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Una deprimente epidemia de “nowstalgia” compromete las promesas del futuro

La gran paradoja de esta época tumultuosa es que los grandes expertos de las ciencias perciben el fenómeno, pero no aciertan a redondear una explicación.Como actores y espectadores de una...

La gran paradoja de esta época tumultuosa es que los grandes expertos de las ciencias perciben el fenómeno, pero no aciertan a redondear una explicación.

Como actores y espectadores de una transformación antropológica indescifrable, los hombres que viven este ciclo singular de la historia experimentan una sensación de flotación sideral que los remite al período de penumbra amniótica. Esa situación traduce esa indescifrable ambigüedad que describió Fernando Pessoa en el Libro del desasosiego, cuando dijo que los humanos “somos un abismo: un pozo que mira el cielo”. Algunos describen una profunda angustia colectiva de vacío y de rechazo; otros evocan una asfixiante sensación de vértigo existencial y, últimamente, Estados Unidos popularizó la noción de nowstalgia, que se podría traducir como nostalgia del presente, donde se cruzan los vestigios del mundo del pasado con los vértigos del mundo que avanza a paso acelerado. A pesar de sus diferencias culturales, millones de personas en todo el mundo observan un pasado que son incapaces de reconquistar y perciben con inquietud las amenazas aterradoras que sugiere el porvenir.

Las perturbaciones propias del presente, que a través de los siglos sirvió como un oportuno recurso escapista, ahora también aparecen como una alternativa decepcionante. Nadie está exento de esa plaga de melancolía y recelo. Una encuesta realizada en 50 países por el instituto Ipsos en 2024 sobre un universo de 50.000 personas reveló las verdaderas dimensiones de esa epidemia psicológica: 57% de las personas interrogadas querían que su vida “fuera como antes”. En Francia, donde en 2013 solo el 56% de la población compartía ese “vacío sideral de su existencia”, diez años después la angustia había alcanzado al 64% del país. Ese desconcierto no afecta particularmente a los países más rezagados ni discrimina por ideología. A nivel europeo, por ejemplo, pasó de 46% a 56%. En Estados Unidos, de 45% a 65%; en la Argentina, de 44% a 77%. En Brasil, que figura entre los cinco países más afectados por la epidemia, el salto fue de 45% a 69%. Los otros cuatro países son Indonesia (45 a 78%), China (de 35 a 59%), Suecia (de 28 a 63%) y Alemania (de 35% a 58%). Estos últimos ejemplos acaso explican el vertiginoso crecimiento que registró la extrema derecha en esos dos países. Sociólogos y psicólogos se arrancan los cabellos al imaginar los estragos que presagia esa tendencia para el futuro.

A lo largo de la historia, la humanidad conoció otros relámpagos equivalentes de pesimismo. En épocas en que no existían encuestas ni estadísticas, las turbaciones de la sociedad llegaron a nuestros días por relato oral o testimonios de discutible fidelidad conservados en pergaminos, principalmente del período de desasosiego que precedió la “llegada del Apocalipsis en Europa”, anunciada para el año mil. Más tarde –pese a las guerras, pestes, trastornos climáticos y otras calamidades–, el mundo prosperó hasta bien avanzado el siglo XX con la confianza relativa de que “lo peor había pasado” y que sus hijos vivirían un futuro mejor que el que ellos habían conocido. Las fascinantes realizaciones de la era industrial y los libros de Julio Verne forjaron una confianza inquebrantable en la superación incesante, que perduró hasta que el filósofo francés Georges Canguilhem sentenció, en 1987, la “decadencia de la idea de progreso”. Hasta ese momento prevalecía el concepto desarrollado por John Bagnell Bury en La idea del progreso, de 1920, persuadido de que la humanidad avanzaba en una “dirección definida y deseable”.

El indicio más claro de ese desengaño se advirtió incluso en la acelerada “devaluación” que sufrió ese vocablo de origen latino que, después de varios milenios de gloria, comenzó una segunda vida en los principales idiomas occidentales (inglés, francés, italiano, alemán y español) hasta que dejó de ser un referente apaciguador. El derrumbe de esa certeza quedó documentado en La economía de la felicidad, publicado en 2014 por Claudia Senik, profesora de la Sorbona y de la Escuela de Economía de París. Su estudio demuestra que solo el 30% de los franceses esperan el futuro con entusiasmo, pero los dos tercios restantes confesaron que preferirían vivir en un pasado reciente, más precisamente en los años de desaprensión de la década del 80, que permanece fijada en la memoria colectiva como un período más comprensible, más controlable y menos vertiginoso.

La inversión de esa estructura temporal, que constituye adoptar el pasado como “mejor lugar posible del mundo”, terminó de fracturarse hace medio siglo, cuando comenzó la nueva revolución tecnológica que provocó una aceleración del tiempo que impidió a los humanos seguir el ritmo de los cambios: las grandes innovaciones que se desplomaron sobre la humanidad como un tsunami intelectual en los últimos 50 años fueron más rápidas y profundas que todos los descubrimientos realizados desde el comienzo de la revolución industrial, a mediados del siglo XVIII.

En su reciente libro El tiempo de la obsolescencia humana, el ensayista francés Bruno Patino, que preside el canal cultural Arte, describe la “vergüenza prometeica” de una humanidad “condenada a someterse a la perfección calculadora de sus propias máquinas”. El aspecto más dramático de ese fenómeno es el impacto invisible que tienen las innovaciones sobre nuestras vidas individuales: el hombre se adapta y adopta las nuevas tecnologías antes de darse cuenta del alcance de esa fase trascendental. Cuando al fin comprende la magnitud de esa trampa sin fondo es demasiado tarde y se descubre en medio del abismo que describía Pessoa.

La pérdida de atractividad del futuro adquiere una dimensión mucho más trascendente por el impacto que ejerce sobre la psiquis del hombre común y de las sociedades en forma más general. En Homo occidentalis, recién salido de la imprenta en Francia, el sociólogo Jérôme Fourquet y el psicoanalista Ruben Rabinovitch exploran la naturaleza del profundo vértigo existencial que padece el ser humano. Esa angustia, propia de la nowstalgia, no es nueva: ya a principios del siglo XIX, el gran diplomático Charles-Maurice de Talleyrand consideraba que la “vida serena” había desaparecido con la Revolución Francesa y un siglo más tarde el escritor austrohúngaro Stefan Zweig –desahuciado por la atmósfera irrespirable que presagiaba la llegada del nazismo– sentenciaba que esa época había puesto fin a la “edad de oro de la seguridad”. Finalmente, en 1942, puso término a ese doloroso dilema ingiriendo una fuerte dosis de Veronal en su refugio de Petrópolis (Brasil).

También el cineasta Ridley Scott, de 88 años, percibe la aparición de “malos signos” en su último film postapocalíptico. The Dog Star vaticina una nostalgia más extrema que el suicidio de Zweig, capaz de incitar un regreso al tribalismo. En esa lucha de vida o muerte, vaticina, “la capacidad individual de garantizar su seguridad definirá la frontera entre los sobrevivientes y los otros”.

Las inquietudes suscitadas por esos elementos dispersos se reforzaron abruptamente hace pocos días con las temibles afirmaciones de numerosos científicos para anunciar que la inteligencia artificial (IA) podía convertirse en una amenaza existencial para la humanidad. Algunos episodios recientes, protagonizados por agentes descontrolados de la IA, alarmaron a grupos de científicos y reactualizaron el debate sobre un hipotético IA-pocalypsis.

Con toda seguridad, ese escenario no apaciguará las tensiones que sobresaltan a las sociedades, deprimidas por los pavores que oscurecen las promesas del futuro.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/una-deprimente-epidemia-de-nowstalgia-compromete-las-promesas-del-futuro-nid30092026/

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