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Arturo Lezcano: “La Argentina recibió a los gallegos con los brazos abiertos”

Manolito, nuestro Manolito, el que nos regaló Quino, fue un personaje de carne y hueso de San Telmo. Su papá, Manolo Fernández, de Lugo, se hizo un lugar en el célebre mercado del barrio más a...

Manolito, nuestro Manolito, el que nos regaló Quino, fue un personaje de carne y hueso de San Telmo. Su papá, Manolo Fernández, de Lugo, se hizo un lugar en el célebre mercado del barrio más antiguo de la ciudad, la histórica manzana rodeada por las calles Defensa, Estados Unidos, Bolívar y Humberto Primo. Allí instaló el almacén Don Manolo, donde su hijo transitó la infancia jugando encima de sacos de porotos que aprendió a contar, ensayando para cuando llegara la hora de continuar el negocio. Promediaba el siglo XX.

A pocas cuadras -Defensa y Chile- se afincó un dibujante mendocino descendiente de andaluces. Joaquín Salvador Lavado se dedicaba a la publicidad, aunque su pasión era reflejar el mundo que lo rodeaba. Lo llamaban Quino y alumbró a esa criatura insolente, tierna y fan de los Beatles que disparaba reflexiones con igual dosis de ironía y sentido común: Mafalda. Para armarle su pandilla se inspiró en los críos de lo inmigrantes europeos que correteaban por la zona, donde no podía faltar un gallego, pieza clave de la sociedad porteña, si tenemos en cuenta que ya en 1930 el 10% de la población de la ciudad provenía de Galicia.

Necesitaba un gallego y lo tenía frente a sus ojos en el almacén al que iba todos los días: Manolito. Allí lo encontró por casualidad y corazonada el periodista, escritor y documentalista Arturo Lezcano en 2009. Lezcano, de A Coruña, nacido hace 49 años, era corresponsal para Latinoamérica de medios gallegos y colaborador del diario El País, y vivía donde siempre había querido vivir, en Buenos Aires. Paseando por San Telmo le llamó la atención el nombre, Almacén Don Manolo, y las imágenes de Mafalda, Manolito y Alfonsín colgadas en la pared.

“Se habrá inspirado en nosotros porque éramos la típica familia gallega, mi papá llevaba boina y todo eso. No sé que vio en mí para su personaje. Sería por el tópico de gallego bruto. Porque lo primero lo soy, pero lo segundo y todo el resto de lo que era Manolito, no”, le dijo al periodista Manolo, a regañadientes y con unos 60 años en ese entonces.

Es imposible mirar la cultura argentina sin descubrir la impronta gallega en tantas cosas: el lenguaje, las costumbres, las comidas, la pintura, la literatura, la Avenida de Mayo de Buenos Aires

Esta historia es solo una de las más de doscientas que revela Lezcano en El país invisible. La epopeya atlantica de la diáspora gallega (Editorial Libros del K.O.), una obra de 616 páginas que lleva cinco ediciones, dos en español y tres en gallego. Cuenta por primera vez la gran epopeya del éxodo gallego que pobló la América atlántica con cerca de dos millones de personas. Un fenómeno de dimensiones similares al de las colectividades italiana, irlandesa y judía, aunque nunca alcanzó esa aureola de leyenda con que estas colectividades supieron vestir sus diásporas.

Esta carencia es la que quiere salvar Lezcano con este libro que soñó desde pequeño. Cuenta que él y sus cuatro hermanos crecieron escuchando que habían nacido “gracias a Fidel”. Ocurrió que cuando su madre, Viruca, preparaba el equipaje para emigrar a Cuba y reunirse con su hermana y su tío Salvador, estalló la revolución y le avisaron que no fueran. Viruca desarma la valija, se casa más tarde y tiene a Arturo y cuatro hijos más.

Vaya esta historia como prueba del nivel de inmigración en sangre que tiene Lezcano, además de gran motivación para ir al rescate de una gesta que padeció calladamente las chanzas a las que fue sometida durante décadas. Los chistes de gallegos y el sanbenito de gallego bruto alimentaron un complejo de inferioridad que pasó de generación en generación, aunque ese acoso no les impidió que se abrazaran a la tierra hasta fundirse con ella. Es imposible mirar la cultura argentina sin descubrir su impronta en tantas cosas: el lenguaje, las costumbres, las comidas, la pintura, la literatura, la Avenida de Mayo de Buenos Aires.

“Estaba harto de escuchar cómo la inmigración italiana, la irlandesa y la judía, aunque esta última con otra casuística, sacaban pecho de esos millones de personas que cruzaron el Atlántico buscando un destino más propicio. La emigración gallega fue silenciada, tapada, vivida con vergüenza tanto en Galicia como en todos los países americanos adonde fueron a parar las dos grandes oleadas: la primera a fines del siglo XIX hasta 1930 y la segunda a mitad del siglo XX”, dice el autor a La Nación por teléfono, en un hueco de su agenda. Estos últimos meses El país invisible lo ha llevado de gira por toda España y hasta llegó al Parlamento Europeo. Escrito primero en gallego, el libro mostró tan buena performance que la editorial reclamó una urgente versión en español.

El País Invisible tendrá una doble presentación en el stand de la Xunta de Galicia en la Feria del Libro, una el 6 y otra el 7 de mayo, con Lezcano en persona pregonando el orgullo de la diáspora galaica. El 13 de mayo la cita es en el Centro Cultural de España y seguramente no se perderá una recorrida por el Tortoni, algunos de los cincuentas centros gallegos de Buenos Aires, la avenida Belgrano y la Avenida de Mayo, donde tanta Galicia se respira. Hay que decir que estas huellas superan en mucho esos lugares. Algunas son muy conocidas, como las intervenciones artísticas del pintor Luis Seoane en las galerías de la calle Santa Fe; otras no tanto. Lezcano revela por ejemplo el origen gallego -aunque lejano- de Diego Maradona, ya que su apellido, aunque suene italiano, es del Ayuntamiento de Barreiros, en la comarca de A Mariña, en Lugo. O que en 1915 un décimo de la población de Buenos Aires había nacido en Galicia. O que durante las Invasiones Inglesas una milicia de “gaitas” llegados a fines del siglo XVIII defendió la ciudad con una bandera propia que aún se conserva. O que la Rianxeira, ese himno popular gallego, se escribió en Buenos Aires para recibir a Castelao a mediados del siglo pasado.

Otra historia increíble es la de Emilio Sangil, un gallego de Lugo que tenía un bar (Bar del Gallego) en Palermo Viejo, al lado del actual canal América, ex canal 2, y Eduardo Eurnekian se lo quiso comprar por un millón de dólares en 1994. “Ni loco, yo de acá no me muevo”, le dijo. Clarín lo entrevistó y tituló así: “Antes de vender el bar, lo derribo y hago una plaza para que jueguen los niños”. Siguió en sus trece hasta que la muerte se lo llevó en 2013, fiel a lo que le había confesado a Lezcano casi diez años antes: “Solo si no me da la salud me voy”. “Eurnekian se cobró pieza cuando Sangil ya no estaba para bajar a abrir a las seis de la mañana”, escribe Lezcano en El país invisible.

No le falta razón cuando dice que con el tiempo se pierde la dimensión de lo que significa que entre 1850 y 1960 hayan llegado a América… ¡dos millones de gallegos! La mitad quedó en la Argentina y el resto se repartió en Uruguay, Brasil, Cuba, Panamá, México, Venezuela y Nueva York, aunque un tercio volvió a su tierra natal. Mientras partían a “hacer la América” desde los puertos de Vigo y A Coruña, Galicia perdía la mitad de su población. “Vaya hasta el fin del mundo, y ahí encontrará un gallego”. La frase de John Dos Passos, al comienzo del libro, lo dice todo.

Esta crónica amena, minuciosa y atrapante encierra veinticinco años de investigación y sus más exigentes colegas de la prensa española no le han ahorrado elogios. Lezcano, hincha confeso de River, pasó doce años entre Buenos Aires y Río, se casó con una música de A Coruña que vivía en Nueva York, con quien tiene dos hijos, y recopiló el material del libro en paralelo con su trabajo de corresponsal freelance en América Latina. Cientos de historias, datos y anécdotas de todos los puertos a los que arribaron sus paisanos. Hay algunos nombres conocidos, pero la mayoría son seres anónimos, invisibles, historias mínimas, como dice el autor recordando a Sorín. Mucha emoción, “morriña” contenida y esperanza.

-¿El título viene de ahí?

-Sí, viene de ahí. El País Invisible es todo ese contorno de la costa atlántica americana desde los Estados Unidos hasta Ushuaia, donde estuvieron los gallegos principalmente, más la Galicia territorial, la que todos conocemos. Todo eso es como un país invisible al que nadie le hizo demasiado caso en cuanto a fenómeno y que yo quería poner en valor.

‘Se pensaba que emigrar era algo de pobres. Los catalanes tenían sus industrias, Madrid era la capital y Galicia, la pobre olvidada, un lugar muy rural y muy fragmentado demográficamente’, dice Lezcano

-¿Por qué faltó o falló el relato de esa épica?

-Los irlandeses y los italianos tenían detrás un Estado. Galicia es una cosa rara, como es una cosa rara España, convengamos. Tiene una diferenciación cultural grande, como el País Vasco o Catalunya, con su propia lengua y profundas huellas culturales en Latinoamérica, principalmente en la Argentina y en La Habana, pero nunca quiso sacar pecho de esa diáspora. La emigración era algo que se invisibilizaba. Todo el mundo tenía un pariente o un amigo que había emigrado pero… yo le llamo “tener el abuelo en el armario, ahí escondido”.

-¿Por qué el ocultamiento?

-Se pensaba que emigrar era algo de pobres. Los catalanes tenían sus industrias, Madrid era la capital y Galicia, la pobre olvidada, un lugar muy rural y muy fragmentado demográficamente. Pasaba en Galicia y pasaba en la Argentina, una de las colonias más importantes de gallegos. La estudiosa María Rosa Lojo, escritora gallego- argentina, y Ruiz Farías y Marina Guidotti, grandes historiadores, relatan las bromas, las mofas, la discriminación a la que eran sometidos. Ejemplo: desde Caras y Caretas, por 1910, 1920, había avisos publicitarios burlándose de la forma de hablar de los gallegos. Fue muy duro para ellos, durísimo.

-Aquello de gallego bruto y tal…

-Creo que es una cuestión lingüística, en gran parte. Arrastraban la carga de una lengua oral, sin status oficial durante siglos, transmitida de aldea en aldea, siglo tras siglo entre prohibiciones y oscurantismo. Hablaban como podían el español, intentando asimilarse. También pasó en Cuba . Los escuchaban hablar y los calificaban de animal con patas. Esto, sumado al desarraigo, la morriña, quizá la economía, generó mucho dolor.. Esto luego da lugar al sainete argentino y termina en Cándida . Al final nos hacíamos chanzas a nosotros mismos

-Pero cuentas que algunos volvían poderosos.

-Sí, algunos volvían de visita de Cuba, muy ricos, con su traje de lino blanco y el sombrero de pajilla, o de Buenos Aires. Pero hay que reconocer que hacían filantropía, hicieron escuelas. Por debajo del mantel se hacían cosas, pero nunca se mostró como un hecho transversal y que nos conformara como sociedad. Y creo que es algo que no hay que ocultar, como bien se ve a día de hoy, con la cantidad de descendientes que ahora sí dicen, “ah, mi abuelo es gallego“. Muchas veces cambian las formas y al final, pues oye, un pasaporte español y un pie en Galicia para cuando uno viene desde Venezuela, por ejemplo, como pasa ahora, no le hace asco nadie.

-O de la Argentina.

-Bueno, claro, ni hablar.

-Hubo un momento que algo cambió y el “abuelo salió del armario”.

-Cambió. Manuel Fraga Iribarne va Cuba y luego invita a Fidel a venir a España a visitar su pueblo natal. Eran casi almas gemelas. Coetáneos, ambos hijos de padres de la misma provincia, Lugo, ambos criados en el oriente de la isla, porque Fraga pasó sus primeros años allá. Bueno, tanto fue la química que diez meses más tarde Fidel visita la aldea Lancar, en Lugo, donde estaba la casa de su padre. Fue recibido como si fuera Dios en la tierra, y no por su ideología, sino porque es otro gallego más. Ahí cambia la percepción de la diáspora porque empieza a ser una especie de política de Estado, aún sin ser Galicia un Estado. Se creó un ministerio de la inmigración, empezaron las políticas asistenciales. Los vientos económicos habían cambiado: España se modernizaba y los otros países americanos, que eran tierra de promisión 40 años atrás, pues ya sabes lo que iba pasando.

-Fraga no lo haría sólo por vínculo de sangre.

-La contrapartida era el voto, que tan bien siempre aprovechó Italia. Un vivero de votos. Y a partir de ahí los dos partidos mayoritarios se beneficiaron de esta política.

-¿En qué otro ámbito se notaba este cambio?

-En la tele gallega, por ejemplo, empezaron a aparecer los grandes triunfadores gallegos. Hombres, siempre hombres. Por ejemplo, Florencio Aldrey Iglesias, dueño del Hermitage de Mar del Plata.

-Los que habían hecho la América.

-Exacto. Los Vázquez Ryan en México, por ejemplo, o sea gente multimillonaria que era mostrada como ejemplo de superación. Pero lo que faltó siempre era lo otro, historias comunes de gente común, que fueron la mayoría.

-Cuáles te sedujeron más…

-Las historias de chimenea, de lareira que llamamos nosotros, que aparentemente no tienen valor. Yo animo a los descendientes, a los que tienen ancestros gallegos en Buenos Aires, que los graben, que los graben cantando las canciones gallegas que seguramente cantaban y los retrotraen a la infancia.

-Se nota la ausencia de mujeres…

-Bueno, Galicia tenía los menores índices de varones de España. Pero no estaban muertos, habían emigrado. De ahí nacen las viudas de vivos, de Rosalía de Castro, ella misma hija de cura, y los huérfanos de la diáspora. Lo cierto es que el sometimiento administrativo y político sobre la mitad femenina de la población pesó hasta anteayer. Se llegó a crear una figura legal para las madres solteras, las mujeres espontáneas.

El presidente Menem visitó Galicia en los 90 y le hicieron un piquete en protesta por los chistes de gallego y él prometió tomar cartas en el asunto

-Han tenido hasta un presidente gallego en la Argentina, Alfonsín.

-Sí, fue a su pueblo y hubo una gran fiesta. Pidió ir a Lalín, un pueblo más grande, y allí le organizan un gran recibimiento en la plaza, todo el mundo con banderitas. El sale al balcón del Ayuntamiento como si fuera la Casa de Gobierno y da un discurso y pronuncia una frase preciosa: “Ustedes no lo saben, pero ya nos conocemos”. Estaba recordando los tiempos de la dictadura, cuando los radicales se reunían clandestinamente en el piso de arriba del Centro de Lalín, en la calle Moreno. Y recuerda al presidente de ese centro. “Yo le debo la vida a ese hombre”, dijo.

-Cuenta que a Menem le hicieron un piquete en Galicia.

-Sí, el presidente Menem visitó Galicia en los 90 y le hicieron un piquete en protesta por los chistes de gallego y él prometió tomar cartas en el asunto. Y después, en la Feria del Libro de 2008, vi uno que le hicieron a Pepe Muleiro cuando presentaba presentó uno de sus libros de chistes de gallegos. Había ya una conciencia por parte de los nietos como diciendo “basta de chistes de gallegos”. Lo veo como una venganza generacional, lo que no hicieron los padres o los abuelos, lo reivindicaban los descendientes jóvenes.

-¿Cómo recibió el Río de la Plata aquella diáspora?

-El aterrizaje estuvo a tono con el preámbulo de la Constitución Argentina, aunque es verdad que, como el resto de colectividades, los gallegos tuvieron que hacerse su hueco en los conventillos y pagar el derecho de piso. Pero se los recibió con los brazos abiertos. Necesitaban mano de obra. Fue un movimiento que, creo, no se dio en ningún otro lugar. Cualquier gallego de la Argentina puede ser gallego de origen pero te va a decir que es argentino al mil por ciento. Así que fue una mezcla perfecta.

-¿Hay algo particular que veas de los gallegos en los porteños o los argentinos en general?

-Y qué puedo decir de vosotros, los porteños, que habitáis en esa melancolía que no tengo dudas es herencia del desarraigo de tantos miles de europeos que llegaron a poblar la pampa. Y ni hablar del lunfardo. Aunque crean que hay más palabras del italiano, nosotros les hemos prestado muchísimas al lunfardo. Era común que en el barrio se ocultara la procedencia, no querían decir que venían de Galicia.

-Los complejos aquellos también los sufren las diásporas actuales.

-Sin duda, aunque se integren siempre hay algo de ese complejo. Pero sirve de espoleta para crecer, para superar obstáculos. Es la capacidad de superación de la gente dentro y fuera del país.

-¿Crees que hay en el hombre un gen nómade que lo lleva a transmigrar?

-Bueno, siempre se dice eso de los gallegos. Pero creo que hay un cruce de factores, si bien está claro que hay países que nos inclinamos más a eso que otros. En el caso de los gallegos fue clave la repartición de la tierra dentro de Galicia. Un profesor que tenía en la facultad lo decía: “La historia contemporánea de Galicia, en especial la emigración, se explica desde el minifundio”. En las 53 comarcas hay más de 19 millones de fincas, cada una con su nombre, que pertenecen a 1.7 millones de propietarios. Es la ordenación más dispersa de Europa. El minifundio esclaviza pero también facilitaba un pasaje a América. Otro factor es la cercanía con el mar. La tradición familiar también ayuda. Es decir, si mi abuelo emigró a Cuba y mi padre a Suiza, ¿por qué yo no me voy a buscar las habas?

-¿Qué significa la Argentina para Galicia hoy?

-Lo que fue toda la vida, la tierra prometida. Aún hoy también por herencia de todas estas generaciones, o descendientes que todavía están allí, es casa. La Argentina es casa. Sigue siendo nuestra gran capital cultural y durante muchísimas décadas, hasta los años 60, fue la ciudad más grande de Galicia. Primero fue la Habana, donde en 1907 se interpretó por primera vez el Himno de Galicia. La Real Academia de la Literatura Gallega se creó en La Habana, el mayor cementerio de Galicia sigue siendo el de Colón en la Habana, pero enseguida, especialmente con los exiliados del franquismo, Buenos Aires fue el gran reservorio cultural. Hay gente que fue emigrante y luego exiliada, el caso de Luis Seoane. Mira, yo llevo como treinta presentaciones en Galicia y en cada una yo pregunto: ¿cuánta gente de aquí tiene familia en América? Levantan el brazo el 95%. La Argentina es casa. Porque así lo sentimos. Es casa, está a 10.000 kilómetros, pero está muchísimo más cerca que muchas aldeas de Galicia y que Madrid, te diría si me apuras.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/arturo-lezcano-la-argentina-recibio-a-los-gallegos-con-los-brazos-abiertos-nid02052026/

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