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Laura Ramos: “Ella podía ser considerada una heroína, pero también una asesina”

La niña argentina de ocho años y su hermano cursan la escuela primaria en el barrio Malvín, de Montevideo. Son los años sesenta y la madre de esos chiquilines, recién separada, ha decidido rei...

La niña argentina de ocho años y su hermano cursan la escuela primaria en el barrio Malvín, de Montevideo. Son los años sesenta y la madre de esos chiquilines, recién separada, ha decidido reinstalarse por un tiempo en la otra orilla del Río de la Plata y recuperar a sus viejos amigos. El padre de esos niños permanece en Buenos Aires “haciendo la revolución” y, cada tanto, cruza “el mar dulce” para reunirse con su familia y dejar los libros trotskistas que edita para su venta en la ciudad.

Algunos rituales se repiten con calma montevideana. Por las tardes, la niñera María Luisa retira de la escuela a esos chicos, Laura Ramos y su hermano Víctor. Los lleva a su casa, les prepara la merienda y los cuida hasta el anochecer, cuando vuelven con su mamá. Si es necesario, les arregla alguna prenda de vestir. Es que esa niñera española afincada en Montevideo, dispuesta y atenta, también era modista y cosía por encargo.

Hasta 2018, la periodista y escritora Laura Ramos, hija del escritor y político trotskista Jorge Abelardo Ramos -fundador de la corriente de pensamiento conocida como “izquierda nacional”- y Faby Carvallo, feminista de izquierda, ignorará la historia oculta detrás de una fachada, un alias, una misión. Ignorará, por ejemplo, que el verdadero nombre de la señora con la que pasaban sus tardes no era María Luisa, sino África de las Heras (1909-1988), y que la falsa niñera y modista era una espía de alto rango, uno de los más destacados y condecorados agentes de inteligencia de la Unión Soviética.

Ignorará que esa señora de “pelo entrecano, falda larga, blusa discreta”, infiltrada en los círculos trotkistas de Montevideo, había participado junto con Ramón Mercader en el asesinato en México de León Trotski, a quién consideraba un traidor de la revolución; que se tiró en paracaídas sobre las tropas nazis en Ucrania durante la Segunda Guerra Mundial; que conquistó en París al escritor uruguayo Felisberto Hernández con el único objetivo de obtener la ciudadanía oriental y que, una vez dentro del ambiente intelectual y político de Uruguay, estuvo al frente de la red de espionaje de la KGB en Sudamérica.

Fue su hermano Víctor, en un viaje a Montevideo, quien escuchó la frase que lo conmocionó y dio origen a esta investigación histórica de Laura: “La modista que los cuidaba a ustedes era una espía de élite”. Fue Víctor quien le acercó documentos, novelas y artículos periodísticos a su hermana y le insistió para que contara lo que la autora narra magistralmente en Mi niñera de la KGB (Lumen). Esta pesquisa la agarró de las solapas durante cinco años y no la soltó, reconoce Laura Ramos en diálogo con este diario. Viajó a África, Inglaterra, Cuba y Montevideo, recolectó testimonios y documentos y entrevistó a amigos de sus padres y a los “niños de María Luisa”.

“Llegaré a descubrir que nuestra niñera envenenó a su marido, un espía italiano, en la misma casona de Punta Carretas donde nos daba la leche por las tardes, a la salida de la escuela. Una grabación espeluznante me develará un segundo crimen: su participación en el asesinato de Trotsky”, escribe Ramos en el inicio de un libro que es mucho más que un relato fascinante que va tras las huellas de África de Las Heras y sus distintos nombres de guerra y misiones. Es, también, la reconstrucción de un clima de época, de la propia infancia y de la figura de su madre, a quien la autora le dedica el texto.

Amante de la literatura inglesa del siglo XIX, Ramos es autora de Infernales: la hermandad Brönte y Las señoritas, una investigación sobre 20 de las 61 maestras que Sarmiento trajo a la Argentina en el siglo XIX para llevar adelante su proyecto educativo.

-Cuando uno lee Mi niñera de la KGB, se entiende que hayas puesto en pausa tu romance con la literatura del siglo XIX y hayas decidido saltar al siglo XX para contar esta historia. Es demasiado tentadora para dejarla pasar. En 1995, en el velatorio de tu mamá, ya circulaban algunos rumores sobre María Luisa, pero era lógico que, en ese momento, no les prestaras atención.

-Sí, fueron dos fuentes, dos espías soviéticos arrepentidos los que revelaron quién era la modista. Uno se refugió en Inglaterra y el otro en Estados Unidos. Uno de ellos, Sudoplátov, exjerarca de la KGB y jefe de María Luisa, publica en 1994 Misiones especiales, sus confesiones sobre todos los operativos, secuestros, homicidios y sabotajes de la red de espías. Da detalles de todo y menciona a María Luisa “como su mejor agente”. Sudoplátov publica eso en tiempos en que se murió mi mamá. El rumor corrió, pero mi hermano y yo ni nos enteramos. Estábamos muy lejos. La vida te lleva por otros caminos y nunca más volvimos a Montevideo. A veces pasábamos por ahí, pero para ir a la playa. Nunca nos reunimos con nuestras amistades o con las amistades de nuestros padres. Recién en 2018, Víctor va a Montevideo y un historiador le dice: “Montevideo es un nido de espías. La modista que los cuidaba a ustedes era una espía de élite”. Y mi hermano vino conmocionado. Al principio me resistí muchísimo. En ese momento yo estaba escribiendo el libro sobre las maestras de Sarmiento. No me interesaba otra cosa, me negaba, no quería leer nada. Mi hermano me traía bibliografía, me traía artículos periodísticos y las novelas sobre María Luisa, porque había un montón. En El hombre que amaba a los perros, por ejemplo, Leonardo de Padura la pone a ella como personaje. Y yo no quería leer nada. Al principio, me resistí muchísimo. Yo quería huir del pasado, de la vida de mis padres, de sus amigos y amantes, de la revolución. Era muy refractaria a volver a eso.

-Pero en algún momento decidís viajar a Montevideo.

-Sí, a veces veraneaba en La Pedrera, o sea que pasaba por Montevideo, por la casa de mi infancia en Malvín, donde transcurrieron muchas de estas historias. Ese edificio tan simpático sigue en pie. Yo pasaba por la casa, pero trataba de no detenerme. Y en uno de estos viajes me detuve y ahí fue que me reencontré con una amiga de la infancia, de la familia Benvenuto, que también fue muy cooptada por la niñera. Ella guarda la asadera en la que María Luisa, yo le digo María Luisa, había llevado una tarta pascualina. Se hacía la que cocinaba, pero no le interesaba cocinar. Una vez que empecé, me involucré totalmente. No había manera de salirse.

-Como en tus libros anteriores, este es un libro de investigación: te basás en datos, documentos, testimonios. No hay fabulaciones ni especulaciones.

-Exacto, no es una novela. Es un libro contra las novelas, digamos. No tengo nada en contra de las novelas como obras literarias, son buenísimas, pero está escrito en contra de la no documentación.

-África de las Heras, con sus diversos alias, tuvo una vida cinematográfica. Es como un palimpsesto. Heroína para algunos, asesina para otros, casi una madre para uno de los chicos que cuidó. ¿Qué retrato harías de esta mujer?

-Planteás el núcleo del libro y tiene que ver con un dilema moral. Porque el dilema moral es lo que plantea Ernesto Laclau, un filósofo que formó parte de un partido que tenía mi padre, eran amigos, frente a una pregunta de mi padre. Laclau se va de Buenos Aires y del partido de mi padre a vivir a Inglaterra en la década del 60. Se va a seguir su carrera. Entonces, se despiden en un bar de la Avenida Córdoba. Esto me lo contó Laclau. Se despiden, mi padre cruza la avenida Córdoba y al otro lado de la avenida, le grita a Laclau: “¡Laclau! ¿Usted justificaría Kronstadt?” Kronstadt era un barco de unos marineros soviéticos que, después de la Revolución, se alzaron pidiendo alguna cuestión gremial, haciendo un reclamo, y a los que Trotsky, que era jefe del Ejército Rojo, aplastó. Y Laclau le dice, “bajo determinadas circunstancias, sí”. Evidentemente, se preguntaban eso porque estaban pensando en términos de tomar el poder. O sea, ellos están pensando en este dilema. Y yo pienso que María Luisa justificaría, justificó Kronstadt. Yo no justificaría Kronstadt. Pero ella es del siglo XX. Es un libro del siglo XX, son personajes del siglo XX, y no sé si vale juzgarlos con la mente del siglo XXI. Somos distintos, pensamos distinto.

-El nombre que África eligió dentro de la KGB era ¨Patria”. Y su patria, finalmente, eran la URSS y la revolución. En ese contexto, era lógico cualquier justificación.

-Sí, sí, ella decía que era Patria porque su patria era de la Unión Soviética. Ella había renegado de España y de su nacionalidad española. Esto se cruza mucho con otro libro mío, Infernales, sobre los hermanas Brontë y con Cumbres Borrascosas, de Emily Brontë. Porque María Luisa era un poco como Heathcliff, un gitano de piel oscura. Ella era morena en una familia de rubios, con el pelo medio mota. Les decía a los amigos que era hija ilegítima de una gitana. Se deshizo de la nacionalidad española y adoptó la soviética. Era un gran honor para un comunista en esa época que le ofrecieran la nacionalidad. Ella la adoptó y tomó este nombre, Patria. Entonces, sí, ella justificaba Kronstadt. En esos términos, ella podía ser una heroína y también una asesina. Pero en términos prácticos, se tiró en paracaídas sobre las tropas nazis en Ucrania, sobre la retaguardia alemana en Ucrania. Eso está documentado. No está tan documentado el hecho de que ella salvara republicanos españoles haciendo cruzar los Pirineos. Eso lo saqué de blogs de republicanos españoles. Para un académico tal vez no es un documento muy creíble, pero es un rumor y yo lo incluyo. También se infiltró en el secretariado de Trotsky en México, en Noruega. Para ella, Trotsky no era un héroe: era un traidor. Stalin lo quería matar no porque tuviera una obsesión personal con Trotsky, aunque seguramente la tenía. Lo quería matar porque Trotsky estaba activando en su contra permanentemente. Estaba escribiendo continuamente, denunciando los crímenes, denunciando las traiciones de la Revolución. Entonces, era considerado un enemigo. Y ella se metió en el secretariado del enemigo número uno del jefe de su Revolución para participar en su asesinato.

-Vos contás la relación de África con Ramón Mercader, el asesino de Trotsky y su madre, Caridad.

-Eran amigos y ella después continuó la amistad con Mercader en la Unión Soviética. Se visitaban mutuamente. Tal vez fueron amantes, como dice Leonardo Padura. También dice que tuvieron un hijo. Eso es prácticamente imposible en el marco de lo de lo que era la vida de ella, porque la tenemos bastante documentada.

-Es espeluznante. Ustedes eran hijos de padres trotskistas al cuidado de una de las agentes que participó en el asesinato de Trotsky. Y tu madre llegaba a esa casa con los libros trotskistas editados por tu padre.

-Sí, mi madre llegaba con estos libros que le daba mi padre. La editorial se llamaba Coyoacán, el nombre del barrio de Trotsky en México. Se le debe haber puesto la piel de gallina al escuchar el nombre de la editorial. Mi padre tomaba artículos que había escrito Trotsky en México sobre América Latina y los convertía en un librito, porque los libritos de Coyoacán eran chiquititos y finitos. Mi padre no vivía con nosotros, vivía en Buenos Aires, pero nos visitaba cada veinte días y llegaba con libros. Eran invendibles, pero en los años sesenta la gente compraba esos libros.

-Decías que al principio te resistías a volver a tu historia personal y aquellos años de la infancia. ¿Te dio miedo, angustia, incomodidad? En la investigación hay descubrimientos de orden íntimo, como que uno de los amigos de tu mamá era, en realidad, su amante.

-Sí, me dio un poco de incomodidad, pero mi madre era una persona muy militante del feminismo antes de que existiera el feminismo como un movimiento tan organizado, como fue después. Entonces, ella era desafiante en estas cosas. Ella decía que a los 18 años los chicos tenían que tener relaciones sexuales y a mí me mandaba de campamento a los 13. Yo odiaba ir a la carpa y todas esas cosas, pero ella me mandaba para que viviera aventuras. O sea, era una militante del “vivir peligrosamente”, que era una especie de dogma y leitmotiv de los años cuarenta. Y yo solo quería leer Mujercitas. Entonces, este es un libro sobre dilemas morales y políticos, pero también personales, en el sentido de “voy a develar estas historias de mi madre”. En todas las biografías que hay de Juan Carlos Onetti y de los otros personajes que lo rodeaban está Fabi, mi madre, como personaje, con todas sus aventuras sexuales. Y se cuentan ahí. Ella estaba orgullosa de eso. Para ella era como su militancia, su lucha, la liberación de la mujer. Entonces pensé que a ella le habría gustado que yo la plantara como lo que era, porque siempre estaba opacada por mi padre. Si bien para la moral burguesa que ella detestaba yo la estaba exponiendo en sus aventuras, para su propia moral y la de sus amigas, no: la estaba reivindicando.

-¿Te preguntaste cómo reaccionarían tus padres frente a esta historia develada?

-Mi padre se moriría de risa, porque era un tipo con humor. O sea, él buscaba el chiste y la risa en todo, se hubiera muerto de risa, pero en el fondo también de espanto por el detalle: Trotsky. Todos los grandes héroes de mi padre eran todos héroes derrotados. Trotsky, la causa de Malvinas, Manuel Ugarte, que era un historiador y un pensador socialista e antiimperialista que no tuvo éxito. Él siempre se apasionaba por las causas perdidas. Mi padre se debe haber sentido identificado con Trotsky porque él era pelirrojo, judío, zurdo, usaba anteojos y era muy flaquito. Siempre nos inoculó amor hacia Trotsky. Y mi madre, como era una persona divina, me regalaba libros porque yo era muy lectora. Leía todo. Como me gustaba Louisa May Alcott, un día me trajo la obra selecta de Alcott. Cuando vinimos a Buenos Aires de Montevideo, fue un horror para mí. Vivíamos en un departamento lleno de colchones, venían veinte compañeros y se quedaban a dormir, iban a las marchas. Yo lo detestaba, pero a la vez estaba presa de eso, porque en Buenos Aires al principio no conocíamos a nadie. Yo no quería eso. Quería otra vida. Quería una vida como la de Mujercitas.

CRONISTA DE FINA MIRADA

Perfil: Laura Ramos

Laura Ramos nació en Buenos Aires en 1956. Vivió en esta ciudad, Montevideo y México. Es periodista y escritora.

Estudió Humanidades en universidades de Córdoba y de Buenos Aires.

Es hija de Faby Carvallo, reconocida feminista, y de Jorge Abelardo Ramos, historiador y político de izquierda.

Escribió crónicas y columnas en LA NACION, Clarín y Página 12.

Es autora de Buenos Aires me mata, La niña guerrera, Infernale. Las hermanas Brontë y Las señoritas.

Una de sus obras fue llevada al cine por Beda Docampo Feijóo en el filme Buenos Aires me mata.

Recibió el Premio de la Crítica al Mejor Libro de Creación Literaria 2021 de la Fundación El Libro y el Diploma al Mérito Konex 2024.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/laura-ramos-ella-podia-ser-considerada-una-heroina-pero-tambien-una-asesina-nid26022026/

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