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Una aventura los unió, dos cosas esenciales para el amor los separó y un reencuentro lo cuestiona todo: “¿Hice bien?”

Muchos creen que las historias románticas solo tienen su final feliz gracias a una tríada esencial compuesta por amor, tiempo y espacio. Es decir que no alcanza únicamente con el amor, sino que ...

Muchos creen que las historias románticas solo tienen su final feliz gracias a una tríada esencial compuesta por amor, tiempo y espacio. Es decir que no alcanza únicamente con el amor, sino que hay que coincidir en el tiempo - el cronológico y el de las necesidades evolutivas personales- y en el espacio, donde no solo la coincidencia geográfica importa, sino ese lugar hacia dónde queremos ir después.

Allá, por el 95, cuando Anabel y Martín se conocieron, el amor desbordó de inmediato, pero la sincronicidad en tiempo y espacio existió lo que duró el campamento: tres semanas. Venían de ciudades diferentes y ambos se habían anotado para participar de un viaje de jóvenes en el sur argentino, a fin de acampar en la zona de la Ruta de los Siete Lagos.

La conexión surgió el primer día en que dividieron al grupo en equipos de trabajo. Algunos estaban encargados de cocinar, otros de limpiar el área y los baños improvisados, y el tercer grupo -el de ellos- de buscar ramas para el fuego y agua pura de los arroyos.

Anabel jamás olvidará el instante en que intercambiaron las primeras palabras, tras terminar solos en un paraje donde abundaban las ramas secas: “No podía creer la belleza del lugar y se lo dije, así, desde el alma”, cuenta hoy Anabel al recordar su historia. “Martín me sonrió y dijo: `yo tampoco puedo creer esta belleza´. Lo dijo mirándome a los ojos y me morí de amor y vergüenza en ese instante. No sé si ahora los hombres son así, y si a las mujeres les gusta, pero yo me rendí a sus pies con ese juego romántico”.

Una noche de guardia

Ese juego romántico escaló a toda velocidad. Anabel y Martín buscaban cualquier excusa para terminar juntos en el mismo equipo del juego de la bandera, en la caminata hacia las montañas o en el fogón con guitarreada por las noches.

El campamento estaba formado por unas doce carpas con cuatro integrantes cada una, agrupadas por sexo. A la hora de dormir, todos se acomodaban en su hogar improvisado, salvo los jóvenes de una de las carpas, que se sentaban en ronda alrededor del fuego para hacer una hora de guardia, para luego entregar la responsabilidad a otros miembros de alguna de las carpas asignadas para aquella noche.

Y fue en una noche de vigilia, donde los turnos de sus carpas eran consecutivos, que Martín decidió no regresar a dormir, sino quedarse con Anabel, sentados junto al fuego. Sus manos, de pronto, se entrelazaron, sus miradas lo comunicaron todo, y sin mediar palabra, se apartaron del fogón y caminaron unos metros hacia el bosque, donde se fundieron en besos apasionados.

“Fue un momento de esos que no te los olvidás más en tu vida. Electricidad pura, corazón galopando, adrenalina y una sensación de estar más vivo que nunca. Nos enamoramos perdidamente”, confiesa Anabel.

Un idilio, un amor a distancia y alas para crecer

El primer beso había llegado a la semana, quedaban dos hasta que la culminación del campamento los separara. Hasta tres días antes de la partida, vivieron en un presente continuo, sin pensar en el mañana. Esa inconsciencia de un futuro les permitió reír como nunca, escuchar juntos temas de Guns and Roses desde el Walkman que había llevado Anabel, compartir secretos de sus vidas, y confesarse que habían comenzado a sentir un amor profundo. Por aquellos días, ninguno de los dos llegaba a los veinte años, pero hoy, con más de medio siglo vivido, Anabel aún siente que entregarse con tal intensidad fue la mejor decisión de su vida, a pesar de los corazones rotos.

Tres días antes comenzó la angustia. Peleas que jamás habían existido, miradas diferentes, distancias que dolían en el alma: “Fue un mecanismo de defensa por no saber lo que el futuro nos iba a traer”, asegura Anabel. “Finalmente, el último día, hablamos. ¡Me lloré la vida! Nos prometimos seguir viéndonos. Él venía de Tres Arroyos y estudiaba en Bahía Blanca, yo era del Gran Buenos Aires”.

Intentaron seguir su amor a distancia, pero no funcionó. Tal vez fue la juventud, el foco en los estudios y, por supuesto, la distancia. Tras un año de cartas de amor y numerosas visitas maravillosas pero con sabor a nostalgia, Anabel recibió una carta en la que Martín le anunciaba que se iba a realizar un Working Holiday a Estados Unidos y que, si bien aún la seguía amando, todo se había vuelto demasiado difícil, ambos debían a esta edad volar, y que lo mejor sería separarse: “Yo sabía que iba a pasar. Con las trabas y tanta juventud, era verdad, estábamos para volar. Después vino a Buenos Aires para tener `la charla´, fue terrible, nos abrazábamos y llorábamos. Después anduve llorando por los rincones por semanas, con esa sensación de haber perdido al amor de mi vida”.

Una copa de vino, diez años después

Los años pasaron, Anabel sanó, conoció a un hombre, se casó y fue madre. Cierto día, diez años después del adiós con Martín, recibió un mensaje por el antiguo Messenger. Era su viejo amor y su corazón dio un vuelco tal, que su cuerpo no dejó de sacudirse hasta varios minutos después. Sus dedos temblorosos pasearon por el teclado, borró y escribió varias veces, no solo porque no sabía qué decir, sino porque le erraba a las letras por los nervios.

Él ahora vivía en España, pero estaba de visita por Buenos Aires y quería verla. Anabel le dijo que sí, fue un impulso, pero también una certeza de que era lo que debía hacer, en definitiva, no se le da la espalda a quien supo ser el amor de su vida.

Se pidieron una copa de vino tinto en un reconocido bar restaurante de zona norte del Gran Buenos Aires. La electricidad del pasado se hizo presente, embriagadora, fulminante. Martín le contó que había estado en pareja, pero no tenía hijos ni se había casado. Ahora, soltero, estaba replanteandose su vida y ella, Anabel, volvía una y otra vez a sus pensamientos: nunca fue capaz de sentir por nadie la conexión y el amor que sintió por ella. Después se acercó para besarla, rozó sus labios, y ella apartó la cara.

“Me enojé tanto, lo había amado tanto, y ahora venía a desbaratar mi vida”, cuenta Anabel. “Soy una mujer fiel, toda la situación hasta hoy me trae sentimientos encontrados. ¿Hice bien? No sé si alguna vez había dejado de quererlo. La noche terminó en un `te entiendo´, un fuerte abrazo, y me fui”.

Amor, tiempo y espacio

Hace unos meses nomás, Anabel supo que Martín había regresado a vivir a la Argentina. Lo tiene en la redes sociales y no puede evitar seguir sus pasos. Está casado y se pregunta si su matrimonio se caerá a pedazos igual que el de ella.

No hace mucho, también, vio en sus redes una publicación sobre un vernissage - él siempre fue amante de las artes plásticas- con fecha de inauguración y dirección pertinente. Anabel decidió ir, muerta de miedo y sola, y plantarse frente a él.

“Con la confianza intacta que nos tenemos, le dije que no sabía si a él le seguía pasando lo que me dijo décadas atrás, copa de vino de por medio, pero que la realidad era que a mí siempre me había pasado lo mismo y me seguía pasando: nunca hubo un amor como él y jamás había podido olvidarlo. Quedó impactado con la sorpresa de mi presencia y con mis palabras, claro. Me abrazó fuerte y me dijo que me iba a querer siempre, pero que la vida parece tener otro destino para nosotros”.

Anabel concluye su historia y suspira. Ella sabe que, tal vez, son otras cosas las que tiene que revisar en su vida. Pero a veces no puede evitar sentir que la respuesta a todo está en él. En él y ella, juntos. Entonces desea que alguna vez su amor coincida en tiempo y espacio.

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Si querés contarle tu historia a la Señorita Heart, escribile a corazones@lanacion.com.ar

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/una-aventura-los-unio-dos-cosas-esenciales-para-el-amor-los-separo-y-un-reencuentro-lo-cuestiona-nid15052026/

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