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Pinchas Zukerman, el maestro está de vuelta

Pinchas Zukerman (violín). Ensamble Musical Buenos Aires. Dirección: Gustavo Fontana. Programa: Tangazo: variaciones sobre Buenos Aires, de Astor Piazzolla; Obertura Coriolano y Romanza n° 1 par...

Pinchas Zukerman (violín). Ensamble Musical Buenos Aires. Dirección: Gustavo Fontana. Programa: Tangazo: variaciones sobre Buenos Aires, de Astor Piazzolla; Obertura Coriolano y Romanza n° 1 para violín y orquesta en sol mayor, opus 40, de Beethoven; Berceuse sfaradite, de Paul Ben-Haim; Suite del ballet Estancia, de ALberto Ginastera; Concierto para violín y orquesta n° 1 en sol menor, opus 26, de Max Bruch. Ciclo Aura. En el Teatro Colón. Nuestra opinión: muy bueno.

4 stars

Hay probablemente dos momentos en los que un músico alcanza un grado de seguridad tal que se parece bastante a la irresponsabilidad, una irresponsabilidad que es realmente una variedad superior de la responsabilidad. Esos momentos son la etapa más temprana y la madurez, que no necesariamente se solapan con la edad cronológica (el pianista Daniil Trifonov, por poner un ejemplo actual, es relativamente joven y, sin embargo, plenamente maduro). Ambas etapas coinciden en que no hay lugar para valores ni términos medios, no hay lugar para la duda, y la prudencia se entiende como una audacia; ambas se diferencian en sus causas: el músico temprano está volcado sobre sí mismo y en su reflejo presta servicio a la pieza que toca; el músico maduro toca en un abandono de sí, en la que lo propio es reflejo de la pieza. Desde la primera nota que tocó —y casi se diría aun antes de que tocara ninguna, desde que pisó el escenario— quedó claro que Pinchas Zukerman alcanzó ese momento, esa etapa reservada a muy pocos. Hacía 18 años que Zukerman no actuaba en Buenos Aires, y su presentación en el Ciclo Aura, con el Ensamble Musical de Buenos Aires, con la dirección de Gustavo Fontana, fue reveladora, no del músico que es —eso ya lo sabíamos— sino del músico en que pudo seguir convirtiéndose.

Esa primera nota reveladora fue la de la Romanza n° 1 para violín y orquesta, opus 40, de Beethoven. Zukerman encontró aquí el filo exacto —filo delgadísimo— entre la luminosidad del clasicismo y su enrarecimiento, con un tempo flexible, casi como si fuera una repentización feliz. Esa misma disposición, la de que canta como para sí mismo, se prolongó en la Berceuse sfaradite de Paul Ben-Haim, que sonó como si se tocara en puntas de pie.

Desde ya, fueron otras las demandas del Concierto n°1 opus 26, de Max Bruch, que fue, por supuesto, la pièce de résistance de la noche. Por más veces que se haya escuchado la pieza de Bruch, pocas habrán resultado como esta en su despliegue orgánico, en la naturalidad de cada pasaje. Fue formidable el cantabile en el Adagio, y el Finale parece hecho a la medida de Zukerman (las dobles cuerdas, las escalas vertiginosas transcurrieron sin esfuerzo aparente), si no fuera porque el maestro es alérgico a la jactancia y parece creer que el elmo del arte es la ocultación del virtuosismo detrás de la obra.

La Berceuse de Paul Ben-Haim tuvo un reflejo en la pieza fuera de programa, la Canción de cuna, de Brahms. Zukerman la precedió, micrófono en mano, de unas palabras -tal vez necesarias para él, tal vez innecesarias para el resto- acerca de la política mundial (aunque aclaró que no estaba hablando de política), la guerra y su propia historia. Convencido, según dijo, de que su violín era un arma más invencible que un revólver, invitó al público a acompañarlo, bocca chiusa, en esa canción que dedicó a “los chicos huérfanos”.

Aparte de Zukerman, el programa fue bastante incomprensible y extravagante, y lo que puso en su lugar las cosas y unificó de la mejor manera lo diverso fue el alto nivel de la ejecución, en este caso la del Ensamble Musical de Buenos Aires y del director Gustavo Fontana, que se lucieron, primero en Tangazo: variaciones sobre Buenos Aires, de Astor Piazzolla, con una resolución ejemplar de todos los recursos rítmicos y melódicos de Piazzolla. Después, en la Obertura Coriolano, y, por último, en la versión intensísima de la Suite del ballet Estancia, de Ginastera. Nada se escapó de la mano segura de Fontana, ni la tibieza lírica de la “Danza del trigo” ni el telurismo modernista de “Los trabajadores agrícolas” y el “Malambo”.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/musica/pinchas-zukerman-el-maestro-esta-de-vuelta-nid30092026/

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