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Ante los riesgos de una humanidad fragmentada

Nunca hubo una única forma de ser humano. Pero hoy la tecnología no nos cambia a todos por igual: nos está convirtiendo en distintas versiones de lo humano. Diversos autores han descripto alguna...

Nunca hubo una única forma de ser humano. Pero hoy la tecnología no nos cambia a todos por igual: nos está convirtiendo en distintas versiones de lo humano. Diversos autores han descripto algunas según sus características.

Si las barreras regulatorias ceden, comenzaremos a ver humanos aumentados: personas que integran tecnología en su cuerpo y utilizan la inteligencia artificial como extensión de su mente. Incorporan interfaces cerebro-computadora (tipo Neuralink, de Elon Musk). Con beneficios evidentes —por ejemplo en personas con parálisis o ceguera—, pero también con riesgos para quienes deleguen en exceso su capacidad de decidir mediante algoritmos. Se espera que estos últimos alcancen un pensamiento más ágil, una memoria ampliada y una toma de decisiones avalada por mayor información. Ciertamente, asumirán el riesgo de una pérdida de autonomía entregados a sistemas que no controlan.

Más silenciosos, sin implantes pero con un efecto cognitivo similar, están los llamados delegadores. No se introducen dispositivos, pero tercerizan en algoritmos desde tareas cotidianas hasta decisiones relevantes. Escriben menos, piensan menos, recuerdan menos, se analizan con la IA. Ganan eficiencia, pero pierden algo más difícil de recuperar: el criterio propio.

Como reacción, emergen los resistentes. Buscan volver a lo analógico, a lo lento y tangible. Desconectan notificaciones, compran libros en papel, reivindican el encuentro sin pantallas y valoran los procesos antes que sus resultados. Buscan sentido en lo esencial. Gracias a ello cuentan con mayor conexión emocional y salud mental. Asumen un riesgo: quedar fuera de un sistema dominante en plena transformación.

Más disruptivos aún serán los humanos diseñados: aquellos en los que la tecnología interviene antes de nacer mediante una biología programable. Una suerte de edición genética muy útil para evitar enfermedades futuras por caso, pero que corre el riesgo de seleccionar “bebés a la carta” por sus rasgos físicos o capacidades cognitivas. La promesa es mejorar capacidades y salud. El riesgo reside en abrir una brecha inédita entre humanos “premium” y “naturales”.

A su vez, crecen los híbridos: personas que viven simultáneamente en lo físico y lo digital dialogando con su avatar. Trabajan, socializan y construyen identidad en ambos planos. Inmersos en la economía digital (cripto, metaverso, activos virtuales) multiplican sus oportunidades y experiencias, pero también tensan su anclaje en lo real al correr el riesgo de disociación de identidad.

En medio de esta fragmentación, aparece un perfil menos visible pero más decisivo: los curadores de sentido. No compiten con la tecnología; la interpretan utilizándola como una herramienta. En un mundo saturado de información, su valor no está en saber más, sino en entender mejor. Son quienes pueden traducir la complejidad de las decisiones humanas asumiendo liderazgos en contextos de sobreinformación. Formar este tipo de humanos no será casual: dependerá de cómo eduquemos hoy en los hogares y en escuelas puesto que requiere de ellos un alto nivel de equilibrio emocional y discernimiento intelectual.

La gran fractura que empieza a delinearse no es solo económica. Es cognitiva y existencial: entre quienes usan la tecnología con conciencia y quienes son moldeados por ella sin advertirlo. Como advierte Yuval Noah Harari, el riesgo no es que las máquinas piensen como humanos, sino que los humanos dejen de pensar por sí mismos.

Esta nueva brecha es más sutil que la económica o política, pero posiblemente más profunda. No separa solo a ricos de pobres, sino a quienes se preparan y logran interpretar el mundo que viene respecto a aquellos que se someterán o apenas puedan reaccionar a él.

Esta transformación exige respuestas. Limitar el acceso temprano a redes como están haciendo diversos países, repensar la escuela —menos información, más pensamiento crítico—, ampliar dispositivos de salud mental y recuperar espacios de encuentro no mediados por pantallas ya no son opciones: son condiciones para sostener tejido social en un mundo cada vez más digital.

En este contexto, lo escaso ya no es la información: es la atención, el criterio y la capacidad de seguir siendo humano empatizando aún en entornos artificiales.

Como advierte Byung-Chul Han, el exceso de estímulos no nos libera: nos agota y nos vuelve menos reflexivos.

En un mundo donde la tecnología avanza sin pausa, la decisión más importante ya no es técnica sino humana: ¿estamos eligiendo en qué nos estamos convirtiendo… o ya lo decidieron por nosotros?”

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/ante-los-riesgos-de-una-humanidad-fragmentada-nid02052026/

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