Robyn Smith: la joven “jocketa” que enamoró a Fred Astaire y hoy controla con mano de hierro su legado millonario
Para el verano de 1972, Robyn Smith era una joven enigmática que llamaba la atención de periodistas y aficionados a la equitación por igual. Cautivaba por su belleza, sí, pero también (y sobre...
Para el verano de 1972, Robyn Smith era una joven enigmática que llamaba la atención de periodistas y aficionados a la equitación por igual. Cautivaba por su belleza, sí, pero también (y sobre todo) por lo misterioso de su pasado.
Había abandonado un posible futuro en Hollywood para dedicarse a las carreras de caballo, una pasión que conoció y dominó en tan solo cuatro años. Pero en 1973 el azar y los contactos la cruzaron con el actor y bailarín Fred Astaire, que en ese entonces era un viudo de 74 años. Ella, una joven jockey de 29. El encuentro lo cambiaría todo.
Una mujer sin pasadoEn 1997, Los Angeles Times la describió: “Robyn Smith siempre fue una mujer sin pasado, así que durante años se inventó uno, dice ella. Algo sobre montar su primer caballo a los dos años en el rancho familiar. Sobre haberse especializado en inglés en Stanford. Sobre un contrato de estrella con MGM”.
Nunca habló mucho sobre su infancia, como si le gustara crear un vacío, una incógnita alrededor de su imagen, preservar solo eso el título de haber sido la mujer jockey más exitosa de la historia, además de la viuda de Fred Astaire.
“Fui vendida cuando era un bebé, y pasé por muchos hogares de acogida. Pero si tuviera que elegir entre tener una adultez maravillosa o una infancia maravillosa, me quedo con la adultez”, dijo. Nada de esto se comprobó. De hecho, la revista Sports Illustrated buscó más datos sobre Robyn cuando publicaron su perfil en 1972. No encontraron ni siquiera un acta de nacimiento bajo su nombre. Pero Bob Thomas, biógrafo de Fred Astaire, sostuvo más tarde: “Tuve indicios de que fue maltratada cuando era chica, pero no sé si la verdad llegará a conocerse alguna vez”.
Lo cierto es que en 1968, cuando tenía 24 años, Robyn ocupaba su día, su plata y su tiempo intentando que le abrieran las puertas de los establos. Acercarse así, por fin, a los caballos, a los que nunca antes les había prestado atención.
“Voy a tener mucho éxito”Según cuentan algunos medios, antes de ese año su aspiración era completamente diferente: soñaba con ser actriz de cine, y se estaba preparando en una escuela de teatro. Muchas veces afirmó que había firmado un contrato con MGM. Incluso llegó a decir que la productora le inventó un título de Literatura Inglesa en Stanford para promocionarla. En MGM, sin embargo, no tenían ni idea quién era Robyn Smith.
Es cierto que estaba inscripta en un taller de actuación en Columbia Studio. Eso la acercó a ciertos contactos de la industria, como Martin Ranshoff, presidente de la productora Filmways. No era su agente, como ella solía decir, pero sí intentó ayudarla. Este opinó en diálogo con la revista deportiva: “Robyn era una persona encantadora, amante de la naturaleza. Creo que, si se hubiera quedado en Hollywood, le habrían llegado grandes cosas”.
Hasta la primavera de 1968 no había visto nunca una carrera hípica. Todo se dio por casualidad, cuando una cita la llevó al hipódromo de Santa Anita. La atracción que sintió fue automática: quedó fascinada. Así, mientras estudiaba actuación, consiguió que un entrenador de ese circuito la dejara ejercitar con los caballos. Era 1969, un buen momento para arrancar: las mujeres recién conseguían acceder a licencias oficiales para correr en hipódromos.
Su éxito fue veloz. Para 1972, cuando salió la publicación de Sports Illustrated, Alfred Vanderbilt, que entonces era presidente de la Asociación de Carreras de Caballos de Nueva York, la empleaba como su jinete habitual. Tardó solo cuatro años en pasar de aprendiz a uno de los puestos más altos de esa profesión.
Se podía decir que lo llevaba en la sangre. En ese entonces, sostenía: “Voy a tener mucho éxito, así que dentro de 10 años tendrán mucho más que contar sobre mi vida. Solo quiero montar a caballo”.
Tenía razón solo a medias: de hecho, en menos de 10 años se habló mucho más sobre ella, pero también se alejó para siempre de las carreras y de los caballos.
“Realmente enamorada”Ella misma diría después que interfirió el destino. El día de Año Nuevo de 1973 tenía una carrera. Estaba con Vanderbilt, que le señaló desde lejos a un amigo, fanático de las carreras, que había ido a verlos: “El señor Vanderbilt dijo: ‘Mirá hacia allá’ y saludó con la mano a su amigo Fred Astaire”, recordó en diálogo con LA Times.
“Fred Astaire era un nombre reconocible para mí, pero de chica odiaba los musicales —ahora los amo, por supuesto—, así que saludé con la mano y Fred me devolvió el saludo. Simpático, pero nunca le di más importancia”.
Después charlaron un poco. Le recomendó que no apostara por su caballo, Exciting Divorcee, porque era la menos favorita en las apuestas. A pesar de eso, ganó. Él, por suerte, había ignorado el consejo. “Creo que ganó unos 10.000 dólares ese día. Después solía burlarme, le decía: ‘Te enamoraste de mí cuando ganaste esa apuesta’, porque él amaba ganar las apuestas”, comentó Robyn.
Fue la primera interacción, tras la cual no se volvieron a ver por cuatro años.
En 1977 Robyn fue a Los Ángeles a filmar una publicidad de gaseosas y no lo dudó. Tomó la iniciativa. Llamó a Fred y lo invitó a cenar. Él mismo se expresó con el Chicago Tribune sobre ese momento: “¿Qué era eso? Nunca antes una mujer me había invitado a cenar. Me divirtió mucho”.
Fueron a un restaurante y pasaron una velada digna de película de Hollywood. Ella rememoró: “Él rodeó el auto y me abrió la puerta. Me tomó de la mano para ayudarme a bajar, y algo simplemente pasó. Fue como bzzzzzzz . Entonces tuvimos una cena maravillosa y después volvimos, jugamos un poco al pool —me ganó—, y eso fue todo. Estaba realmente enamorada”.
Lo describió como “mágico”, como “maravilloso”. Un momento de “felicidad absoluta”. En 1978 Smith se mudó a Arcadia, cerca de Fred. Salieron durante un año y medio antes de formalizar la relación y casarse en una ceremonia civil en la casa de él, un 24 de junio de 1980.
Eran las segundas nupcias de Astaire, que había enviudado a los 54 años. Ahora, volvía a empezar. Tenía 81, y ella, 35. La familia de él no lo tomó bien. En realidad, el único que asistió a la boda fue Fred Jr., su hijo, junto a su esposa. Ni la hija ni la hermana de Fred aceptaron nunca esa unión.
Ella abandonó enseguida las carreras de caballo, porque su marido vivía preocupado por su seguridad. “Dejé de montar cuando nos casamos. Fred dijo que no quería vivir con toda esa ansiedad”. Pero remarcó que eso no impidió que fuera un matrimonio feliz.
“Yo le decía: ‘Darling, hacé tap para mí’, porque teníamos esta entrada de mármol en casa, y sonaba tan bien, y Dios… ¡cómo me gustaba! Nunca me cansaba. Yo me ponía sus zapatos, pero me quedaban enormes. Se me salían de los pies, pero trataba de hacer los mismos sonidos que hacía él”.
La viuda más odiadaTras siete años de matrimonio, Fred Astaire falleció por neumonía. Era un 22 de junio de 1987, y tenía, entonces, 88 años. “Tuvimos siete años de felicidad absoluta. Fue el destino, sin duda; sé que Dios nos unió. Creo que su vida simplemente siguió su curso. Es devastador ver apagarse a alguien a quien amás, pero gracias a Dios no sufrió”, resaltó Robyn. “Murió aferrado a mí”.
Ella tenía 44 años, y la pérdida de su esposo la hundió en una especie de vacío existencial. No sabía qué hacer con sus días: “Siempre había sido muy activa. No era de las que se quedaban en casa comiendo papas fritas y mirando telenovelas”, confesó.
De pronto, se activó: tomó clases de vuelo y aprobó el examen para pilotear helicópteros. Después también empezó a manejar aviones chicos de ala fija, se compró un Glasair II, un biplaza que manejó desde California (donde había estudiado) hasta su casa. Pero no satisfecha, consiguió un certificado para Learjets, Challengers y Citations.
Además, se convirtió en la heredera de la imagen de Astaire, lo que la posicionó, en varios medios —y sobre todo, en Hollywood—, en el papel de la “viuda más odiada”: todavía hoy ejerce un control de hierro sobre lo que se puede hacer o no con la imagen del actor.
“Quiero cumplir la voluntad de mi esposo”, declaró en varias ocasiones. “En su testamento dejó muy claro que no quería que su vida se representara en la pantalla, por lo que respeto y defiendo esos deseos”, aclaró en 2025, luego de que se cancelara una biopic sobre el bailarín, que protagonizaría Tom Holland, tras un juicio que dictó sentencia a su favor.
Incluso mucho antes, en 1992, ya se había negado a ceder clips de películas de Fred para un homenaje que le harían en el Kennedy Center a Ginger Rogers, su compañera de baile en varias películas. Pero, por otro lado, la criticaron cuando sí permitió que se usara su imagen en unas publicidades animadas digitalmente para las aspiradoras Dirt Devil.
“Solo estoy tratando de proteger a mi marido —repite ella—. Lo que él quería, lo que no quería. Voy a hacer todo lo posible por cumplir sus deseos. Espero que eso no me haga quedar mal ni parezca una cuestión de poder. Pero si es así, que así sea.”