Un pueblo harto: conspiraron para deshacerse del matón que los atormentaba y guardaron silencio por 45 años
La mañana del 10 de julio de 1981, el pueblo de Skidmore, en Missouri, estaba sospechosamente silencioso. Era una comunidad pequeña, apenas 440 habitantes, la mayoría dedicados a la agricultura....
La mañana del 10 de julio de 1981, el pueblo de Skidmore, en Missouri, estaba sospechosamente silencioso. Era una comunidad pequeña, apenas 440 habitantes, la mayoría dedicados a la agricultura. Ese día las calles parecían vacías, pero Ken McElroy y su esposa Trina caminaban por ahí sin que nada pareciera raro.
Entraron al bar D&G, donde algunos vecinos tomaban cerveza. Cuando volvieron a su camioneta, esa primera imagen desoladora se transformó en cuestión de segundos: un grupo de 60 o 70 personas apareció de golpe. Era una multitud enfurecida. Rodearon el vehículo con un plan: matar a Ken.
Le dispararon en la cabeza y lo mataron. Todos sabían de dónde había salido el disparo, y muchos estaban agradecidos: acababan de liberarse del matón que, durante años, había escapado de la Justicia y asustado a la gente del pueblo. Y aunque ocurrió a plena luz del día, aunque decenas de personas fueron testigos, nadie, en 45 años, admitió saber quién fue el asesino. Nadie rompió jamás el silencio cómplice de un pueblo que había llegado al límite de su tolerancia.
La amargura de aquellos añosMabel Lister era apenas una adolescente cuando, a principios del siglo XX, se casó con Tony McElroy, de 20 años. “Mabel dio a luz a un niño el 26 de febrero de 1911, apenas dos días antes de cumplir 15 años. Ken Rex McElroy nació el 16 de junio de 1934 . Mabel trabajó duro para alimentar y criar a su familia, que no dejaba de crecer, siempre sin agua corriente ni electricidad. Horneaba pan todos los días, colgaba interminables tandas de ropa lavada en el patio trasero y hacía su parte en el trabajo del campo. La familia era pobre entonces, como seguiría siéndolo hasta los últimos años“, repasa el abogado y escritor Harry MacLean en In Broad Daylight (A plena luz del día).
Ken pasó los primeros 13 años de su vida como hijo de un arrendatario rural, trabajando tierras ajenas. Su familia luchaba por sobrevivir económicamente. “La amargura de aquellos años nunca lo abandonó”, asegura el escritor. La relación con su padre siempre fue problemática y, con el tiempo, dejó de estar marcada por las recriminaciones para caracterizarse por la distancia. En la adolescencia la situación llegó a un extremo, y Tony le soltó la mano definitivamente: lo dejaba hacer lo que quisiera. MacLean cuenta que “si Ken tomó a alguien como modelo, fue a un hermano mayor que era problemático y que, supuestamente, fue a la cárcel por robar maíz”.
También era solitario en el colegio. Uno de sus excompañeros lo recordó: “No importaba quién fueras: con él no te metías. Si se acercaba al lugar donde estabas sentado y te decía ‘quiero sentarme ahí’, vos te levantabas. No era el chico más grande de la clase —había uno realmente enorme, debía medir casi 1,90 y pesar unos 90 kilos—, y ni siquiera él se cruzaba en el camino de Ken”.
Para entonces ya había adquirido el hábito de robar. Un día, el dueño de una estación de servicio lo sorprendió a él y a otro chico hurtando mercadería. El hombre llamó a Tony para contárselo, pero, contra todo pronóstico, y pese a la relación distante, el padre apareció en el negocio con un cuchillo de caza en la mano, empujó al dueño contra la pared y le apoyó la hoja en el cuello mientras le decía: “Si volvés a tocar a mi hijo, te voy a arrancar el corazón”.
“Más hombre” que los demásEn el pueblo lo conocían a él y a su amigo John como los rebeldes del barrio, especialmente después de que abandonó el colegio temprano: cuando estaba por empezar el noveno año discutió con el director y le pegó una trompada en la boca, tras lo cual se fue y no volvió más.
“Robar no era una actividad nueva para Ken y John , pero cuando Ken consiguió un Ford modelo 1936, los robos adquirieron un propósito más concreto porque necesitaban nafta y repuestos. Por las noches, iban en el auto hasta un campo y llenaban el vehículo con grano robado de un silo, hasta que quedaba repleto, casi hasta las ventanillas. A la mañana siguiente conducían hasta un elevador de granos y vendían la carga por dinero en efectivo, por lo general sin que nadie hiciera preguntas”, cuenta MacLean.
A esto se sumaba el trato abusivo, manipulador y violento con las mujeres. Expresaba abiertamente su preferencia por lo que llamaba “carne joven”, refiriéndose a niñas de 13 o 14 años. Sin embargo, en 1952, a sus 18, conoció a Oleta, una joven de 16 con quien terminó casándose. Parecía que, pese a todo, intentaba armar una vida convencional.
Pero en 1958 conoció a Sharon, una chica de 15 años con quien mantuvo una relación paralela. Era dulce, ingenua y parecía sentirse atraída por “su estilo y su fortaleza”. Una noche, mientras discutían dentro de la camioneta de Ken, este sacó una escopeta y le dijo que, si no se callaba, le volaría la cabeza. Accidente o no, el arma se disparó y le destrozó la mandíbula, dejándole cicatrices permanentes. La policía intercedió en el caso y se presentaron cargos. Para evitar ser procesado, se divorció de Oleta y se casó con la joven.
“Sharon parecía amar y temer a Ken al mismo tiempo. Más de una vez trató de irse, pero nunca duraba”, sigue el libro. Una vez lo denunció por haberla encerrado en la casa por dos días. Logró escapar, pero estaba aterrada de lo que podía hacerle cuando se enterara. Para entonces, él conoció a otra joven, Sally D., de 13 años. La buscaba en el colegio, le compraba dulces. Pero también le pegaba, la amenazaba. Incluso la llevó a vivir con él y Sharon a la granja, después de amenazar con matar a su padre si no hacía lo que él le pedía.
Para McElroy, las mujeres eran posesiones para gratificar sus deseos y, sobre todo, para alimentar su ego. Una de sus víctimas, Alice Wood, relató que él sentía la necesidad de demostrar que era “más hombre” que los demás “coleccionando chicas”. Incluso circulaban rumores en la comunidad de que había violado a una niña de 14 años que murió dando a luz, y que un año después regresó para violar a la hermana de esta.
“Pensé que le había disparado lo suficiente”Después del robo de suministros para sus autos, se volcó al de ganado: cerdos y terneros de uno en uno. Pero su impunidad temprana lo envalentonó. Como no había castigo, incorporó a la lista maquinaria agrícola y químicos costosos. Estaba convencido de que era más fácil robar que ganarse la vida con trabajo. A medida que crecía, perfeccionaba una técnica basada en la máxima de que “sin testigos, no hay caso”.
Aunque las autoridades locales lo venían investigando por varios delitos, la mayoría de los casos se archivaron “porque el testigo principal se negó a presentar cargos, cambió su versión o dejó de estar disponible por algún motivo”. Algunas de las razones para esto se encuentran en la reciente descripción que de él hizo The New York Times: era un hombre corpulento, intimidante, conocido en la región por matar mascotas, quemar casas y meter serpientes de cascabel en los buzones de quienes consideraba sus enemigos.
Con el caso de Romaine Henry el pueblo entendió que las autoridades no iban a darles una solución. Romaine era un granjero de 41 años conocido por ser un hombre tranquilo y trabajador. El 27 de julio de 1976, McElroy le disparó a quemarropa en el abdomen tras acusarlo de merodear por su casa en un Pontiac blanco, aunque sabía que ese no era su auto. Romaine logró escapar y llegar a su casa, desde donde lo trasladaron al hospital. Para el autor del libro, el episodio respondía a un resentimiento que el criminal sentía hacia los agricultores prósperos del condado. Henry, que había levantado una explotación de unas 400 hectáreas, representaba ese éxito que tanto detestaba.
Al día siguiente, McElroy fue detenido y acusado de agresión con intento de matarlo o causarle lesiones graves. Pero las estrategias de la defensa fueron simples y efectivas: presentaron como testigos a dos carpinteros que juraron que Ken estuvo en su granja arreglando la puerta de una camioneta a la hora del tiroteo.
Además, su abogado había logrado retrasar el proceso más de un año y trasladarlo a una sede lejos de Skidmore donde nadie lo conocía como en su propio pueblo. Ken también se encargó de hostigar a los Henry con vigilancia nocturna, visitas diarias y amenazas directas. Todo funcionó: en agosto de 1977 lo declararon no culpable. Él se regodeaba: paseaba por el barrio burlándose de todos y decía: “Pensé que le había disparado lo suficiente como para que muriera antes de llegar a su casa”.
Una afrenta intolerable que acabó con la paciencia de todosEl ataque a Ernest “Bo” Bowenkamp, un tendero de 69 años, fue el catalizador definitivo que rompió la paciencia de todos y llevó la situación al extremo. Bo era un “gigante amable”, extremadamente alto (casi 2 metros), de movimientos lentos y voz profunda. Junto a su esposa, Lois, regentaba la tienda de comestibles B&B Grocery.
El enfrentamiento fue gatillado por una situación trivial: una empleada de la tienda creyó que una de las hijas de McElroy intentaba llevarse un caramelo sin pagar. Aunque el malentendido se aclaró, las chicas volvieron al lugar para insultar a los Bowenkamp. Poco después, el propio Ken se acercó, junto a su esposa, con la intención de intimidar a Bo con una navaja. Entonces Lois, furiosa, les prohibió volver. Para él, que un granjero “rico” (a sus ojos) y una mujer lo desafiaran era una afrenta intolerable.
Empezó un asedio constante: estacionaba su camioneta frente a la casa de Bo durante horas, disparaba escopetazos al aire a medianoche para evitar que durmieran, les preguntaba a otros hombres del pueblo si sabían dónde conseguir serpientes venenosas para soltarlas en el auto de Ernest. Incluso ofreció una recompensa para que alguien lo matara con un cuchillo.
Uno de esos días, el aire acondicionado de la tienda se rompió. Bo estaba esperando al técnico cuando apareció McElroy. Discutieron y le pidió que se fuera de su propiedad, pero McElroy, en cambio, sacó una escopeta de su camioneta y le disparó a corta distancia en el cuello. El hombre logró moverse hacia la derecha en el último microsegundo, lo que hizo que los perdigones no cortaran la arteria carótida ni la yugular por apenas un centímetro, caso contrario, hubiese muerto.
A diferencia de otros casos, el vecino lo denunció y mantuvo su testimonio en el juicio. McElroy fue condenado por asalto en segundo grado en 1981, pero, una vez más, la Justicia le falló al pueblo: el juez permitió que saliera bajo fianza mientras apelaba la sentencia. La edición de aquel año del New York Times informó que el monto fue de 60.000 dólares.
En las calles de Skidmore, McElroy no se escondió. Al contrario, se volvió más agresivo. Empezó a portar un rifle con bayoneta y describía gráficamente en el bar y frente a todos cómo pensaba “destripar” a Bo para terminar el trabajo.
“Vivió por el arma, y de esa misma manera murió”Aquel medio informó entonces: “Su regreso a Skidmore no hizo más que aumentar la tensión. ‘Volvió al pueblo, libre como siempre, contándole a todo el mundo que había regresado y alardeando de ello’, recordó un agricultor que pidió mantener el anonimato. ‘Eso fue lo que enfureció a todos: que la policía lo arrestara una y otra vez mientras los tribunales lo dejaban en libertad’”.
Tenían que hacer algo. La mañana del 10 de julio de 1981, los vecinos se reunieron con el sheriff Danny para discutir, pensar, plantear ideas. El objetivo oficial era organizar una patrulla vecinal. Sin embargo, apenas terminó el encuentro, los planes cambiaron.
McElroy y su esposa se acercaban al bar D&G. Notaban aquel silencio sospechoso y las calles vacías. Él tomó una cerveza, compró un pack de seis latas y unas pastillas antiácidas y después volvieron al auto. El panorama había cambiado: unas 60 personas o más los esperaban. “Se nos quedaban mirando”, recordaría Trena. Nadie hablaba.
Ella subió a la camioneta por el lado del acompañante mientras su marido ocupaba el asiento del conductor. Entonces sonó un disparo y una bala le destrozó el lado izquierdo de la cabeza. Murió pocos minutos después, camino al hospital, mientras su esposa pedía ayuda.
Para muchos, el desenlace parecía inevitable. “La Biblia dice que debe haber ojo por ojo”, declaró la esposa de Bowenkamp. “Quienes viven por la espada mueren por la espada. Ken McElroy vivió por el arma, y de esa misma manera murió”.
Un año después, The Washington Post informó que el FBI, que se había sumado a la investigación, la daba por terminada sin presentar ninguna acusación, “aparentemente obstaculizada por la misma conspiración de silencio que las investigaciones previas del condado, el estado y el forense”. Esa “conspiración” se mantuvo a lo largo de estos 45 años.
Cuando los periodistas le preguntaron a Dana Dunbar, una vecina, cómo era posible que no hubiera un acusado si se suponía que la viuda había visto al presunto tirador, esta respondió: “Es su palabra contra la de todos los demás, y nadie más dice nada”. Después le consultaron cómo estaba el pueblo desde la muerte de McElroy. Dana fue contundente: “Silencioso”.