado de la economía industrial a la postindustrial y luego al advenimiento de la “sociedad de la información

Este proceso global es dinámico y continuo. Ya en los últimos grandes cambios el mundo había pasado de la economía industrial a la postindustrial y luego al advenimiento de la “sociedad de la información”. Y, entonces, ingresamos en la economía del conocimiento. Pero esto no termina ahí: ahora, algunos expertos como Lincoln Antoine y –especialmente– el director de Oportunidades Económicas de LinkedIn, Aneesh Raman, sostienen que estamos dando un paso más, yendo desde la economía del conocimiento hacia la “economía de la innovación”. Sostienen que el acceso masivo a la inteligencia artificial generativa lleva a un nuevo estadio: ya no es lo más relevante “saber cosas”, sino que lo más necesario (y, a la vez, lo más escaso) es la habilidad de aplicar críticamente ese conocimiento especialmente para desarrollar capacidad de juicio y luego generar creatividad, invención e innovación. Es el mundo de la inteligencia artificial, el trabajo con sistemas complejos y la abundancia de datos.

Lo explicado se refiere entonces a un hecho demasiado relevante: necesitamos saber, pero, hoy, ¿qué es saber? Nunca hemos tenido más información, y nunca hemos temido tanto la ignorancia. Dice Raman que la experiencia técnica y hasta las habilidades intelectuales ya no son suficientes para el éxito individual o social. Se necesita más. Porque dependiendo del acceso al saber de hoy se definen las capacidades de actuar como ciudadanos, consumidores, trabajadores o agentes sociales. ¿Qué es saber? El mundo asiste a una crisis por esto. Porque, en este nuevo proceso, nuestro mayor o menor éxito relativo se mide por la capacidad de ampararnos en el nuevo conocimiento para desarrollar capacidad innovativa.

Para la Argentina, lo referido es un mandato. El Global Innovation Index de la Organización Mundial de Propiedad Intelectual (IMPI) compara 139 países (evaluando niveles de capital humano, investigación, infraestructura relativa, sofisticación, instituciones, conocimiento, tecnología, creatividad) y considera como los más avanzados a Suiza, Suecia y Estados Unidos. Y la Argentina aparece, en ese ranking, en el puesto 77 (detrás de Chile, Brasil, México y Uruguay). Y muchos somos los que debemos reaccionar. Instituciones educativas, empresas, sindicatos, cámaras empresariales, las ONG, los gobiernos (incluidos los provinciales), los influyentes sociales, etc.

La evolución argentina no dependerá solo de la tasa de formación bruta de capital físico, la estabilización macroeconómica o el desarrollo financiero. Se necesita desarrollar el nuevo saber. Ese que hoy se refiere a la capacidad de sintetizar y conectar, al conocimiento adaptativo, a la evaluación creadora, a la repentización y la aceleración, a la orquestación hombre/tecnología. Saber ya no es procesar información, sino que, ahora, es desarrollar el sentido crítico para encontrar nuevas respuestas.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-redefinicion-del-saber-nid26082026/

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