Una muestra del horror humano: Play, la gran performance que exorciza los discursos del odio
Play. Un atlas sobre el odio. Autor, intérprete y dirección: Matías Umpierrez. Vestuario: It Spain. Iluminación: Matías Sendón. Diseño de sonido y audiovisual: Daniel Jumillas. Sala: Arthaus...
Play. Un atlas sobre el odio. Autor, intérprete y dirección: Matías Umpierrez. Vestuario: It Spain. Iluminación: Matías Sendón. Diseño de sonido y audiovisual: Daniel Jumillas. Sala: Arthaus (Bartolomé Mitre 434). Funciones: 14, 15, 16, 17, 20, 21, 22, 23 de mayo, a las 20. Duración: 90 minutos. Nuestra opinión: Excelente
La llegada del nuevo proyecto de Matías Umpierrez marca el reencuentro con un creador que ha convertido la escena —y la reflexión sobre ella— en un acto político, sin caer nunca en el panfleto. En esta especie de conferencia performática, Umpierrez se apropia de objetos culturales, anécdotas, mitos, episodios históricos y obras literarias para reunirlos bajo una misma lógica: una acumulación de materiales sin jerarquía aparente, como si se tratara de una exhibición museística que se va construyendo ante la mirada atenta de la audiencia.
El punto de partida de la propuesta aparece explicitado en el subtítulo: Play. Un atlas sobre el odio. Allí ya se concentra buena parte de las claves de lectura de la obra, aunque estas nunca se presenten de manera lineal o transparente. El título Play remite inevitablemente a Samuel Beckett, uno de los autores que transformó el teatro occidental de la segunda mitad del siglo XX mediante una poética asentada sobre un continente devastado por la guerra y la violencia extrema. En la obra de Beckett, los cuerpos aparecen fragmentados: apenas tres rostros -sí, sin cuerpos- hablan compulsivamente bajo el dominio de una luz que regula sus intervenciones como una suerte de demiurgo tiránico.
Umpierrez retoma esa imaginería beckettiana mediante máscaras que son presentadas ritualmente ante el público como piezas de un archivo del odio, la violencia y la destrucción. Al mismo tiempo, otorga a la iluminación —diseñada por Matías Sendón— un papel central: la belleza visual que construye entra en tensión con la atrocidad de los relatos que ilumina.
La idea de “atlas” desplaza la obra hacia un territorio semiótico y sígnico que remite a Jorge Luis Borges. Como en ciertas enumeraciones borgeanas, aparece aquí la pregunta por la capacidad del lenguaje para ordenar el mundo: ¿es posible catalogarlo todo?, ¿dónde termina la palabra y comienza la cosa? Entre Beckett y Borges, Umpierrez construye, tras dos años de investigación, una serie de escenas atravesadas por el odio como motor de la historia. El espectáculo enlaza siglos, violencias y formas de exterminio, pero también ilumina críticamente mecanismos de la industria cultural contemporánea: desde un actor latino que busca triunfar en Hollywood, sin importale la ideología de lo que debe representar, hasta un militar de dentadura asqueroza que convierte la censura en un número musical casi susurrado y brillantemente coreografiado por otra argentina radicada en Madrid, Josefina Gorostiza.
Máscaras, rostros y cuerposUmpierrez presenta todo este dispositivo bajo la forma de una “conferencia performática”, lo que le permite desplazarse constantemente entre distintos registros. A veces narra micrófono en mano; otras, se coloca dientes o bigotes postizos para encarnar figuras militares siniestras o se viste de cowboy para representar el sueño hollywoodense. Todo ocurre mediante un universo de objetos analógicos —teléfonos a disco, cassettes, contestadores automáticos— activados por una tecla que atraviesa generaciones tecnológicas: “play”. Esa misma palabra conecta el siglo XX analógico con el presente digital y le sirve de nombre al espectáculo.
La inteligencia artificial también aparece en escena: como herramienta creativa, pero además como mediación afectiva, capaz de llevar a un adolescente a enamorarse de un chatbot hasta desembocar en un suicidio. Todos estos elementos son manipulados por el propio Umpierrez, cuya precisión escénica adquiere progresivamente un carácter maquinal: cuanto más controla y organiza el dispositivo, más parece deshumanizarse, mientras el sonido que él mismo activa es cada vez más riguroso y acumulativo y yuxtapuesto.
Hay, además, una decisión estética particularmente radical. Se divide a las identidades representadas en dos tipos. Algunas tendrán rostro, pero no cuerpo; mientras otras tendrán cuerpo; pero no rostro, y otras serán tan solo una voz en el teléfono. Esto parecería configurar una mirada singular del artista sobre cómo agrupar a víctimas y victimarios en un mismo relato, sin confundirlos. La operación funciona como una declaración ética y política del artista.
El relato no avanza de manera progresiva, sino acumulativa. A medida que se suceden las escenas, el vestuario, la utilería y los objetos se van disponiendo minuciosamente sobre el escenario hasta formar una gran instalación final: una muestra del horror que la humanidad es capaz de producir.
5 stars