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La trampa de la realidad paralela: el peligro de una universidad sin estadísticas confiables

Previo a la estandarización de un sistema de pesas y medidas, la ausencia de un patrón único de medición generaba una gran confusión. Unidades como la vara o el pie, derivadas de referencias c...

Previo a la estandarización de un sistema de pesas y medidas, la ausencia de un patrón único de medición generaba una gran confusión. Unidades como la vara o el pie, derivadas de referencias corporales, carecían de una definición uniforme, lo que obstaculizaba el comercio y limitaba el desarrollo económico. En el contexto de la Revolución Francesa, la Academia de Ciencias de París impulsó la creación del sistema métrico decimal. Esta estandarización eliminó gran parte de las inconsistencias existentes e hizo posibles niveles de precisión que impulsaron avances científicos, confirmando una idea frecuentemente asociada a Lord Kelvin: aquello que no puede medirse difícilmente puede mejorarse.

Un ejemplo del potencial de los datos para orientar intervenciones efectivas tuvo lugar durante la Guerra de Crimea. Mediante el uso de la estadística, Florence Nightingale demostró que gran parte de la mortalidad entre los soldados obedecía a infecciones prevenibles vinculadas a la falta de higiene. La evidencia generada permitió impulsar reformas sanitarias que redujeron la mortalidad en los hospitales de campaña del 40% al 2%.

Frente a estos hitos que evidencian el valor social de la estadística, la experiencia argentina exhibe el desprecio por la medición rigurosa. En 2007, la intervención del Indec sufrió una manipulación metodológica que artificialmente redujo el índice de inflación con el objeto de, entre otras cosas, subestimar los niveles de pobreza. En marzo de 2015, el por entonces ministro Kicillof argumentó que medir la pobreza constituía un ejercicio estigmatizante, prefiriendo suspender su difusión bajo el pretexto de no “estigmatizar” a los sectores vulnerables. Esta postura tuvo su correlato con quien fuera ministro de Economía, Hernán Lorenzino, quien pidió interrumpir una entrevista televisiva tras argumentar que era “muy difícil hablar de inflación”, reflejando la incapacidad de aceptar los datos de la realidad. A este historial se suma la administración del presidente Milei, que expuso su liviandad metodológica al validar tendencias de precios basándose en cuentas falsas de redes sociales -el caso del “Jumbo Bot”-.

Seamos conscientes que, sin métricas exactas, transparentes y universales, es imposible diagnosticar los problemas reales, corregir el rumbo y tomar decisiones que mejoren el sistema donde se forma y decide gran parte del futuro del país

Un ejemplo de esta suerte de manipulación numérica ocurre al evaluar el desempeño de las universidades. Al contrastar los registros nacionales con los datos exhibidos por el ranking QS de universidades, surgen contradicciones significativas. En el caso de la UBA, las estadísticas oficiales reportan 304.567 estudiantes de grado, pero QS contabiliza apenas 95.590. Esta diferencia se repite con los alumnos internacionales. Mientras que en el anuario oficial un 11,7% son extranjeros, QS exhibe 26,9%, hecho que le permite mejorar en el ranking dado que éste premia la diversidad del alumnado. Una situación medianamente similar ocurre con la Nacional de La Plata y un poco menos en la de Córdoba. En el resto de las rankeadas -Rosario, Cuyo, Centro, Litoral y UTN- las diferencias resultan bastante menos evidentes.

¿Cuál es, entonces, la realidad que debe guiarnos? ¿La estadística oficial que se informa a través del sistema SIU Araucano, donde cada universidad actúa como juez y parte al cargar sus propios datos, o las cifras proyectadas por el ranking, muchas veces proporcionadas por la propia universidad?

Surge aquí una profunda hipocresía institucional a merced de la conveniencia política y el marketing. Por un lado, si se sobrestima el número de alumnos en las estadísticas oficiales, se multiplica la cantidad de cátedras con el objeto de justificarlas. Por el otro, si se lo reduce exclusivamente para el ranking, se mejora artificialmente su posición en la carrera. Mientras tanto, los rankings suelen ser cuestionados en voz baja en los pasillos universitarios por su debilidad metodológica, pero ninguna institución los objeta oficialmente cuando el resultado la determina ganadora. Así, la verdad queda suspendida como una moneda en el aire, lo que imposibilita el diseño de políticas públicas eficaces.

Para transparentar esta situación y transformar la medición en una verdadera herramienta de planificación, se vuelve imperativo construir una matriz válida y confiable que aborde tres dimensiones fundamentales. En lo social e inclusión, resulta indispensable medir la tasa de graduación por quintil de ingreso, evaluando la proporción de estudiantes del primer quintil socioeconómico que se titulan en comparación con los ingresantes de ese mismo estrato, complementado con la tasa de retención temprana, y el impacto en la movilidad social intergeneracional.

Los rankings suelen ser cuestionados en voz baja en los pasillos universitarios por su debilidad metodológica, pero ninguna institución los objeta oficialmente cuando el resultado la determina ganadora

En lo económico y el mercado de trabajo, la política pública requiere conocer el tiempo de inserción laboral en meses entre la graduación y el primer empleo formal, la adecuación entre las competencias adquiridas y los requerimientos del puesto para identificar asimetrías, y el primer salario obtenido por carrera y región como forma de medir el valor agregado de la educación.

Finalmente, en lo educativo y eficiencia sistémica, es clave transparentar la relación de graduados por inscriptos activos, la duración real de las carreras frente a la teórica, el rendimiento académico promedio de materias aprobadas por año y el costo fiscal por egresado, evaluando al mismo tiempo la pertinencia de los planes de estudio frente al sector productivo y la capacidad de transferencia tecnológica. Seamos conscientes que, sin métricas exactas, transparentes y universales, es imposible diagnosticar los problemas reales, corregir el rumbo y tomar decisiones que mejoren verdaderamente el sistema donde se forma y decide gran parte del futuro del país.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-trampa-de-la-realidad-paralela-el-peligro-de-una-universidad-sin-estadisticas-confiables-nid04112026/

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