Qué necesita la Argentina para ser una potencia energética mundial, según el gurú que siguen gobiernos y petroleras
Daniel Yergin habla desde Washington con la autoridad de quien lleva décadas siendo la referencia obligada del sector energético mundial. Sus libros —La búsqueda, El premio, El nuevo mapa— s...
Daniel Yergin habla desde Washington con la autoridad de quien lleva décadas siendo la referencia obligada del sector energético mundial. Sus libros —La búsqueda, El premio, El nuevo mapa— son leídos como biblias por ejecutivos de petroleras, analistas de geopolítica y funcionarios en Estados Unidos, Europa, Asia y los países del Golfo Pérsico. Fundador de S&P Global Commodity Insights, Yergin es el analista al que llaman cuando el mundo necesita entender qué está pasando con la energía: sus análisis circulan en los despachos de la Casa Blanca, en los ministerios europeos y en las salas de directorio de las mayores compañías petroleras del planeta.
Premio Pulitzer por El premio —la historia del petróleo y su influencia en la política global—, cofundó también CERAWeek, la conferencia energética más influyente del mundo, que cada año reúne en Houston a los tomadores de decisión del sector. Este lunes participará en la Argentina de la conferencia de Arpel, la Asociación de Empresas de Petróleo, Gas y Energía Renovable de América Latina y el Caribe.
La crisis del estrecho de Ormuz —cerrado desde el 28 de febrero, cuando estalló la guerra— es, en sus palabras, la mayor disrupción energética que el mundo haya visto jamás. En ese contexto, Yergin ve en la Argentina una oportunidad concreta: el país, sin puntos de estrangulamiento, con Vaca Muerta como una de las cuencas no convencionales más grandes del mundo, aparece en su análisis como uno de los beneficiarios naturales de la reconfiguración del mapa energético global. Pero también deja advertencias precisas: previsibilidad, estabilidad regulatoria y capacidad de repatriar ganancias son las condiciones que el país todavía debe consolidar para capitalizar ese potencial. La entrevista fue realizada por videollamada desde su oficina en Washington.
—¿Cómo ve la crisis del estrecho de Ormuz?
—Es, claramente, la mayor disrupción energética que el mundo haya visto jamás. Y ha durado mucho más de lo que nadie hubiera podido anticipar al principio. Día a día, no está claro si habrá algún tipo de resolución ni cuándo. A veces parece cambiar casi hora a hora. Pero la pregunta clave, desde el punto de vista del suministro energético mundial, es: ¿qué hace falta para que el estrecho de Ormuz vuelva a abrirse de manera significativa? Alrededor del 20% del petróleo mundial solía transitar por ese paso, y alrededor del 20% del gas natural licuado (GNL) mundial también. Una de las sorpresas para mucha gente fue darse cuenta de cuán integrada está la región del Golfo en la economía mundial: un tercio de los fertilizantes, el helio y el aluminio que se comercializan globalmente pasan por el estrecho. No es solo una cuestión de petróleo y gas.
—Si mañana se abre el estrecho de Ormuz, ¿qué cree que pasará?
—Si se abre, los precios bajarán, eso es obvio. La pregunta es cuánto. Y además, incluso si el estrecho se abre mañana, las cosas no van a volver a la normalidad de inmediato. Hay alrededor de 800 barcos atrapados en el Golfo en este momento; unos 120 de ellos son petroleros, que primero tendrían que salir, y luego otros tendrían que entrar. La gente necesitaría sentir que hay estabilidad real. Por eso estimamos que probablemente llevaría unos seis meses volver al 80% de donde estaban las cosas antes.
—¿Qué países o regiones cree que están ganando más geopolíticamente con esta inestabilidad?
—Creo que el hemisferio occidental está ganando mucho. Ya veíamos un creciente interés en la exploración, impulsado por la percepción de que la producción no convencional de Estados Unidos iba a estancarse en algún momento. Y la Argentina es, claramente, uno de los beneficiarios. La disrupción en el Golfo aumentará el impulso para encontrar y desarrollar recursos en otros lugares. Si el marco institucional lo permite, la Argentina podría ser un beneficiario significativo.
—¿Cuánto acelera esta crisis la búsqueda de suministros alternativos y de nuevas rutas de abastecimiento?
—Si los precios se mantienen altos, veremos más actividad en Estados Unidos en términos de desarrollo de recursos. Pero también en Brasil, Surinam, Guyana, la Argentina. América Latina en su conjunto es un área de gran interés. Y por supuesto, hay grandes interrogantes sobre Venezuela.
—Usted dijo que esta guerra va a cambiar el mundo.
—Creo que habrá un énfasis mucho mayor en la seguridad energética y en la diversificación de los recursos. Esas son las dos grandes consecuencias que veo salir de esta crisis. No sabemos cuál será el equilibrio de poder en el Golfo una vez que todo esto termine, pero es claramente inaceptable —tanto para los países árabes como para la comunidad internacional— que Irán reclame soberanía sobre el estrecho de Ormuz y convierta una vía navegable internacional en un canal del que obtiene ingresos. Todavía estamos en medio de una agitación histórica.
—¿Qué necesita la Argentina para convertirse en uno de los grandes protagonistas del sector energético?
—Hace falta previsibilidad. Que sea una política de Estado. Confianza. Y que las empresas sepan que podrán repatriar ganancias. Si Vaca Muerta logra llegar a su potencial técnico, será enormemente beneficioso para la economía argentina. Pero necesita estabilidad fiscal, estabilidad regulatoria, cadenas de suministro y un ecosistema que lo sostenga. Creo que a futuro se pagará una prima por no tener que pasar por puntos de estrangulamiento. La ubicación de la Argentina en el Atlántico, sin necesidad de atravesar ningún estrecho, tiene valor. Y ofrece diversificación respecto de Estados Unidos, donde el crecimiento es tan sustancial. Diría que la combinación de políticas, la dotación de recursos y lo que está ocurriendo en el mundo eleva y fortalece la posición competitiva de la Argentina.
—¿Cree que esta vez es diferente para la Argentina?
—Los inversores esperan que sea diferente. Las personas que toman compromisos financieros esperan que sea diferente. Siempre hay una preocupación por la volatilidad argentina, como usted sabe. La Argentina siempre tuvo mucho potencial, pero no siempre pudo concretarlo. Usted lo vive todos los días.
—¿Los inversores internacionales prefieren Guyana o Brasil antes que la Argentina?
—Hay muchas empresas internacionales que quieren tener confianza en la Argentina y están haciendo inversiones sobre esa base. Pero agregaría algo más: Vaca Muerta ha sido reconocida como una de las principales cuencas de recursos del mundo. Ya no hay dudas sobre el potencial. Cuando uno mira los números de hoy, queda claro que es un área de recursos de primera línea.
—¿Cree que sin el Permian, la cuenca no convencional de Estados Unidos, Trump habría atacado a Irán de la manera en que lo hizo?
—Sí, creo que tiene razón. El hecho de que Estados Unidos sea hoy el mayor productor de petróleo del mundo, el mayor productor de gas natural y el mayor exportador de GNL ha tenido una enorme importancia geopolítica. Lo vimos primero con Ucrania: Putin creyó que podía cortar el suministro de gas a Europa y romper la coalición que apoyaba a Kiev. Fracasó, en gran medida gracias al GNL de Estados Unidos y a la revolución del no convencional. El impacto de esta disrupción actual es muy dispar según la región. Asia ha sido golpeada muy duramente porque depende en gran medida del petróleo y gas que transita por el estrecho de Ormuz. Europa está empezando a sentirlo, particularmente en el combustible para aviación. Estados Unidos, en cambio, está bastante aislado: hay suba de precios, pero no escasez de suministro. Sin la confianza que proviene de su posición dominante en energía global, el pensamiento estratégico habría sido muy diferente.
—¿Cómo cree que Asia, China e India se van a reinventar después de esta crisis?
—India está lidiando con esto de manera muy difícil, porque depende enormemente del GLP —propano y butano— para cocinar y para procesos industriales. El primer ministro Modi llegó a pedir frugalidad. En varios países de Asia vemos algo parecido a lo que ocurrió durante el Covid: llamados a trabajar desde casa, a no viajar, a reducir la demanda. China, en cambio, acumuló enormes reservas de petróleo. Si bien importa casi el 75% de su petróleo, menos de la mitad proviene del Golfo, así que tiene dependencia pero también resiliencia. Los países más pobres son los más vulnerables: Bangladesh tuvo que cerrar cuatro de cada cinco plantas de fertilizantes estatales por falta de GNL.
—¿Rusia se beneficia de esta crisis?
—Rusia se está beneficiando de los precios más altos de la energía y de la flexibilización de las sanciones. Ucrania, por su parte, está tratando de interrumpir la capacidad de Rusia para exportar petróleo, que es lo que financia su guerra. Pero los topes de precio que se intentaron imponer al crudo ruso quedaron prácticamente fuera de juego. China y Rusia avanzan además en la construcción del inmenso gasoducto desde Siberia, que convertiría a Rusia en un proveedor muy importante de gas natural para China. Aunque todavía no se ponen de acuerdo en una cosa: el precio.
—La transición energética, ¿cómo la ve en este contexto?
—Estoy escribiendo sobre eso en este momento, de hecho. La transición energética necesita ser repensada. Las suposiciones que la gente tenía en 2019, o incluso durante el Covid, no han sido confirmadas por la experiencia. Gran Bretaña aprobó en 2019 una ley que establecía ser net zero para 2050. Hoy, el actual líder del Partido Conservador dice que esa ley debería derogarse porque es imposible de cumplir. Resultó que la transición energética también es adición energética: el consumo siguió creciendo en todos los segmentos. Hay además una división norte-sur muy clara: el mundo en desarrollo no comparte la visión que viene de Bruselas, Berlín o de Washington bajo Biden. El consumo eléctrico per cápita en el África subsahariana es apenas el 6% del de Estados Unidos. En CERAWeek este año, el ministro de economía y medio ambiente alemán dijo algo muy significativo: la Unión Europea tiene que dejar de aprobar regulaciones que están desindustrializando a Europa en nombre del clima. Hay un proceso de repensar la transición que es necesario y que ya está ocurriendo.
—¿Cómo afectan los centros de datos y la inteligencia artificial a la demanda de energía?
—Japón es un ejemplo muy ilustrativo. Por primera vez, presentó su séptima estrategia energética con un escenario que no contempla ser net zero para 2050, precisamente por la mayor necesidad de gas natural para generación eléctrica, centros de datos e inteligencia artificial. En Estados Unidos, la administración Biden quería eliminar el gas natural de la generación eléctrica para 2035. Lo que estamos viendo es exactamente lo contrario: más gas natural entrando en la generación, porque los centros de datos y la IA tienen un hambre insaciable de electricidad.
—¿La demanda de petróleo y gas va a seguir creciendo entonces?
—La visión que sostengo sigue siendo que la primera mitad de la década de 2030 es cuando veríamos estancarse la demanda mundial de petróleo. Pero lo que muchos olvidan es que para simplemente mantener la producción donde está, hay que reemplazar entre el 4 y 5% del suministro cada año, por la declinación natural de los pozos. Y en nuestra opinión, la demanda de gas natural continuará creciendo hasta la década de 2040. La energía eólica crecerá, la solar crecerá, pero también el petróleo y el gas.
—¿Y la energía nuclear?
—La nuclear ha vuelto. En algunas partes del mundo, nunca se fue. China está construyendo al menos 35 nuevas plantas nucleares mientras hablamos. En Estados Unidos vamos a ver un impulso real: el gobierno lo está promoviendo, y los hiperescaladores —las grandes empresas tecnológicas— también están apoyando el desarrollo de nuevas tecnologías nucleares y reactivando plantas existentes, porque necesitan la electricidad y les atrae que sea baja en carbono. Los primeros reactores modulares pequeños probablemente comiencen a operar alrededor de 2030 o 2031, pero no es para mañana.
—Usted mencionó que se va a acelerar la adopción de vehículos eléctricos.
—China implementó políticas que prácticamente fuerzan esa adopción y, además, es capaz de producir buenos autos eléctricos a precios accesibles. El año pasado se vendieron más autos eléctricos en todo el mundo que el total de autos nuevos vendidos en Estados Unidos. La mayor parte, claro, en China; pero también en Europa, con un 25 o 30%, y en Estados Unidos, con apenas el 6%. En el mundo en desarrollo, China va a promover agresivamente los vehículos eléctricos.
—¿Y sobre el hidrógeno?
—Hace tres años, en CERAWeek, se hablaba tanto de hidrógeno que empecé a pensar que era la semana del hidrógeno. Este año fue mucho más moderado. La gente fue tomando conciencia de los desafíos de mercado y de costos, y el apoyo gubernamental fue menguando. Alemania sigue bastante comprometida, Japón también. Pero esa visión expansiva de que el hidrógeno reemplazaría al gas natural ya no tiene muchos defensores. El hidrógeno tiene usos concretos —en fertilizantes, en refinerías—, pero la promesa más amplia se fue desinflando.
—¿Le sorprendió el cierre del estrecho de Ormuz?
—Durante décadas, el escenario de pesadilla siempre fue que Irán cerraría el estrecho de Ormuz. Estaba en toda la planificación estratégica sobre el Golfo. Pero gran parte de esos planes se elaboraron antes de la era de los drones, que incorporaron toda una nueva gama de riesgos. Incluso si hay un acuerdo, ¿la gente se va a sentir segura de que realmente es seguro navegar? Este siempre fue el escenario de pesadilla, pero como suele suceder, la gente cree que las pesadillas se quedan en la noche y no se materializan. Esta vez llegó a plena luz del día.
—La excanciller alemana Angela Merkel admite en sus memorias que sabía del riesgo de depender del gas ruso, pero que nadie quería pagar más por diversificarse.
—La gente no estaba dispuesta a pagar por la seguridad de suministro. Uno de mis argumentos más fuertes es que la seguridad energética cayó de la mesa de las prioridades. Y a eso se sumó el hecho de que los ambientalistas en Alemania se oponían a construir terminales de recepción de GNL. Hay un famoso secretario de estado, George Shultz, que una vez me dijo que la gente puede imaginarse que van a ocurrir cosas malas, pero no cree que realmente vayan a ocurrir. Eso vimos con Ucrania y ahora lo vemos de nuevo con el estrecho de Ormuz. La seguridad energética tiene un precio, y hay que decidir si se está dispuesto a pagarlo. Y la energía limpia también tiene un precio, con el que Europa está lidiando ahora. La presión por la energía limpia, combinada con la sobrerregulación, hizo que Europa perdiera competitividad. El continente se está desindustrializando, los empleos están desapareciendo, y eso está alimentando a los nuevos partidos de derecha. Hubo una visión de túnel: un enfoque exclusivo en el clima sin considerar todos los impactos colaterales en la economía. Por eso creo que los eventos recientes están forzando un replanteamiento profundo de la transición energética.