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“Quiero llevar la ópera a la calle en mi país”

La ninfa Euterpe la tomó de la mano en el vientre de Fenicia y nunca más la soltó. Esta imagen aflora cuando ...

La ninfa Euterpe la tomó de la mano en el vientre de Fenicia y nunca más la soltó. Esta imagen aflora cuando Verónica Cangemi habla de vida, de su infancia, de su pasión… y de su madre. La magia de la música la empujó con cuatro años al estudio de Lars Nilsson, un reputado profesor sueco que llegó a ser decano de la cátedra de flauta de la Universidad Nacional de Cuyo, en Mendoza, y que le enseñó a tocar la flauta, casualmente el instrumento que simboliza la musa de la música.

Este fin de semana cumple los 62 y los festeja con agenda completa, muchos sueños y más proyectos. Serena, pelo largo lacio y prolijo que alisa cada tanto con la mano, un hablar pausado que parece disimular a la prima donna que hay en ella, aunque la firmeza y decisión de su tono no dejan dudas. Verónica Cangemi lleva cuatro décadas arriba de los mejores escenarios internacionales. De la Scala de Milán para abajo pasó por todos porque es una de las sopranos más famosas del mundo. Se educó entre la Universidad Nacional de Cuyo, Londres y la Hochschule für Musik Karlsruhe de Alemania, y ha ganado en cuatro ediciones el Diapasón de Oro de París.

Pero su infancia y juventud crecieron arropadas por la calidez del sol mendocino, en un hogar donde sonaba música de lunes a lunes. Gente como Damián Sánchez y el Pocho Sosa -los sabios en folklore saben de quienes se trata- caían por allí sin avisar. Eran como de la familia.

A golpes de zambas, óperas y guitarras cuyanas, era la de los Cangemi una casa de puertas abiertas por donde desfilaban artistas y cantantes de todo linaje, ahí nomás de la entrada Este de Mendoza, donde la escultura del cóndor que levanta vuelo rumbo a la Cordillera lo dice todo. Sobrina nieta del gran poeta y folklorista Hilario Cuadros (Mendoza 1902-1956, creador del conjunto Los Trovadores de Cuyo), Verónica es hija de Fenicia “Pepa” Magioglio, hoy de 89 años, conocida cantante y pedagoga que fue profesora de técnica vocal en la Universidad Nacional de Cuyo.

–Sobrina de Hilario Cuadros, hija de cantante y profesora de música… ¿Estaba marcado tu destino?

–Yo creo que el destino está escrito y uno lo va caminando…

–Una infancia piel con piel tanto con el bel canto como con el folklore, ¿qué sonidos te quedaron?

–Muchísimos… A los cuatro años estudié flauta y a los seis empecé a tocar el violoncello, que fue el instrumento que más me llegó, porque era lo más parecido a la voz humana. Eso desde lo académico, pero desde lo cotidiano, atesoro el sonido de los sábados y domingos, cuando mi mamá cantaba folclore con Damián Sánchez y Jorge Sosa, de ahí sale, en 1973, Tonada de otoño (N. de R.: se la conoce también como Otoño en Mendoza). Una gran familia musical de artistas de todos lados. Y durante la semana era todo académico. Mi madre daba clases, mientras mi hermana y yo estudiábamos piano complementario y las materias de la escuela de música. Una vida extraordinaria.

–¿Cuándo nació la decisión de ser cantante de ópera?

–Lo decidí a los siete años, cuando vi a mi mamá cantar Cavalleria rusticana. Nada menos. Es un rol espectacular y me quedé muy impresionada. Y ahí lo sentí. Quería ser cantante.

–¿Hubo un primer escenario?

–Sí, a los siete años. Iba a la escuela República del Perú y venía la fiesta de los españoles. Mi mamá preparó entonces una zarzuela con todos los niños y yo tenía el protagónico. Estaba muy emocionada. Me preparé el día anterior con mucho esmero y actué y canté ese día, pero ya me imaginaba de grande arriba de un escenario.

–¿Cómo era esa vida tan musical?

–Era una vida espectacular, maravillosa. Una época en Mendoza en la que los profesores, los directores y los artistas que pasaban por casa eran todos número uno. Por ejemplo, yo estudié violoncello con el maestro Humberto Carfi (argentino reconocido en todo el mundo) y su hija, Anahí, fue la mujer de Riccardo Chailly (N. de R.: director de La Scala de Milán, hasta hace poco, así como de su Filarmónica). Digamos que de ahí salían artistas increíbles. Pero no fue fácil, porque el resto de los chicos no tenía esas mismas preferencias, el diálogo con ellos era difícil porque en casa teníamos un nivel cultural fuera de lo normal, con mucha música y mucho arte, y mucho estudio. Para los chicos esto no es fácil. En algún punto quería ser como mis amigos y mis compañeras de secundario y por eso, luego, hice un año de Derecho en una universidad privada de Mendoza.

“Atesoro el sonido de los sábados y domingos, cuando mi mamá cantaba folclore con Damián Sánchez y Jorge Sosa”

Verónica Cangemi, acerca de su infancia

–¿Y qué tal?

–Me fue bárbaro, pero no me entusiasmaba. Luego hice dos años de Biología y, lo mismo, no me entusiasmaba. Hasta que mi madre me inscribió en un concurso internacional de canto en Buenos Aires; fue un antes y un después en mi vida.

–¿Cómo lo recordás?

–No fue fácil llegar. Hacía muy poco que había muerto mi padre y había dificultades económicas, dificultades para llegar, que se yo… En un momento hasta planteé a la directora volverme a Mendoza y me dijo: “Estás completamente loca”, así directo. Era una mujer de mucho carácter, potente. Ella ya sabía que yo ganaba. Se llamaba Leonor Luro Anchorena, una gran mecenas. Gané, pero me shockeó porque no lo esperaba. Inmediatamente tuve que preparar todo para irme a Londres. Tenía que quedarme allá seis meses, pero me quedé un año. El sponsor más importante era Shell y la beca, que incluía todo. Era extraordinaria, consistía en estudiar con Heather Harper (soprano irlandesa, 1930-2019) todos los días. Volví a Buenos Aires y le dije a Leonor: “¿Y ahora qué hago?”. Bueno, me tomó el tenor brasileño Aldo Baldin (1945-1994) en la Hochschule für Musik Karlsruhe de Alemania. No era un lugar cualquiera. Admiten sólo a diez jóvenes de todo el mundo, que es como un Opera Studio. Luego gané el Concurso Francisco Viñas, en 1991, y a los tres meses estaba debutando en Versalles con los mejores directores del mundo, como Jean Luigi Pizzi y Marc Minkowsi, y ganando mi primer Diapasón de oro (prestigioso premio francés a las mejores grabaciones de música clásica). Y ahí comienzo una gran trayectoria en el mundo del barroco, una especialidad que no abundaba entonces.

–¿Por qué lo elegiste?

–Por una cuestión de estrategia. Había sido chelista y tenía muchísima facilidad para leer y para memorizar. Podía memorizar una ópera en ocho días o nueve días si me ponía. Recuerdo que a veces me levantaba a las dos o tres de la mañana para chequear si me acordaba de la letra o no. Era el 91 y el barroco se puso muy de moda en Francia y en Inglaterra. Entonces era muy fácil entrar a los teatros del mundo y a un circuito internacional con los grandes, con los número uno. Porque mi objetivo, lo dije siempre, era destacarme. Para ser una más me vuelvo a la Argentina y estoy en casa y con mi familia y cantar en un solo teatro o así… Si no me voy a destacar para qué voy a estar extrañando tanto. Y así fue como con mi manager, Charles Fabius, que era director de la agencia más importante de Francia y Alemania, acordamos que él me “vendería” en todos los teatros europeos como barroca.

–Hablémosle a los lectores acerca del barroco…

–El barroco es un período que va del siglo XVII hasta la mitad del XVIII, y junto con el clasicismo son dos formas distintas de ver el arte, la música y la cultura. El barroco tiene muchos contrastes y las voces actúan como un instrumento más, y en las orquestas barrocas vemos instrumentos antiguos. Por ejemplo, las cuerdas en los instrumentos del barroco son de cerdas de animales. En cambio, los instrumentos modernos tienen cuerdas metálicas. Esto influye mucho en la afinación y en el sonido, que en el barroco sabe a antiguo. En el universo barroco el cantante es un instrumento más, una parte de la orquesta. Lo vemos también en la arquitectura barroca, plena de cosas pequeñitas, rococó, y de muchos ornamentos. En la música barroca, en el bel canto, es lo mismo; lleno de notitas. En el clasicismo en cambio, la orquesta acompaña al cantante. Entonces, esa es una de las grandes diferencias.

–¿Fue duro ser mujer en el mundo de la ópera? ¿Te resultó duro?

–Cuando yo empecé, era bastante difícil ser mujer en ese mundo. Mujer y madre, no era fácil. Por ejemplo, me ocurrió muchas veces en algunos contratos. Firmabas, pero si luego se enteraban de que estabas embarazada, te cancelaban el contrato. Era muy impactante. Me pasó. Yo quedé embarazada y mi manager me dijo: “Si se enteran, nos bajan el contrato”. Tuve que ensayar embarazada, sin decir nada. Y, cuando ya estaba casi por llegar la première, se enteraron porque me quisieron hacer cantar en una tarima de la que me podía caer. Ahí lo tuve que decirlo, pero no ocurrió nada. No fue muy agradable, pero al teatro tampoco le perjudicó, porque yo no había engordado.

–Te enfrentaste a tabúes…

–Era difícil, era muy joven, era muy linda y en esa época mi físico era bastante bonito. Y muchas veces los directores me pedían tener sexo con ellos. Sí, tuve dos experiencias y gané once juicios en París…

–¡Once juicios!

–Sí, con un director que me canceló los once contratos que tenía porque le dije que no iba a ir a la cama. Y al otro día recibí un fax en el hotel diciendo que mi tournée estaba cancelada. Dijo que yo había cantado mal, pero por suerte todavía estaban las grabaciones de casete y pude mostrarlas en la Justicia. Yo había dicho: “Acá no me quedo callada”. Porque es injusto y no es verdad. Lo que sí es verdad es que este señor me vino a golpear la puerta, y mi manager me dijo: “Bueno, mejor quedate callada para no tener problemas más adelante y que la carrera siga”.

“Yo quedé embarazada y mi manager me dijo: ‘Si se enteran, nos bajan el contrato’. Tuve que ensayar embarazada, sin decir nada”

–Tremendo momento…

–Eso me costó seis meses de frustración, seis meses en que no podía salir a cantar. Paré, porque estaba como en shock. Decidí ir a la Justicia con pruebas. Entonces este señor director llegó a un acuerdo para evitar la mala reputación, y me pagó todos los conciertos, aunque no hiciera ninguno. Era el Réquiem de Mozart. Hoy ya sé cómo esquivar ese tipo de presiones, pero en aquel momento era muy joven y no tenía tantos recursos para hacer frente a un señor grande que te golpea la puerta a medianoche y te dice: “¿Estás bien, necesitas compañía?“, y vos decís: ”No necesito nada" y al otro día te echan.

–¿Estabas casada ya?

–Sí, estaba casada y no tenía hijos. Me casé luego de cuatro años de carrera, pero hacía diez que estábamos juntos. En estos momentos me ayudó mi exmarido, que es abogado.

Roles difíciles

–¿Hay algún personaje o protagónico que te haya incomodado?

–Sí, claro. Hay uno que era muy incómodo, pero lo tenía que hacer porque es el trabajo, pero cada vez que llegaba a casa me sentía con angustia, muy impotente… Es la ópera Griselda, de Scarlati . Griselda es una mujer maltratada, muy maltratada, y yo tenía que hacer ese rol. Una colega que tenía que cantarla se negó. “Yo no la voy a hacer porque no me voy a dejar maltratar por ningún hombre” (se ríe). Pero para mí era importante porque lo iba a cantar luego en la Ópera de Berlín y después hacía el disco con René Jacobs, uno de los grandes directores del mundo de la ópera. Entonces yo no me podía permitir decir que no. La verdad que fueron meses de mucho… Cuando uno va a asumir un rol, lo trabaja verbalmente, profesionalmente, como si fueras un actor. Asumir ser una mujer maltratada, la empleada doméstica del propio marido, no es fácil. Lo veía casarse con mi propia hija siendo yo la empleada de los dos, limpiando el piso de rodillas, es muy fuerte… y decir una cosa tremenda… Cada noche salía a la calle llorando. Qué me pasa, me decía.

–¿Cómo influyó en vos?

–Creo que me empoderó. Salí de ahí diciendo: “Ningún tipo jamás me va a manejar la vida” (ríe con ganas).

–Debe haber algún personaje también con el que hay más sintonía…

–En el mundo del barroco y como profesional me encantan todos, pero a nivel más humano, más real, uno de los personajes que me puede es Mimí, de La Boheme.

–¿Qué te pasa con él?

–Me conmueve lo que puede el amor, más allá de lo que pasaba en su vida. Ese amor ingenuo, ese amor sano que la hace vibrar a pesar de todo. Me emociona mucho el rol. La pude hacer en la Ópera de Tokio, en el Colón, y varias veces más, y es un rol que me llega mucho.

–¿Cómo se maneja la emoción en ese momento para que no afecte la voz?

–Siempre hablo de eso porque es muy importante tener un control emocional de un sesenta o setenta por ciento, para no quebrarte. El público te necesita entera en ese rol, y si te quebrás, no lo podés dar. Hay que tener dominio vocal y dominio emocional. Una lucha interna entre los cerebros , la información que va pasando de uno al otro. Le das más emoción porque lo sentís vos, pero no te tenés que olvidar que lo estás entregando al público. Una vez más, todo por la técnica.

–¿Cómo lo aprendiste?

–Es parte del aprendizaje de todas las técnicas que hay para estar en el escenario, para hacer aplaudir al público, para emocionar, etc. Pero es fundamental la sinceridad con la que uno canta. Es como llevar el personaje sinceramente a tu cuerpo, no fingirlo como una estrategia. Eso tiene más éxito que ninguna estrategia y conmueve a la gente. Y a la persona que lo hace.

–Se dice y se ha dicho que la música tiene algo de divino, y que los músicos y los cantantes alcanzan conexiones que el común de los mortales no tiene. ¿Qué opinas?

–Es una vibración distinta. He sentido que estoy… No sé cómo explicarlo… Cuando uno canta, o está en el mundo de la música, tiene el regalo de sentir algo que no todo el común de la gente siente, porque al tener la música dentro de tu cuerpo y vos estar en una escena y vibrar… Tal vez dicen que por eso estás en otra dimensión. También en otra dimensión está el actor, porque asume en el cuerpo el rol de otra persona, o el poeta inspirado. La música hace que uno vibre y se transporte, pero esto no quiere decir que sea mejor.

–Es que el que escucha también se transporta…

–El que escucha se transporta cuando el artista tiene bien asumido el rol.

–¿Se siente esa energía de pie frente al público, frente al aplauso?

–Totalmente, cuando vos tenés asumido el rol y dejás de lado tu personaje, el de Verónica Cangemi, y asumís el de Griselda, o Mimí, la gente recibe a Griselda o a Mimí, no a Verónica.

–Prima donna en el escenario y mamá en casa. ¿Cómo combinar estos dos roles?

–Tampoco fue fácil, porque yo decidí tener hijos y mi exmarido tenía una profesión fija, abogado. Entonces la que viajaba era yo y me llevaba a los chicos conmigo. Los cargaba y me iba de gira. Yo había visto la experiencia de mi madre, que tuvo dos hijas, y mi papá la apoyó muchísimo. Y por otro lado, Heather Harper, que no tuvo hijos. Heather me decía: “Tengo un castillo en Londres, pero cuando llego, sólo me recibe mi perro”. Me hablaba de que, al final, la vida termina y el artista se queda con mucho dinero en las cuentas y con el perro, si es que tenés un perro. Yo le decía: “¿Y qué vas a hacer con todo lo tenés?“, porque había perdido de vista a todos sus hermanos y nunca se reencontró. A veces las culturas son distintas. Esto que me dijo me marcó mucho. Tenía muchas ganas de ser mamá, y creo que la experiencia de la maternidad es importante para un artista. Fue lo mejor que me pasó; por eso decidí viajar con ellos.

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–No sería nada fácil. ¿Cómo hacías?

–Desde que eran bebés viajaron los dos conmigo y con una niñera que llevé de Argentina. Una chica muy formada, hablaba varios idiomas. Para mí era importante que quien estuviera con ellos tuviera un nivel cultural, porque los dejaba con ella muchas horas, y además, porque tenía que poder acompañarme por los teatros del mundo. Y así fue por diez años.

–¿Afectó la relación entre vos y tu chicos esta situación?

–Cada hijo toma la relación de una manera distinta. Hoy nos llevamos los tres muy bien. Una relación extraordinaria. El más grande, que es tenor y canta, sentía… Creo que lo llevó muy normal. Hace poco debutó en un teatro y me preguntaba: “¿Mamá, cómo hacías con dos hijos ? ¿Cómo hacías con dos biberones?“. El más chico, en cambio, dice que él sintió un poco de abandono, que él me quería más a su lado y que sentía, por más que estuviera en un teatro, que no estaba conmigo. Si cada chico siente una emoción distinta, creo que el tiempo y la vida te da la oportunidad de…

–¿Cómo le explicabas el modo en que vivían?

–Lo que fue muy importante para mí fue hablar con ellos con sinceridad. Les decía que para ser una mamá feliz al lado de ellos necesitaba y necesito realizarme personalmente. No voy a dejar el canto por nadie. Ese fue un mensaje claro. Creo que ellos tienen también ese camino, de que uno tiene que realizarse personalmente, a pesar de que sea madre, hijo, padre, lo que sea.

–Seguir la vocación o la pasión que a uno lo anima…

–Este legado viene de mi madre. Un sol que cayó a la tierra e iluminó a todo el mundo y así tomamos esa fuerza, como una fuerza astral que nos empuja, y uno sale a la escena y canta, a pesar de cualquier cosa o problema personal o emocional. Uno sale y canta como si fuera la última vez.

Por amor al arte

Fenicia tiene cartel francés en toda la charla y Verónica repitió dos veces la figura del sol para referirse a ella. “Fue desde siempre un sol que invadió nuestra vida, y de cada rayito salió un artista, porque mi hermana es cantante de tango, las hijas de mi hermana son músicos, mis hijos también… Una familia en la que la comunicación más grande e intensa pasaba por el arte y la música”

El timbre de su voz es incapaz de disimular los amorosos lazos que la unen con esa madre de nombre mitológico, a quien visita cada dos meses en tierra cuyana pero a la que consulta todo el tiempo. Es en su honor, y para devolver con creces las oportunidades que impulsaron su carrera profesional, creó hace unos años el Concurso Internacional de Canto Lírico Ópera Cangemi, cuya edición 2026 sonará alto y claro en el Palacio Libertad del 19 al 21 de este mes de octubre. Ante un jurado internacional integrado por músicos del Houston Opera Studio, del Teatro Colón y de casas europeas, allí medirán voces y garra jóvenes vocales de América Latina, los Estados Unidos y Canadá.

“Uno sale a la escena y canta, a pesar de cualquier cosa que problema personal o emocional. Uno sale y canta como si fuera la última vez”

Pero los honores por aquel impulso maternal -dulce pero imperioso, como todo impulso maternal- no se limitan a este concurso que, es cierto, cimentó las cuatro décadas posteriores. Inspiraron a la soprano a tomar muchas otras iniciativas, por ejemplo, la gestión cultural, etapa que inició hace quince años, cuando formó una orquesta barroca que se llama la OBA, luego este concurso (Ópera Cangemi), después el programa de canto de la Universidad de Congreso. Siguieron el Opera Studio de la Universidad Nacional de Cuyo y el Opera Training en el Teatro del Bicentenario de San Juan. Parece un esfuerzo enorme y debe serlo, pero para ella es menos músculo y más pasión, pasión por la música. “No lo siento como un esfuerzo. Para estar donde estoy hay muchas cosas que se pierden, pero hay muchísimas más que se ganan”.

–Qué personaje Fenicia…

–Fue el puntal, como el puntal de un violoncello. La parte más importante en mi vida musical. Desde su vientre me sumergió en el mundo del canto. Ella cantó siempre, desde los quince años, y por supuesto que cantaba cuando estaba embarazada. Tenía una gran pasión por ser cantante y se fue a Buenos Aires, pese a la resistencia de sus hermanos. Empezó a trabajar en una peluquería que le permitía pagar el pasaje para ir al centro, desde Quilmes, a estudiar en el Teatro Colón. Avanzó mucho y aprendió con maravillosos maestros italianos. Pero ahí conoció a mi padre, que trabajaba en Radio Nacional. Él había estudiado turismo y periodismo, y tenía una empresa de comunicación. Colocaban carteles de acrílico. Esa era la comunicación entonces. En determinado momento deciden radicarse en Mendoza y mi madre fue profesora de técnica vocal en la Universidad Nacional de Cuyo. Desde allí formó a muchos artistas mendocinos y de muchos lugares del mundo.

–Creaste el Opera Studio en el Teatro Colón. ¿Qué se busca hoy en un joven cantante, además de la voz?

–Es algo muy importante en la formación de un cantante de ópera. Es el último paso antes de ser un artista profesional, un entrenamiento en un repertorio y en todo lo que significa subir a escena. Hace dos años creé el Opera Studio con el Teatro Colón, con la ministra Gabriela Ricardes y Gerardo Grieco. Me dieron la posibilidad de abrirlo. Me hubiera gustado que sea mucho más amplio porque en los otros estudios del mundo los jóvenes reciben un estipendio, les pagan por mes. Pero lamentablemente la situación del país hoy no lo permite. Es la primera vez que el Colón tiene un Opera Studio. Sí tuvo maestrías, en una de las cuales estuvo mi madre dando clases cuando vivía en Buenos Aires, pero no Opera Studio. Me gustaría muchísimo poder hacer las propias producciones, y también me gustaría muchísimo hacer este convenio con los distintos de estudio del mundo. Estamos en esta situación esperando con mucha alegría, si se puede dar un pasito detrás de otro pasito, y así poder avanzar.

–¿Hay buenas voces en la Argentina?

–Muy buenas voces. Por eso creé este concurso internacional de canto hace tres años. Lo hice en honor a mi madre. Este concurso tendrá su cierre el 21 de octubre próximo, con una gala en la Ballena Azul del Palacio Libertad, en la que los participantes finalistas cantarán ante el jurado internacional. Esto abre caminos, como me lo abrió a mí cuando mi madre me empujó a participar, a mis 22 años.

–¿Cómo te imaginás la relación de las nuevas generaciones con la ópera, la música antigua?

–La ópera tiene, y va a tener, un rol muy importante en la sociedad, porque es uno de los géneros que menos se ha hecho. Los jóvenes hoy están buscando todo lo vintage, y hay un resurgir de muchas cosas. Yo quiero sacar la ópera a la calle. Este es un proyecto muy grande que casi estoy cerrando ahora. Se llamará Ópera en camino.

–¿Cómo sería?

–Llevar la ópera a la calle en mi país a través de una plataforma digital. Un escenario que replica un teatro en la calle, con un sonido 360. Esto hasta ahora solo existe en Italia, pequeños parlantes instalados cada cuatro metros hacen que todo el público, esté donde esté, escuche la misma sonoridad que en un teatro.

–¿Qué te impulsa?

–Dar la posibilidad a toda una población que pueda sentir cómo la música puede transformarnos. Tantos años arriba de un escenario me han convencido de que la música es transformadora. Quiero que esto pase en mi país.

–Cuánto hecho... ¿Qué más?

–Algún día llegará mi momento de hacer más gestión. Quiero hacer gestión en mi país porque creo mucho en el talento latino, y porque me gustaría mucho sentarme y ver al que sigue en mi lugar.

–¿Cómo cuidás tu voz?

–Con buena alimentación, con mucha hidratación, con gimnasia vocal cada día y cantando lo justo.

–¿Qué quiere decir eso?

–A veces, en el mundo de la ópera, te ofrecen cantar cosas que son para otro tipo de voces, y pasa que a veces los cantantes se equivocan y piensan que eso que le ofrecen es para ellos. Pero hay que ser consciente de los límites y saber que hay cosas que no son para hoy, que te pueden arruinar las cuerdas vocales. Es de salud mental tener siempre a mano un maestro. Yo tengo a mi madre, que a sus 89 años sigue siendo mi maestro. Me escucha y me dice: “Eso todavía no te da”, “Ahí mejor cantar este rol” o “Aquello mejor no lo tomes”. Siempre tener el referente, y siempre seguir estudiando. La música es un descubrir cada día. No canto igual ahora que hace diez años porque mi vida cambió, mi voz cambió, mi mentalidad cambió. Todo mi espacio cambió.

-Mientras tanto, ¿hay tiempo para el pasatiempo, la lectura, hobbies?

–La soledad ha ocupado mucho espacio en mi vida. Aprendí a estar sola durante muchos años, aunque me casé y luego he estado en pareja. Pero me llevo bien con la soledad. Por ahí dicen que no soy sociable o que no me gusta salir con amigas. Tengo amigas, las quiero y me encanta. Pero no me imagino yendo a tomar el té o saliendo de vacaciones con ellas. No me lo puedo imaginar. Necesito mi espacio y mi tiempo de comunión conmigo misma. Tengo amigos por todo el mundo, pero no soy esa mujer común que se sienta a tomar el té con las amigas. Qué sé yo; jamás fui a la escuela para ver cómo andaban mis hijos, ni a una reunión de padres.

–En general, las estrellas no andan “tomando té con las amigas”.

–Más que ser una estrella era una mamá, pero esas eran las únicas condiciones que yo tenía. Tengo amigas, sí, pero lo que más me gusta es escuchar música, estudiar o ir a ver una obra; me gusta la soledad, me gusta estar sola. Me volví a encontrar y, como soy muy creativa y muy trabajadora, siempre tengo un proyecto entre manos. Y me imagino llevando un proyecto adelante hasta el día que no esté más en esta tierra.

–Decís, “me volví a encontrar”. ¿Estás sola ahora?

–Estoy sola, sí. Pero en realidad no, no estoy sola, estoy conmigo .

–¿Cómo definirías tu presente, en qué punto estás?

–El momento más maravilloso de mi carrera, con una experiencia de cuarenta años que sé cómo llevarla a una escena, y el entrenamiento diario de una joven. Pienso que, cuanto más vieja, soy más joven es mi voz, y me esfuerzo para lograrlo. Quiero que el público siga disfrutando cuando me ve y me escucha. Sorpresivamente, es como renacer, porque cada día me contratan más en todos los teatros del mundo. Eso me hace muy feliz.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/quiero-llevar-la-opera-a-la-calle-en-mi-pais-nid10102026/

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