Generales

Una crisis la llevó a replantear su rumbo laboral y creó un método de cambio: “Los adultos no tuvimos educación emocional”

Fue el último día, durante la ceremonia de cierre de un congreso sobre el futuro del trabajo. Se había anotado al evento con la expectativa de encontrar nuevas ideas para seguir creciendo como p...

Fue el último día, durante la ceremonia de cierre de un congreso sobre el futuro del trabajo. Se había anotado al evento con la expectativa de encontrar nuevas ideas para seguir creciendo como profesional de recursos humanos, pero lo que ocurrió fue distinto a lo que esperaba. No pensó, como era habitual, en la cantidad de personas que a diario concurrían a su escritorio planteándole problemas con el jefe, o pidiendo que la cambiaran de área en la empresa, o que buscaban una oportunidad para ocupar una vacante laboral.

Era 2014, hacía tiempo que hacía lo mismo y era momento de pensar primero en ella. Tenía un buen trabajo. En una gran empresa. Pero ¿y si un día no seguía estando allí, qué iba a hacer? Era momento de empezar a prepararse para un futuro en que lo único cierto es el cambio.

En el congreso se hablaba de algo que le quedó resonando en su cabeza por mucho tiempo hasta que se volvió casi una obsesión: el futuro a las personas se les iba a pedir habilidades que todavía no estaban enseñándose. El panorama era incierto y exigente. Había una generación repleta de gente que en pocos años iban necesitar tener una nueva caja de herramientas, nuevas capacidades y una nueva mentalidad.

Doscientas mil entrevistas y tres preguntas

Se preguntó dónde buscar esas herramientas. Iba a tener que volver a estudiar. Forjarse ese futuro para llegar bien preparada: “Yo misma necesitaba rediseñarme”, reconoció.

Gabriela Hostnik, a quien todos llaman Gaby, trabajó muchos años en empresas multinacionales y consultoras, en las áreas de Recursos Humanos y Desarrollo de Talento. Ocupó roles regionales y globales. Vivió en Brasil y en el Reino Unido. A lo largo de su trayectoria realizó más de 200.000 entrevistas, “quizás muchas más”.

En ese trabajo descubrió que siempre, de un modo u otro, se repetían tres preguntas comunes a todos. ¿Qué hace que una persona trabaje con pasión? ¿Dónde y cómo se despliega el verdadero potencial humano? ¿Cómo se vive con propósito? Hostnik veía que eso preocupa a los empleados de las empresas en las que trabajaba y tomó conciencia de que esas preguntas también habitaban dentro de ella: “dialogaban con las mías”.

Se generan cortocircuitos emocionales

Veía a profesionales de carreras muy consolidadas que, en determinado momento, empezaban a preguntarse si querían seguir haciendo lo mismo, qué sentido tenía lo que hacían, qué otras posibilidades podían construir, quiénes querían ser en una etapa nueva.

Siempre dice que “pasamos muchísimas horas de nuestros días y de nuestra vida trabajando”. Y agrega: “Cuando lo que hacemos no está en sintonía con lo que somos, con nuestros valores y con nuestra misión, se generan cortocircuitos emocionales y existenciales”. Hacia 2013 ya intuía esa desconexión. La vivió ella misma.

Después de buscar y buscar las respuestas a sus preocupaciones leyendo mucho, estudiando y capacitándose, conoció la mirada de las neurociencias acerca del desarrollo humano. En ese terreno descubrió que el origen del problema es la forma en que se educó a las generaciones adultas.

Nos enseñaban a suprimir las emociones

Durante muchos años se pidió a los jóvenes elegir, a los 17 años, una carrera o un estudio para el resto de su vida, “cuando nuestro cerebro todavía estaba en maduración y teníamos muy poco autoconocimiento”. Sostiene además que “los adultos no tuvimos educación emocional, fue algo que tuvimos que aprender en el camino”. Muchas veces, recuerda, nos enseñaron a ocultar, suprimir o huir de las emociones, en lugar de reconocerlas, comprenderlas y regularlas.

Años antes de crear Rediseñate y, más tarde, Gimnasia Emocional, Hostnik ya había empezado a necesitar más desafíos, crear algo propio, salir de la rutina. Quería crear algo nuevo, seguir estudiando, explorar otros campos. Había trabajado siempre por y para las personas, y sentía la necesidad de diseñar una forma de trabajar que tuviera más sentido para ella y que integrara su experiencia, sus conocimientos y aquello que le interesaba profundamente.

El camino empezó sin compañía. Las redes todavía no habían explotado y las comunidades eran pocas. “Fue una búsqueda bastante solitaria, pero muy consciente”, recuerda. Se reunió con algunas personas que habían dejado la vida corporativa. Se acercó a una gran organización emprendedora, porque entendía que precisaba otra mentalidad. Fue aprendiendo a moverse sin tener todas las respuestas: “a animarme a probar, explorar, equivocarme, volver a empezar y sostener la incertidumbre que implica cualquier cambio importante”.

Un pequeño amor en Barcelona

Viajó a Cataluña para formarse en Educación Emocional. Allí se enamoró de las neurociencias y de sus aplicaciones al comportamiento humano y al bienestar. Cursó Inteligencia Emocional en la Universidad de Yale y siguió con otras formaciones para combinar el conocimiento académico y científico con una mirada más experiencial del ser humano. Una vez, en el Campus Mundet de la Universidad de Barcelona, escuchó a una compañera decir: “Esto me hace ilusión”. Quiso que la frase fuera lema. Después la estudió y la volcó en su libro. Para Hostnik, la ilusión es “la alegría y la esperanza de que algo bueno suceda”.

Mientras tanto, la mirada de los otros tardaba en acomodarse. Algunos amigos, al principio, entendían poco de lo que hacía. A algunos excolegas les costaba verla fuera de la identidad profesional con la que la conocían desde hacía tantos años. Hostnik lo cuenta como parte del proceso. Aprendió que “no todas saben, o pueden, alegrarse con tu alegría o acompañar tu expansión”, y que reconocer quién puede caminar a su lado en cada etapa también forma parte de crecer.

La montaña fue otra gran escuela. Su vínculo empezó de chica, en las colonias de verano eslovenas de las sierras de Córdoba. Gaby tiene raíces en Eslovenia, habla esloveno y aprendió varios idiomas. Después viajó todos los años a la Patagonia con un grupo de montañistas. Hace varios años completó las formaciones de escalada en roca I y II. En el desafío de ascender por las laderas de la cordillera de los Andes, experimentó lo que significa gestionar la incertidumbre, tomar decisiones en contextos cambiantes y descubrir recursos propios. Allí cobró fuerza su lema: “Si vas a dudar de algo, dudá de tus límites”. Y agrega: “Hay experiencias que no solo te enseñan: te hacen pasar de nivel”. También estudió las nuevas miradas sobre la resiliencia. Concluyó que “ser resiliente no significa ser invulnerable”.

Aprendió a confiar en los demás

Para atravesar todos los cambios que había comenzado en su vida se apoyó en la educación, el movimiento, la curiosidad, la confianza en sí misma y una red de personas.

El cuerpo tomó protagonismo. Mover el cuerpo con pilates, yoga y gimnasio. Moverse de lugares conocidos. Mover ideas y ponerse en acción. A la red la llama círculos de empatía: gente que “te hace de hinchada” y es “refugio, calidez y medicina”.

Una persona la recomendó a quien confió en su nuevo proyecto. Otra la invitó a un café y la escuchó. Otra leyó su primer proyecto de nota. Otra le abrió una puerta. Otra le dijo: “Confío en vos”. Hace más de diez años, cuando todavía no conocía la evidencia científica, ya escribía sobre gratitud. Se lo contó a una profesora, que le respondió: “Aprendiste a recablear tu cerebro en positivo”.

No es voluntad, es enseñarle al cerebro

De esa búsqueda, del estudio y de la observación salieron los dos métodos de autodesarrollo que creó: Rediseñate y Gimnasia Emocional. Hostnik los define como maneras de transformar en propuestas concretas las preguntas que la acompañaban desde hacía tiempo. El nombre del segundo método lleva la idea que ordena su discurso: lo emocional se entrena. “Lo que eliges practicar hoy se convierte en tu realidad de mañana”, sostiene. El método devuelve a las personas lo que ella misma tuvo que aprender en el camino.

Hoy es especialista en Neurociencia Aplicada al Comportamiento Humano e Inteligencia Emocional, fundadora de Gimnasia Emocional, profesora y directora académica en la Universidad Torcuato Di Tella. Volvió al aula, donde había sido ayudante de cátedra durante algunos años de joven profesional. Para ella, el aula es “un lugar mágico donde se sincronizan cerebros y corazones”. Desde 2018 escribe para diversos medios sobre neurociencias, comportamiento humano, bienestar y cambio. Este año publicó con Penguin Random House España El futuro es lo que haces hoy. Gimnasia emocional para dar plenitud y bienestar a tu vida. La invitación a escribirlo le llegó desde la Universidad de Barcelona. El capítulo 7 termina con una idea que Hostnik repite: “El futuro es ancestral”. En lo emocional y en lo vincular, explica, hay que volver a los básicos, a lo que sostuvo a los seres humanos desde siempre.

Una agenda múltiple: el desafío de administrar el tiempo

Vive en la Ciudad de Buenos Aires. Ningún día se parece a otro: coordina talleres y brinda consultorías dentro de organizaciones, da clases en la universidad, charlas y conferencias, horas de estudio para preparar nuevos workshops, encuentros con lectores. Acompaña además procesos individuales, ve a muchas personas que pierden su trabajo y ve también a otras que asisten a la transformación del modo en que ejercían su profesión o su vocación. “Están atravesando duelos que precisan su tiempo”, dice, “y todavía no somos suficientemente conscientes de eso”. La dificultad mayor, afirma, es otra: “dejar algo que no te gusta no es difícil; lo verdaderamente difícil es reconfigurar todo cuando amás lo que sos y lo que hacés”. Amigos, familia y colegas la describen como una “persona puente”. Ella se define como “una artesana de recomienzos”. Después de tanto tiempo acompañando estos procesos, sigue aprendiendo de cada historia, “porque no hay dos rediseños iguales”.

De todo eso extrajo las ideas que volcó en su primer libro: El futuro es lo que hacés hoy (Brugera, marzo 2026). Las personas pueden rediseñarse muchas veces a lo largo de la vida. Cambiar requiere curiosidad, coraje, movimiento y paciencia. Para empezar no hace falta tener todo claro: “la claridad no llega antes de movernos; aparece mientras avanzamos”. Y empezar de nuevo, dice, “no significa empezar de cero: llevamos con nosotros todo lo vivido, lo aprendido y lo que somos”. Cree además que “el futuro es en comunidad”: frente a tanta transformación, hacen falta redes que sostengan, conecten y permitan imaginar posibilidades con otros.

Acompañar a otros

Le inquieta la atención, disputada todo el día por estímulos que terminan moldeando lo que pensamos, sentimos y decidimos. Le inquieta que la inteligencia artificial lleve a confundir desarrollo tecnológico con desarrollo humano. “¿Detrás de qué corremos?”, se pregunta. “La velocidad no va de la mano de la profundidad.” Su apoyo está en la neuroplasticidad, la capacidad del cerebro de aprender, cambiar y reorganizarse a lo largo de la vida. Si podemos aprender y cambiar, sostiene, también podemos entrenar aquello que no queremos perder.

Aunque lleva una vida muy urbana, tiene un compromiso que cumple todos los años: volver a la montaña. A veces a escalar, otras simplemente a estar allí. En esos viajes disfruta conectarse con la tierra. Camina durante horas, recupera el silencio y vuelve a conectar con un ritmo más esencial. Cuando puede, se suma a travesías, algunas desafiantes y otras para contemplar. Es su manera de mantener cerrada la distancia que una vez sintió entre el ser y el hacer. Su elección la formula en una frase: “Elegí recorrer un camino con corazón, uno que conectara lo que soy, lo que sé y aquello en lo que creo”.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/una-crisis-la-llevo-a-replantear-su-rumbo-laboral-y-creo-un-metodo-de-cambio-los-adultos-no-tuvimos-nid27102026/

Volver arriba