El sistema de protección infantil enfrenta desafíos críticos ante la escasez de hogares dispuestos a recibir a menores en situaciones vulnerables. María José Valero, una mujer de 55 años con una hija de 21, decidió transformar su realidad cotidiana para convertirse en madre de acogida. Su elección responde a una necesidad urgente: los centros tutelados albergan a miles de menores que requieren un entorno familiar estable mientras las autoridades definen su situación legal y personal.
Según datos del Ministerio de Juventud e Infancia, el país cuenta con unos 20.000 niños bajo tutela estatal, y de esta cifra, más de mil pertenecen a la primera infancia. La oferta de familias acogedoras cayó un 32% en años recientes, lo cual genera una brecha preocupante en la atención integral de los menores. En Cataluña, el escenario muestra una evolución positiva con 883 familias activas al cierre de julio de 2026, aunque las autoridades insisten en la captación de nuevos voluntarios.
Valero llegó a esta labor de manera espontánea luego de conversar con una prima educadora social. Tras una breve etapa de entrevistas y evaluaciones de idoneidad, su familia recibió la aprobación. El proceso incluyó la participación activa de su esposo, Juan Carlos, y de su hija Edith, quien celebró la noticia desde el primer momento. La modalidad elegida por la familia es el acogimiento de urgencia y diagnóstico. Este sistema busca evitar el ingreso de bebés en centros de acogida mediante la provisión de un hogar provisional. El compromiso exige una disponibilidad constante, ya que el llamado para recibir a un niño puede ocurrir en cualquier momento.
La experiencia previa de Valero como madre biológica facilitó ciertas tareas prácticas, aunque ella marca diferencias sustanciales respecto al vínculo emocional. “Cuando vas a ser madre, te preparas para recibir a alguien que esperas que forme parte de tu vida para siempre. Cuando acoges, sabes desde el principio que ese bebé puede marcharse”, explica Valero a La Vanguardia. Esta preparación requiere una madurez afectiva particular. La mujer subraya que su misión consiste en ofrecer amor sin pretender una posesión permanente.
Durante los meses de convivencia, la rutina en la casa se adapta a las necesidades del bebé. Valero prioriza la tranquilidad, el contacto físico y la creación de un espacio predecible. Ella narra que los primeros instantes junto a la menor resultaron fundamentales para establecer una conexión de seguridad. La relación con la familia biológica forma parte del proceso y Valero la vive con naturalidad. Ella intenta transmitir a la bebé, a través de sus palabras, que el entorno familiar actual constituye solo una etapa. El miedo a la despedida existe, pero ella decide enfocar su energía en el presente.
Su visión sobre la maternidad temporal se basa en el desapego saludable: “Amar no siempre significa quedarse. Puedes cuidar y querer muchísimo a un bebé sin confundir el lugar que ocupas en su vida”. La hija biológica de Valero también participa en este modelo de crianza, donde la joven comprende el propósito de la medida y apoya la labor de sus padres. La práctica de técnicas de reflexión y el manejo consciente de las emociones ayudan al grupo familiar a gestionar los vínculos.
María mostró cómo es ayudada por su familia en la tareaValero rechaza la idea de reparar las vivencias previas de la pequeña, pero sostiene que es posible ofrecer una vivencia alternativa basada en la estabilidad y el afecto. La meta de la familia es clara: proporcionar un capítulo positivo en la historia del menor. Valero insiste en que el éxito de esta experiencia no depende de la permanencia del niño.
Su mayor recompensa consiste en la partida segura del bebé hacia una nueva etapa. Este compromiso social busca devolver la confianza en el mundo a quienes enfrentan separaciones tempranas. La labor de las familias de acogida representa, en última instancia, un pilar esencial dentro de la red de protección infantil contemporánea.